Fallo de Raccord

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Si hoy me hubiera ido a Noruega, por ejemplo, no habría visto salir a Onofre de la cafetería, saludar con asombro fingido a Pepe, preguntarle qué tal todo, decirle qué bien te veo. Pepe no habría dicho entonces que los pulmones ya están bien, que ahora toca el estómago. “No puedo comer grasa, no puedo comer carne. No puedo comer nada”. No me habría encontrado después, al levantar la vista de mi libreta azul, con la cara de un tercero –lo llamaremos Juan– que, sin que Pepe le interpele, sin mostrarle ningún interés, se acerca a su mesa y le cuenta que hoy no trabaja. “Libro a la vez que mi jefe, los dos el mismo día”. Me habría perdido también el momento en que Onofre asoma de nuevo –con un pañuelo en la cabeza y las manos blancas, llenas de harina– preguntando si acaso está por ahí el vigilante de aparcamiento. “Tengo el coche ahí, ¿sabes? ¿Hasta qué hora hay que pagar? ¿Las siete? ¿Las ocho? Vaya”. De estar ahora en otro país no sabría de la habilidad de Juan –difícil intuirla en su gesto–, haciéndole ver al vigilante lo necesario de su solidaridad al no agacharse a comprobar la caducidad del ticket en el coche de Onofre. Entonces, si a las 19:20 estuviera aterrizando en el aeropuerto de Oslo no estaría ahora sentado en este salón vacío, con pocas cosas pendientes para terminar mañana la mudanza, entregar las llaves y cerrar la puerta. No habría visto tampoco en el parque, antes de llegar a esta silla, a un señor paseando una silleta doble, un hombre que tenía casi la misma cara que hoy tendría mi padre de estar vivo.

 

Gabriel López Martínez

 

 

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