Haz un puente

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Demasiado. El río había crecido demasiado. Hizo una mueca y miró el camino andado, un sendero laberíntico que se perdía entre la maleza y los arbustos, protegido por una inmensa arboleda. La niña conocía de sobra las crecidas, y hoy en definitiva no podría cruzar sin una barca. Si lo intentaba, la corriente se la llevaría con todo y su mochila y moriría ahogada, tal como le habían advertido sus padres. Sus libros, cuadernos y lápices estaban muy bien protegidos en una bolsa de plástico, pero eso no era lo importante. Lo importante era el examen de hoy y que había estudiado mucho para aprobar y pasar al siguiente curso.

La niña miró de nuevo el río. Su rumor era intimidante. La fuerza del torrente se adivinaba en su fuerte golpeteo en las rocas salientes. La separaban unos cien metros de la otra orilla, quizá más. Entonces pensó en su persona favorita, Malala Yousafzai. Su rostro moreno acudió a su memoria y sus ojos chispearon entre los velos del agua gris que tenía delante.

«¿Qué hubiera hecho ella?», pensó.

Sin duda, cruzar. Cruzar aunque hubiese monstruos marinos. «De cualquier forma, ella se había enfrentado a monstruos quizá peores que uno de río». Esa era la respuesta coreada por las aguas, cruzarlo una y otra vez, las veces que fuese necesario. Y hoy el río había decidido probar quién era más fuerte. La niña se miró el hiyab, la larga falda y las zapatillas. Cerró los ojos y murmuró algo que fue absorbido de inmediato por el rumor del torrente. Miró al cielo y comenzó a desnudarse. Se ató la bolsa a la cintura, y tras un último momento de vacilación, se internó en las turbias aguas. Sintió en seguida el tirón de la corriente y sus pies hundiéndose en el lecho fangoso. Dio un paso más, y el agua le llegó a la cintura. «Ella lo hubiese hecho», se repitió. Y siguió caminando.

            No había alcanzado la mitad del cauce y sus pies ya no tocaban el fondo. Flotaba. Sintió una punzada de terror cuando miró que el sendero comenzaba a alejarse. Era ella la que se alejaba a merced de la riada; entonces no lo pensó más y dio brazadas y pataleos desesperados. Sentía su cuerpo pesado y la bolsa tiraba de ella como un ancla de hierro.

 

*

Se quedó parada en el umbral de su aula, con el corazón en un puño. «¿Ya había acabado el examen?» Ni el profesor ni sus amigos estaban ahí. Solo una muchacha morena, rodeada de unos hombres con chaleco azul y gorra beis. La jovencita tenía un velo de un color rojo encendido cubriéndole el pelo negro.

            —Hola —alcanzó a decir la niña en un balbuceo que se desvaneció en el aire. La muchacha se volvió. Sus gestos serenos y la profundidad de su mirada la envolvieron en seguida y sintió que la tierra se hundía como el lecho del río. Era ella. Malala Yousafzai estaba en su aula y la estaba mirando. Se olvidó incluso del examen.

            —¡Hola! —contestó Malala. Su voz era suave, alejada de la severidad de los discursos que veía en la televisión. Tras unos momentos, la miró de arriba a abajo.

«Es mucho más bajita de lo que creía» fue lo primero que pensó la niña.

            —¡Madre mía, estás toda empapada! ¿Y tu ropa?

            La niña enrojeció y bajó la mirada.

            —El río, yo…

—¿El río? ¿Qué río? —su tono era de mera curiosidad. La niña a duras penas podía devolverle la mirada. Sentía sus ojos marrones sobre ella, esos mismos ojos que parecían brillar en las fotos y en los que le gustaba adivinar un fuego inextinguible.

—La riada, tuve que cruzarla para llegar. Mi bolsa se rompió y el agua se llevó mi material y mi ropa.

—¿Cómo te llamas?

Le dijo su nombre con una dificultad que no conocía. Su lengua parecía estar pegada al paladar.

—Ven aquí.

La niña llegó vaciante hasta ella. Malala la cubrió con una manta que le facilitó uno de aquellos hombres. Esbozaba una sonrisa ligeramente torcida, y la niña sabía por qué. Los monstruos le habían roto la sonrisa, pero ella, a pesar de todo, le sonreía. ¿Por qué no pensaba en algo inteligente para decirle? ¡Estaba con su persona favorita y callaba como una niña tonta! Entonces empezó a llorar.

—¿Qué pasa? Por los materiales no te preocupes. Mucho menos por el examen. He traído cosas para todos, puedes tomar este paquete. Trae cuadernos, libros de cuentos y lápices de todos los colores.

Malala le tendió un paquete azul, con el logotipo de un globo terráqueo. La niña lo tomó con las manos temblorosas.

—¡Tú me ayudaste!

Malala respingó, sorprendida.

—¿Que yo te ayudé?

—No debí cruzar el río, pero si no lo hubiese hecho, no estaría aquí. Como tú, como lo que pasaste. Cuando pensé que me iba a ahogar, pensé en ti. En lo que hubieras hecho, y no tuve duda.

Malala la abrazó. La muchacha de Mingora irradiaba un calor que la confortaba. Dejó de tiritar. Un calor crecía en su interior hasta incendiar sus mejillas.

—Cuando tenía tu edad, era igual de obstinada. No escuchaba más que a mi corazón, y eso me trajo muchos problemas. ¡Me llevó por senderos que aún no me puedo explicar! Pero también descubrí que un poco de terquedad puede cambiar el mundo.

—¿Cómo hiciste para ser tú, Malala?

Malala dejó escapar una risita. Por un segundo, la niña pudo ver su juventud rebosante detrás del velo rojo y el vestido multicolor, detrás de aquel rostro que los médicos habían reparado.

—Creo que es la primera vez que me preguntan eso. Uno mismo llega a ser lo que es. Alá y la vida nos dan pautas, pero no hay ningún guion escrito. Las riadas, los hombres fanáticos con armas, todo eso son cosas que llegan sin avisar. Y ya lo dijiste, es la decisión lo que cambia entre regresar a tu casa o estudiar para pasar el curso. Y con tu arrojo hoy has creado un puente. ¿Cómo se llama ese río?

Se lo dijo.

Malala hizo una señal a uno de sus acompañantes. Habló con él en inglés y poco pudo entender la niña.

—Me tengo que ir. Estudia mucho, ¿vale?

La vio partir con aquella comitiva en jeeps que se perdieron en los senderos fangosos. Se dio cuenta de que se aferraba con fuerza al paquete de materiales que Malala le había regalado. Sus lágrimas se confundían con el agua del río aun goteando de su pelo.

Al día siguiente, al llegar al vado, vio a muchos hombres levantando cimientos en ambas orillas. Entonces recordó con una sonrisa las palabras de Malala: en verdad había construido un puente. La niña miró al cielo y murmuró un agradecimiento que se elevó más allá de las copas de los árboles y el canto de los pájaros.

 

Mauro Barea

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