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Era lunes por la mañana y el hombre acicaló el pelo de peluche de su cisne para salir, como siempre, del primer vagón del metro. El ave que llevaba en sus brazos tenía el cuello móvil y se mecía al ritmo de sus pasos, haciendo oscilar su hermosa cabeza. La gente al verlo se sentía maravillada creyendo que el cisne era verdadero y, al descubrir su error, una sonrisa involuntaria les emanaba de algún oculto rincón. Las personas salían a la calle tratando de disimular al niño recuperado que se agitaba en su interior.

Era martes al mediodía y hacía calor. El hombre soltó los dedos del orangután de peluche que, durante un extenso trayecto, había ido colgado de uno de los pasamanos del vagón ante el regocijo mal disimulado de los pasajeros. Tomó al animal como si fuera un crío y se lo montó sobre los hombros: la movilidad de los brazos y el tórax del primate daban la impresión de que estuviera vivo. Los transeúntes que lo observaban se detenían en los andenes y contemplaban al hombre con una incómoda sensación que oscilaba entre la incertidumbre y la confianza, pero se decidían por la confianza; y así, sin deshacer el encanto, irían a sus casas a contar del animal que parecía “de mentira”.

El miércoles por la tarde llovía intermitentemente. El hombre salió del vagón después de colocar al tucán de peluche sobre su antebrazo izquierdo y apoyarse sonriente en su paraguas negro. El tucán, a cada movimiento del dueño, parecía voltear a uno y otro lado como buscando alguna cosa; cuando el hombre levantó el brazo, el tucán extendió las alas y aquéllos que seguían sus movimientos con la mirada se agacharon esperando verlo alzar el vuelo sobre sus cabezas. Algunas personas estuvieron tentadas a ofrecerle un precio alto por el animal, pero el desconcierto ante la posibilidad de que el pajarraco fuera verdadero los hizo limitarse a sonreír e imaginar quién sabe qué historia acerca de aquel hombre.

El jueves algo interrumpió la rutina: un sospechoso policía esperaba inquieto en el andén. Afortunadamente, una muchacha de encendidos labios –que guiñaba un ofrecimiento– desvió la atención del uniformado, quien encaminó a la dama hacia un sitio en el que “estuvieran seguros los dos”. El hombre descendió del vagón cargando un enorme oso de peluche que, una vez en el suelo, parecía bostezar perezosamente y se desplazaba con dificultad tras su dueño, que jalaba con esfuerzo la cadena del collar que adornaba su cuello. Algunos niños hicieron pucheros y las madres casi arman un motín en los pasillos, aunque finalmente todos los presentes se tranquilizaron ante la mansedumbre del tierno animal y abrieron paso al hombre entre carcajadas divertidas que se les agotaron ya casi al final del día; aunque hubo algunos que, aún en sueños, sonreían al recordarlo.

El viernes, el policía se obligó a no distraerse y estuvo al pendiente de cualquier sospechoso que bajara del primer vagón del metro. Sabía que el hombre no tenía horario fijo y empezaba a molestarlo la idea de que, tal vez, tendría que seguir esperando después de finalizar su turno. En esos pensamientos estaba cuando el viento artificial le indicó que el tren se acercaba a la estación: “Esto sí que es el colmo”, pensó el uniformado, y se dirigió furioso hacia el hombre que bajaba sonriente del vagón, ante los ojos admirados de quienes lo rodeaban: pequeñas mariposas doradas giraban en torno al hombre y éste las iba entregando, una por una, a quienes se acercaban confiados y extendían su mano para que en ella se posara alguno de los insectos. El oficial se sintió ofendido cuando su presencia no causó la menor alteración en la conducta de la gente, cuya atención se concentraba en compartir con el hombre la posibilidad de ser aceptado por una mariposa. El oficial carraspeó, llamó al orden y finalmente hizo sonar su silbato, con lo que tampoco logró nada, ya que, una vez portadores de su mariposa, los desordenados salían tranquilamente rumbo a sus hogares.

El policía puso su mano sobre el hombro del causante del tumulto y bruscamente lo hizo girar para que quedara frente a él: el hombre era sólo un anciano sonriente y desdentado que, ofreciéndole la última mariposa que aleteaba en su mano, se apoyó frágilmente sobre los brazos del policía y se dejó caer con suavidad hasta quedar arrumbado sobre el piso.

Minutos después, el gendarme, receloso y desconcertado, sostenía una mano en alto sobre la que revoloteaba una mariposa dorada; con el otro brazo sostenía un enorme viejo de peluche.

 

Macarena Huicochea

 

 

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