Es un eje

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Sesenta arrugas, todas ellas en la roca, cada una curvada en arcos precisos formando olas de color. Cada ola equidistante es seguida por otra a su vez, y todas ellas nacen en el centro y mantienen un extremo en él. A cada arco le sigue una zanja que se interna en la superficie de la piedra, así los colores se mezclan con la luz dando lugar a un espectro de que alterna lo más luminoso y lo más oscuro.

Éste es el disco del centro del bosque, con su gravado multicolor, una piedra de molino tintada que permanece inmóvil entre el verdor natural. ¿Inmóvil? Tal vez gire lentamente, tal vez su movimiento no es apreciable como el paso de los segundos, ni siquiera como el de los minutos; tal vez el de las horas, aunque seguramente sea más. Hay que decir que una vez un hombre decidió comprobar su movimiento y le hizo una marca en su borde, y lo midió, y descubrió que era cierto que se movía, aunque solo reveló ese hecho a unas pocas personas que, como él, vivían en el redondo bosque que rodeaba la piedra.

Por desgracia, aquel hombre no quiso que su descubrimiento fuera difundido, y cuando pereció, y sus confidentes con él -pues lo hicieron todos juntos, precipitándose por el borde del bosque- el secreto del movimiento eterno de la piedra del centro, se perdió con él. ¿Qué tiene de especial dicho monumento? Sin duda ha sido creado por el hombre, aunque ningún hombre recuerda haberlo creado.

Ésa piedra móvil es inamovible, cientos de años después de que aquel hombre descubriera su movimiento, otro quiso moverla de lugar. Intentó levantarla y no pudo, y luego pidió a otros hombres que la movieran con él, pero no la alzaron. Luego probó con poleas y palancas y solo consiguió romperlas y doblarlas, y finalmente pensó en desenterrar la piedra y se puso a cavar.

Aquel hombre cavó muchos días, y después de él cavaron otros y otros más, pero el disco se convirtió en cilindro y se fue alargando hacia el centro de la tierra mientras los hombres lo desenterraban.

Los hombres del bosque circular podían asomarse al borde de la excavación y contemplar la larga columna que de su centro se alzaba hasta el nivel del suelo. Por mucho que cavaran, descubrían que el cilindro se adentraba más profundamente en el suelo. Entonces algunos pensaron que tal vez su profundidad fuera tan grande como lo eran los acantilados que rodeaban al bosque por todas partes, que caían rectos hasta abismos insondables.

Luego, por fin redescubrieron el giro del pilar, que seguía siendo multicolor incluso en las partes desenterradas, y todos se maravillaron ésta vez.

Y con el paso del tiempo por fin ha nacido un sabio que ha mirado la piedra y los acantilados, piensa en la circularidad del bosque, en las formas y colores del antiguo disco, al que se ha subido, y ha dicho:

-¡Es un eje!

 

Carles Savall Manzano

 

 

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