Gorgona

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Llegaron noticias de que los jinetes del páramo poseían un gran tesoro: tres sirenas del mar de las Ánimas Dormidas. Según el mensajero, comerciantes de Alexandrópolis, tiempo atrás, habían contratado a mercenarios de Kefalonia, expertos en esta clase de cacerías, para que consiguieran la presa. Una vez en su poder las tristes sirenas, encerradas en un arca de bronce, las transportaron hacia Hestaria, en los dominios septentrionales del Emperador, con intención de venderlas a un precio exorbitante. Pero los cándidos comerciantes no contaban con la audacia de los jinetes del páramo, sobre todo si hay rapiña y botín de por medio. Estos salvajes cubiertos de pieles grasientas no reconocen otra autoridad que la Noche, no acatan más ley que la del Perpetuo Invierno triunfante en sus hoscas tierras; y tienen por único señor a la Muerte, divinidad a la que dirigen todas sus plegarias y a la que nombran, según cuentan todos los viajeros, de treinta maneras distintas, siendo la más peregrina de ellas el título de Dadora de Vida.

Nuestro rey, Dhermes el Insensato, determinó enviar emisarios a los jinetes del páramo y pactar un rescate razonable por las sirenas. Su propósito no era devolverlas a su mar, ni a los mercaderes alejandrinos ni mucho menos al Emperador, sino traerlas a nuestra ciudad y organizar un multitudinario, fastuoso concierto en el que las infelices sirenas cantarían dulcísimas baladas antes de morir de melancolía, tal como es su costumbre cuando se saben lejos del mar y para siempre condenadas a la ausencia. A decir de los entendidos —entre los cuales hay varios músicos de incontestable pericia y demostrada experiencia—, los melodiosos, agudos trinos que lanzan las sirenas en el preciso instante de perecer, son tan hermosos que el invisible eco de su bondad alcanza a las esencias mismas del tiempo, otorgando cien años prósperos a quien tenga la dicha de oírlas y otros cuantos siglos de supremacía a la estirpe de quien devuelva sus cadáveres al inmenso azul. Ante tan magníficas perspectivas, no es de extrañar que Dhermes el Insensato se empeñase en organizar aquel magno concierto, el más costoso del que pudiesen dar referencia las Actas Perdurables del reino. Esto último es seguro.

La embajada regresó tras dos años de esforzado vagar por las tierras yermas del Territorio Discutido. De cuarenta emisarios que la compusiesen, sólo once volvieron con vida ante nuestro rey, y su informe fue desolador. Los jinetes del páramo habían vendido las sirenas en Hestaria por el triple de lo que pensaban obtener los mercaderes de Alexandrópolis, de modo que ahora estaban en poder del Emperador. Las mantenía custodiadas en aquella ciudad, presas en la misma urna de bronce donde las transportasen desde su captura, alimentándolas cada seis meses con algas de primavera y corazones de jilguero. Como no había en Hestaria ningún reconocido experto en el cuidado de sirenas cautivas, el Emperador había dado orden de no dejarlas salir del arca bajo ningún concepto, en espera de encontrar a la persona idónea que aconsejase prudentemente sobre cómo tratar a aquellas criaturas. Sólo a través de un pequeño orificio practicado en la parte superior del enorme recipiente podían respirar las desdichadas sirenas.

—En estas condiciones, encerradas y sin ver la luz del sol, sobreviven desde que los pescadores de Kefalonia las trabasen en sus redes —expuso, compungido, el más veterano de los emisarios.

—¡Es del todo inaceptable! —clamó nuestro rey, lleno de ira.

Dhermes el Insensato, hijo de Antonino el Veleidoso, no se detuvo en diplomacias. Denunció el tratado de Corinto, firmado un siglo atrás entre su abuelo Berengario y la administración imperial. Declaró la guerra a todas las ciudades sometidas a la autoridad del Supremo Monarca y se propuso conquistar Hestaria, rescatar a las sirenas y convertir aquella ciudad en una escombrera, como castigo a las crueldades cometidas contra las delicadas hijas del sagrado mar.

Después de once años de guerra, tres asedios, cuatro grandes batallas, un prolongado bloqueo marítimo, dos epidemias de cólera y la más terrible hambruna que nadie recordase, el Emperador, cansado de tantas calamidades, envió una embajada con el siguiente mensaje: «Ya está bien de hacer el idiota, empecinado Dhermes. Dejemos las armas y conversemos como gobernantes juiciosos. Dime qué es lo que quieres y, si en mi mano está, te lo ofreceré gustoso con tal de acabar la controversia».

Nuestro rey, como era preceptivo en estos casos, ordenó ejecutar a los plenipotenciarios del Emperador, si bien envió respuesta escueta y clara a su misiva: «Quiero las sirenas. Entrégamelas y habrá paz».

Un año más tarde, todo estaba preparado para el histórico concierto ante la corte de Dhermes el Insensato. El lujoso Anfiteatro de la Música se encontraba atestado por las ilustres familias de nuestra nobleza, los altos cargos militares, funcionarios de prestigio, clérigos de mitra y báculo, patriarcas de los gremios artesanos y una nutrida representación de los hombres cultos del reino: científicos, artistas y filósofos ocupaban sus asientos junto a los súbditos más distinguidos. La expectación era enorme. Un prolongado rumor de ansiedad agitaba a la muchedumbre cuando el maestro de ceremonias encargado de abrir el arca donde las sirenas continuaban cautivas, se disponía a cumplir su cometido con ademanes solemnes, muy propios de la ocasión.

Nunca hubo un experto en el recaudo, vida y usanzas de las sirenas, ni en Hestaria ni en nuestra ciudad ni, que supiésemos, en parte alguna del mundo. Por esa razón desconocíamos que la naturaleza, como siempre previsora, ha dispuesto que las sirenas, una vez transcurridos dos días sin sentir sobre su piel el calor del sol, se devoren unas a otras. La única que sobrevive se transforma en gorgona y es capaz de mantenerse muchos años con la espesa, lentísima digestión de sus congéneres. De modo que cuando vimos desaparecer al maestro de ceremonias y sus ayudantes nada más alzar la pesada tapa de la urna, engullidos con fulgurante voracidad, empezamos a correr urgidos por el pánico. Mas ya era tarde. El cuello de la gorgona, robusto como diez troncos de castaños centenarios y largo como maldición de hechicera tebana, rodeaba el perímetro mientras las siete fauces de sus siete cabezas aguardaban en cada uno de los siete vomitorios del Anfiteatro.

Nuestro reino ya no existe. Nosotros, cabalmente, no existimos. La gorgona, cansada de destruir y devorar, vive al fin libre en los más hondo de los mares. Duerme panzuda y satisfecha mientras hace la digestión de todo cuanto sació su apetito tras el largo encierro. Algunos hombres de saber conjeturan que nuestras almas serán el último alimento al que recurra su descomunal estómago, la insaciable despensa de un organismo monstruoso, parecido a una sirena como un beso a un pecado.

José Vicente Pascual

 


 

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