Figuritas de barro

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Es un cuarto amplio con una cama de hierro y una alfombra blanca, de largo pelo suave. Han colgado un espejo ovalado sobre la cómoda de madera clara. Sobre ésta hay una jofaina y un aguamanil blancos con dibujos azules.

En la cocina están asando manzanas para el almuerzo. María atraviesa la habitación y se asoma a la ventana, que da al patio trasero de la hostería. Más allá hay un bosquecito y lejos, un grupo de sierras, del que sobresale la llamada Montaña de la Leona.

Una niña ha salido al patio y salta sobre una rayuela pintada en las lozas grises. Lleva en la mano derecha una valijita de lata medio despintada. La chica salta cayendo sobre los dos pies en el cielo, se detiene, mira en derredor y corre hacia una mesa pintada con los colores del arco iris. Apoya la valija y empieza a sacar sus tesoros, ajena por completo a la mirada de María. Lápices de colores, cerotes, un plato blanco y un perfecto cubo de arcilla roja.

María observa cómo la criatura amasa el cubo, haciéndole perder la forma original y convirtiéndolo en una esfera maleable. La mujer admira la perfecta concentración de la niña que va sacando figuras del barro. Algunas se asemejan a elefantes desproporcionados, hombrecitos cabezones, perros de intimidantes fauces. La niña forma una decena, los coloca en fila sobre la mesa y los observa. Sopla sobre ellos y ríe.

Aburrida del juego, la niña busca en la valija una hoja de papel y se distrae haciendo dibujos con los cerotes. María se lleva la mano a la boca para contener un grito. Las deformes creaciones corretean, como pueden, por la mesa; algunas más audaces, saltan por el precipicio que implica el borde de la mesa hacia el césped y huyen tras las macetas plagadas de geranios. María duda entre la alucinación y la realidad. Ya no quedan de las atroces figuras sobre la mesa y se han ocultado a la vista.

La niña termina su dibujo, lo dobla y lo guarda en la valija. Mete los lápices, los cerotes y el plato blanco. Aplaude un par de veces y espera. Los minúsculos monstruos regresan ante el llamado, tropezando con sus contrahechas piernas. La niña los alza uno a uno, con maternal solicitud. Vuelve a aplaudir y las figuras se abalanzan una sobre la otra, formando otra vez una bola de arcilla roja. Los infantiles dedos dan a la esfera la forma de un cubo perfecto antes de regresarla a la valija.

La chiquilla se pone en pie, se sacude el vestidito y corre hacia la rayuela, pero esta vez hace el camino inverso, saliendo del cielo para llegar a la tierra. Ríe y la contagiosa risa hace que María sonría también.

La criatura alza la cabeza, se lleva la mano a los ojos, formando visera, ve a María y alzando la mano, la saluda. Luego, como si recordara algo muy importante, entra corriendo a la hostería.

 

Viviana Miriam Hernández Alfoso

 

 

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