Escuela

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El Pelochas, uno de los cholos de mayor alcurnia y respeto en el barrio, y su pequeño hijo de grandes ojos y escasos seis años, se cobijan en cuclillas en el baldío enterregado, bajo la sábana tibia del sol del barrio.

Al ver la escena, sonrío y los miro con dulzura, padre e hijo ahí, juntos, dejando pasar el tiempo. Me acerco y, al hacerlo, me doy cuenta de que el Pelochas tiene en su mano derecha una pequeña, colorida y saltarina pelota amarilla que brilla de nueva.

De repente, antes incluso de saludarlos, miro que la pelota resbala de la mano del Pelochas y se desliza por el piso hasta entrar por el hoyo de tierra que es la boca del hormiguero de las chancharras. El Pelochas hace un ademán a su pequeño y el niño, en seguida, mete presuroso pero cauto la mano al agujero. Un instante después la saca de nuevo, apremiado, al sentir los piquetes de los feroces insectos.

Al ver tamaña salvajada, observo con reproche al Pelochas; él, indiferente, ignora mi mirada, mira al niño, desaprueba con un movimiento de cabeza, mete la mano y saca la pelota sin ninguna mordida y la guarda de nuevo en la bolsa.

El Pelochas voltea a verme, sonríe, y me dice:

—Fíjese, profesor.

Acto seguido saca un caramelo de su bolsa del pantalón, se lo muestra al niño, lo agita provocando la delicia, el deseo y el agua en la boca del pequeño.

El Pelochas coloca el preciado caramelo en el hoyo que está entre las raíces chuecas del árbol de guamúchil, ahí donde vive un tesmo[1] macho de grandes y filosos dientes. Se gira para ver al niño y con la mirada le indica que comience la acción.

El niño, lentamente, casi sin respirar y apretando los ojos a ratos, mete, más bien desliza la mano en la madriguera del animal. Yo contengo la respiración, presintiendo un trágico y ensangrentado final.

Sin embargo no hay final trágico. Al contrario, ¡la acción se corona con éxito! ¡El pequeño saca su bracito del hoyo y entre sus deditos enterregados aprisiona el dulce anhelado!

El padre sonríe orgulloso, el niño devora el dulce feliz. Yo los miro sin entender. Entonces, el Pelochas habla:

—Tal vez no le dé estudios, profesor, pero eso sí, ¡le dejaré buena escuela! ¡Mi hijo será un carterista chingón como su padre!

Sonriendo, tomados de la mano, los dos se alejan.

Dicen las malas lenguas que pronto, el examen final se llevara a cabo: un billete de quinientos dentro de la madriguera de la serpiente que vive en la orilla del río.

Ojalá que, para ese día, yo ya no esté aquí para verlo.

 

Victor Chi


[1] Nombre coloquial de la «ardilla de tierra de cola anillada» (Notocitellus annulatus). Es una especie de roedor de la familia Sciuridae, endémica de la región de la costa del Pacífico del centro de México.

 

 

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