Hilitos de sangre

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Vino por el rumbo de La Trinitaria, como a ciento cincuenta kilómetros por hora, te dijeron. Se pasó el semáforo que estaba en rojo y se paró frente al tipo que fumaba cigarrillo tras cigarrillo mientras oteaba la oscuridad. No tuvo tiempo de exhalar el humo, porque de la camioneta bajaron unos tipos que lo cocieron a plomazos. Disparos de cuernos de chivo que lo hicieron sacudirse como pez fuera del agua.

Otros dijeron que todo fue tan rápido, que apenas tuvieron tiempo para tirarse al piso y salvar el pellejo. Algunos más comentaron que no se dieron cuenta de lo que pasaba, sino hasta que de la camioneta descendió otro tipo que remató al caído de dos plomazos en la cabeza.

Después de las entrevistas, hiciste un par de fotografías al cuerpo que estaba allí, enrollado como un gusano en esa calle solitaria y oscura. Los policías municipales acordonaron el lugar con un listón amarillo. Empuñaron con fuerza sus revólveres .38 Smith & Wesson Special, como dando a entender que estaban dispuestos a partirse la madre con quien se le pusiera delante.

Sin embargo, de sobra era sabido que, a la hora de la verdad, los policías eran los primeros en huir. Son los primeros en correr, refunfuñaste mientras les dedicabas una sonrisa irónica y un “buenas noches, jefe” al comandante que caminaba de un lado a otro.

Se acercaron los mirones, pero los municipales los detuvieron, mientras tú observabas los hilitos de sangre que salían del muerto.

Te acercaste a un par briagos que juraban haber visto todo. Sí patroncito. La camioneta apareció hecha una madre, como si viniera huyendo del mismo diablo. Se detuvo de vergazo frente a ese hombre —señalaron al muerto—, que fumaba y miraba hacia todas partes. De la camioneta bajaron dos “viejazos” que descargaron sus armas contra el fulano, te dijeron, mientras con las manos hacían como si dispararan una cuerno de chivo. Después se fueron por ahí, señalaron la carretera hacia La Trinitaria.

Imaginaste a los tipos que, mientras huían, empezaban a bromear recordando la mirada de miedo del muerto. Después sacaban una botella de tequila José cuervo de la guantera y bebían directo. Mientras se perdían en la oscuridad de la noche, en el estero sonaba Asesino a sueldo con Ramón Ayala. Qué ganas de estar allí, con ellos, a mitad de esa oscuridad que subía de los cerros. Querías, por una sola vez en tu vida, sentirte un hombre imprescindible, pues sentías que no eras bueno para nada.

De pronto apareció gritando una mujer de mediana estatura, cabello pintado de rubio, piernas gruesas y pechos abundantes. Se bajó de un taxi y empezó a tirarse de los cabellos. Mi marido era un santo que no merecía una muerte así, gritaba mientras con la mirada recorría a los curiosos.

Para que se calmara, los paramédicos de la Cruz Roja le aplicaron un calmante. Después, con un hilito de voz, dijo que ella y su esposo venían de Guatemala para vender aguacates. Estaban llegando y él, de pronto, sintió mucho frío. Así que ella fue —no dijo a dónde—, por una chamarrita. ¡Fue cuando me lo mataron! Gritó mientras se estrujaba la cara.

Pensaste que no necesitabas tener olfato de Belascoarán, personaje de Paco Ignacio Taibo II, ni la sagacidad del Zurdo Mendieta, creación de Elmer Mendoza, para descubrir que la masacre era un ajuste de cuentas entre los de La empresa. Para qué hacerse pendejo dándole vueltas al asunto. A nadie se le mataba de esa manera, por más odio que se le tuviera. En este caso debías irte con mucho tiento, sino querías amanecer con la lengua de fuera en algún callejón de Chichimá.

Por más que desearas escribir un reportaje donde dieras nombres de quienes controlaban La empresa, el director del periódico no lo permitiría. El asunto estaba vedado por gente que miraba todo desde “más arriba”. Una palabra de más y estabas jodido, reporterito de nota roja.

Aunque pensándolo bien, gracias a tu muerte, los diarios locales pondrían tu fotografía en sus portadas, además de un título al estilo: Acribillan a periodista. Y ello te daría algo de fama. Al menos serías noticia por un día. Algunos colegas, en alguna cantina de mala nota, rodeados de putas, dirían que “te dieron piso” porque andabas tras un reportaje que pondría en evidencia la relación de los políticos con los de La empresa que operan en Comitán de Domínguez, Frontera Comalapa, Benemérito de las Américas, Tapachula y Guatemala.

Para hacerlo más creíble, dirían que iniciaste la investigación desde que despanzurraron al “vende aguacates”. Y entonces, en algún portalito del Facebook, que nadie visitaría, se manifestarían para que las autoridades aclararan tu muerte.

Después de todo, sería una muerte honrosa, te dices sopesando la idea. Seguro que el director del periódico se manifestaría contra tu crimen, aunque también es seguro que después de tres días serías olvidado, porque, siendo honestos, ¿a quién chingados le interesa que a un reportero de nota roja le partan la madre?

Lo mataron porque se andaba cogiendo a la vieja de algún cabrón. O quiso sentirse verga condicionando algún pesado con sus notitas atiborrados de faltas ortográficas, y por eso le mandaron a poner en la madre. Otros, más condescendientes, dirían: Murió por pendejo, el verga.

Sabías que el muerto que estaba enrollado a mitad de la calle era un soplón, alguien que no pagó a tiempo, o uno de esos que rajan a la hora de los chingadazos. Si tú hubieras estado en sus zapatos de pendejo abres la boca. A La empresa se ingresa para enriquecerse y no para andar haciéndose el espiritual pensando en que si está bien o no lo que haces. La conciencia que se quede para los religiosos, que son quienes gustan de andar enredándose en esas vainas. Lo tuyo no está ahí, sino en este mundo que huele a mierda y a tinta fresca de periódico.

Sin embargo, algo debe decirse sobre el muerto. De todos es sabido que la ciudad está infestada de sicarios. No por algo aparecen muertos cada dos días y que sirven de material para tus notas de sangre. Gracias a los de La empresa tienes chamba, cabrón, te dices. Si ellos no estuvieran por estos lados, te dedicarías a ir tras los choques de carros y pleitos de cantina. Y eso sería un fiasco. Un retroceso a la época de las cavernas en tema de Nuevo Periodismo, piensas con optimismo creyendo que eso que haces podría alcanzar el nombre de Nuevo Periodismo.

Si no hubiera sicarios, tus notas no te darían el suficiente dinero para comer, y mucho menos para emborracharte los fines de semana. Y es justo cuando piensas en borracheras cuando recuerdas al muchachito travesti con el que dormiste anoche. En tu cuarto le tumbaste la peluca y descubriste sus cabellos negros y grasosos. Con tus labios limpiaste el maquillaje barato de su boca. Pero ello no te importó, porque cuando lo besaste era a Carlita, tu compañera reportera que te traía de un ala, a quien besabas. Después lo desnudaste y su delgadez te excitó más.

Solo gemía, te dices cachondo mientras los curiosos siguen amontonándose como abejas alrededor del muerto. Ahora que lo piensas, se movía como una mojarrita atravesada con arpón. Gemía de dolor, según tú. Y ello te excitaba más. Apenas eyaculabas, volvías a penetrarlo. Y así estuvieron hasta el amanecer. Solo salieron de tu departamento, si así puede llamarse a la pocilga en que vives, para comprarse unos tacos y más caguamas.

Más tarde, cuando despertaron, él se despidió de beso. Te dejó su número de teléfono celular para que lo llames cuando quieras. Y lo llamarás, porque la soledad en que te hundes es como una perra que clava sus colmillos blancos y filosos en tus vísceras. Imposible aguantarla solo y en tus cinco sentidos.

Es posible que hoy le llame, piensas. Antes irás a darte una vueltecita al Babilonias para tratar de hablar con la Lucrecia que trabaja allí. Con suerte consigues una cita con ella. Pedirás una caguama mientras recorres con la mirada las paredes saturadas con imágenes de mujeres rubias, que muestran orgullosas los pechos redondos. Cuántas ganas de tirarte a una de esas viejonas, te dices. Pero es imposible. Se requiere un chingo de lana que tú no tienes. Y lo que tienes apenas te alcanza para medio comer y pagar la méndiga renta de la habitación que ya le quieren subir.

Estás en esos pensamientos cuando los peritos empiezan a fotografiar el cadáver. Mientras lo hacen, bromean y fuman. Más allá está Quintana, un judicial de la vieja guardia. Se las sabe todas de todas, dice. Recuerdas que cuando te iniciaste en el periodismo de nota roja, él fue quien te aleccionó sobre cómo moverte en el ambiente.

Te dijo, por ejemplo, que siempre hay que estar primero por si encuentras algún objeto de valor que pueda serte útil. Desde luego que no tendrías valor para robarle a un muerto, pero tampoco te pudiste negar cuando empezó a invitarte las cervezas, porque le había caído “un bisnes” en una escena del crimen. A cambio de ello, solo te pide que escribas lo que te dice. Si quiere madrear a uno de esos pinches abogaditos que apenas salen de las universidades y ya quieren dárselas de los muy chingones, allí estás para hacerle el paro con tus notas. Tampoco te negaste cuando empezó a obsequiarte aquellos pesos que rebasaban por mucho el pago de tus notas.

Le hiciste un saludo con la cabeza, y él te respondió con una sonrisa cargada de ironía. Seguro sabe cómo está el jale, piensas. Si algo quieres saber sobre el caso, tienes que ir con él. Sin embargo, para qué. Con o sin investigación, la nota te la pagarán al mismo precio.

Los peritos terminaron su trabajo, levantaron al muerto y lo subieron a la ambulancia. El Quintana te dijo adiós con la mano mientras subía a su Jetta clásico color negro. No te ofreció aventón porque seguro se trae algún negocio entre manos.

Empezaron a irse todos, menos la mujer del muerto que seguía llorando. Te acercaste a ella y quisiste consolarla. A través del vestido adivinaste sus nalgas redondas. Al imaginarlas en tus manos, sentiste una erección que levantó la tela del pantalón. Quizá si la invitabas a un trago podrías conseguir algo.

La tocaste en el hombro y cuando se giró, le dijiste: Estoy a sus órdenes, señora. Soy reportero y puedo apoyarla en lo que guste. Ella dejó de llorar, se limpió los mocos y te recorrió con la mirada de pies a cabeza. No sé adónde ir, dijo. No soy de por estos lados.

Le tendiste la mano que ella tomó con fuerza, mientras te clavaba sus ojos cafés. Te dedicó una mirada de cordero a punto del sacrificio, pero te valió madres. Tenías una erección que deseabas complacer a como diera lugar. Detuviste un taxi y pediste al conductor te llevara al Babilonias que empezaba a ser tu cantina favorita. Ella no dijo nada y solo apretó con más fuerza la mano con la que empezaste a acariciarle la pierna. Le está plantando cara a la vida con valor, pensaste mientras empezabas a besarla en los labios.

 

Ornán Gómez

 

 

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