La conjura de los Aluxes

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Los duendes existen, disculpen que lo diga de forma tan abrupta, pero existen.  ¿Cómo lo sé?  Voy a confesar: uno de ellos, de nombre Holchi, se metió a mi casa y transformó radicalmente nuestras vidas. Todo empezó así: por las noches no me dejaba dormir. Sus pasos, risitas y silbidos me despertaban y, escudándose en la oscuridad, lo podía oír correr, meterse debajo de la cama, trepar por las cortinas, mover cosas, dar saltos, canturrear y cuando yo me levantaba, medio dormido y harto a encender la luz, alarmado y listo para pillarlo, desaparecía como por arte de magia.  Carmina se molestaba conmigo y me decía que yo había sufrido una pesadilla, que ella no había oído nada, que apagara la luz, que me acostara y la dejara dormir.  Pero yo sabía que no. Algo o alguien se estaba metiendo entre nosotros y empezaba a hacernos la vida imposible.  Tal vez a causa de eso ahora no me interesa ver ni el azul del cielo.

Mi esposa se llama Carmina: cómo la quise, cómo la amé, cómo la admiré.  Me imagino que todavía trabaja en la prestigiosa agencia de modelos que permitió que su agraciado rostro y su ahora demasiado esbelto cuerpo saturaran todos los espectaculares de la ciudad, con sus coqueteos, mohines y sugerentes posturas, así como la publicidad de cuanta revista llegaba a mis manos anunciando perfumes, cremas o ropa, no importa de qué tendencia o nacionalidad, además de haberse convertido en una de las más famosas modelos del país. Algunos recuerdos sobrevienen a mi memoria en contra de mis propios deseos.  Escriba, escriba, es lo que me recomiendan aquí, tal vez eso pueda ayudarlo… ande, escriba lo primero que le venga en mente… aunque le duela y se lastime, aunque se lastime y lastime a los demás: ande, escriba, escriba sin miedo, sin recato, sin culpa, pudor ni consideración…

Carmina ha hecho una carrera meteórica y rutilante. En no pocas ocasiones importantes empresas quisieron tentarla para que su agraciado rostro y su apetecible cuerpo emprendieran una feliz fuga hacia latitudes más civilizadas y sobre todo mucho mejor remuneradas. La querían no solo como modelo sino como cantante y actriz. Pero ella resistió cuanta oferta le hicieron. Carmina consideraba entonces que la obligación de una mujer consistía en estar con su marido. Antes era de convicciones bíblicas. Pero ojo, la Biblia no siempre es la mejor aliada de lo que sucede en la vida y ahora estamos separados.

Carmina y yo éramos lo que se dice una pareja modelo. Vivíamos con la conciencia de sabernos sujetos de la historia y evolucionábamos de acuerdo con el momento que nos tocaba vivir. No le temíamos a los cambios, no, por más sátiras y diatribas de nuestros presuntos amigos. Allá aquellos que al vernos pasar triunfantes en el carro de la fama, nos arrojaban todo tipo de inmundicias desde el muladar de sus envidias, rencores, celos y prejuicios.

Carmina: bella, atractiva, siempre bien arreglada: de cabello rizado color negro azabache, alta, de buen cuerpo y con unos ojos enigmáticos de mirada aterciopelada, de atractiva ingenuidad y peligrosa inocencia. Pero lo mejor de todo era su sonrisa: abierta, provocadora, sus dientes blancos y brillantes en una expresión, simultáneamente divertida y sensual. Carmina transitaba por la vida con excelente postura: mucho garbo y marcha firme y decidida.  Su vestimenta era alegre y jovial, falda corta, tacones altos, la boca siempre roja, los cabellos desordenados y sensuales.  Se abría paso entre la gente contoneándose sin reparar en los obstáculos que pudiera encontrar en el camino; su signo era sagitario, así que a veces yo la imaginaba como una especie de centauro femenino, mitad yegua, mitad mujer, con el arco dispuesto a dirigir sus saetas al blanco de su predilección. Carmina se encontraba en la flor de la edad y de su belleza total; pero desde que el duendecillo aquél logró inmiscuirse entre nosotros todo empezó a cambiar o tal vez simplemente empecé a conocer cómo era, así como ella a mí y no como nos habíamos imaginado durante nuestros primeros años de matrimonio. Sus opiniones eran cada vez más tajantes y contundentes y poco a poco su manera de vestir y de arreglarse se fue modificando.  Salía de casa más que arreglada, con la falda corta, medias negras, tremendos tacones, a veces sin brassier y blusa semitransparente.  Pero cuando llegaba a casa tan pronto cerraba la puerta, se quitaba los zapatos, se desabrochaba la falda y se metía a la recámara para salir con bata, pantuflas y el cabello recogido. ¿Por qué? ¿A quién quería seducir? ¿Al mundo o a mí?

Sin yo saber porqué, pronto se cortó el cabello rizado y desordenado para sujetárselo en un chongo; sus faldas y vestidos coquetos y ondulantes así como sus repiqueteantes tacones se trocaron por pantalones y saco de color negro, blusa blanca y zapatos bajos y austeros, monjiles; dejó de maquillarse, de pintarse la boca, de sonreír con los ojos; hasta su ropa interior cambió: aquellas prendas sugerentes. siempre bien coordinadas y a la última moda las cambió por corpiños de peto largo y pantis a la cintura de color blanco.  Empezó a adelgazar y muchas veces descubrí que después de una buena comida se retiraba discretamente al baño a vomitar; antes de recluirme aquí ella estaba a punto de cumplir treinta y tres años, lo que muchos consideran la mitad de la vida, pero que para mí representa la mejor etapa de cualquier mujer, sea cual sea su belleza o condición. ¿Yo? Soy un poco mayor que ella, pero a partir del momento en que renuncié a mi trabajo acepté mi condición de eso que los ingleses llaman beyond the pale.

Pero no quiero adelantarme: nuestra rutina diaria era absolutamente convencional: tan pronto yo terminaba de desayunar Carmina corría invariablemente de prisa rumbo a la agencia donde trabajaba. Permítanme aclararles que yo, además de ser su esposo (“el marido de La Diva”), laboraba en un despacho de consultores alemanes Gesellschaft fur Organisation Planung und Ausbildung como humilde analista que entraba a trabajar un poco más tarde que mi mujer. Ingresé a la empresa por recomendación de ella con el argumento de que yo sabía redactar y que, dada mi peculiar curiosidad intelectual, mi diletantismo y mi vocación de ratón de biblioteca, seguramente podía resultarle útil a las múltiples y variadas labores de investigación de la compañía. De hecho cuando la conocí yo aspiraba a ser escritor, lo cual no tenía mucho sentido para el temperamento práctico de Carmina que veía la literatura con absoluta indiferencia, para no decir con franco desprecio.

—Métete a trabajar y dedícate a escribir por las noches y los fines de semana… —me aconsejaba—. Un hombre que no trae dinero a casa no puede preciarse de serlo.

Cada mañana yo leía el diario con toda calma, bebía café y cuando daba la hora bajaba por el elevador hasta el garage y trepaba, bien vestido, afeitado y pulcro, a mi automóvil rumbo al despacho de consultores.

Debo aclarar que tras la recomendación de mi mujer tuve que presentar toda una batería de exámenes: de inteligencia, de aptitudes generales, de cultura, a más de las pruebas psicológicas y de desarrollo de aptitudes que logré sortear gracias a mis lecturas y a las mañas adquiridas a través de ciertas novelas subversivas. Me llevó toda una semana la presentación de las pruebas. Varios días después me llamaron por teléfono para decirme que tenía una cita con el Gerente General, un doctor alemán de Nombre Ulrich Funwangler que, con los resultados desplegados sobre el escritorio, sonrisa irónica y fumando un cigarrillo, me dio la buena nueva de que había sido aceptado para colaborar con la importante empresa México-alemana.

 

*

 

Pero remontémonos al pasado lejano. Me casé enamorado, ferozmente enamorado de Carmina pues veía en ella, además de una atractiva mujer, a un ser extremadamente vivaz e inteligente y, para más, de total independencia de carácter.  Sólo que a partir de que el duende penetró en casa me percaté de que cada cierto tiempo le ocurría algo extraño sin que hubiera ninguna razón o causa identificable y su temperamento cambiaba de una manera tan inusitada y extraña, sufría una transformación brutal en su personalidad y carácter lo cual me llevaban a desconocerla por completo. Al grado que llegué a pensar que o ella se estaba volviendo loca o que quien estaba perdiendo sus cabales era yo. Durante esos periodos me enfrentaba de súbito a una total extraña a la que no reconocía y ni siquiera en mis desvaríos más extremos hubiera imaginado.  Curiosamente en esos momentos su belleza adquiría tintes grotescos, crueles y diabólicos y se convertía ante mis ojos en un ser absolutamente repulsivo. Ese cambio podía durar horas, a veces días y en ocasiones llegó a prolongarse durante semanas. Una vez pasada la crisis volvía a ser la de antes y se acercaba a mí de manera seductora y sensual, consciente del poder de atracción que ejercía sobre mí y a sabiendas de que yo era incapaz de rechazarla. Un día me atreví a insinuarle tímidamente mi preocupación por esos cambios abruptos, no solo en su aspecto y en su carácter sino en su manera de comportarse y que tan pronto pasaban ella olvidaba como si nunca hubieran ocurrido. Al oír mi reclamo montó en cólera y, adoptando una expresión de odio y desprecio, me reviró:

—Más bien creo que se trata de tus genes machos.

 

*

 

Cambio de escenario por un momento y acompáñenme hasta el despacho donde trabajaba.

Llego en mi auto al estacionamiento del edificio y le indico al portero que lo estacione y lo lave. Subo por el elevador hasta las oficinas y saludo a la bella Beti, la recepcionista, a la eficiente Tere, la capturista, y a la temible Amanda, administradora y jefa de personal del despacho quien de inmediato me pide que firme la hora de mi llegada. Vengo un poco retrasado pero todavía estoy dentro de los límites de tolerancia que nos permite la empresa para que no nos amonesten. Abro una puerta y me topo con cuatro escritorios con sus respectivas computadoras alineados en dos hileras: el mío es el segundo del lado izquierdo. De mis compañeros solo ha llegado el Rupis cuyo verdadero nombre es Ruperto. Según sus propias palabras él se halla desde ya inmerso en su trabajo «fecundo y creador».  Nuestro jefe inmediato, el licenciado Arredondo también se encuentra ya en su cubículo pues alcanzo a escuchar su constante tosecita nerviosa. Unos cuantos minutos antes de que venza el tiempo de tolerancia llega, safe, Gonzalitos. Cárcamo, cuyo escritorio se encuentra delante del mío, no hará su arribo triunfal sino ya pasadas las diez, luego de haber recibido la correspondiente reprimenda de la temible Amanda.

Rupis asume su profesión de analista como si se tratara de una militancia o, peor aún, de «un apostolado» (sus propias palabras). Siempre llegaba a la oficina quince minutos antes de la hora de entrada. Venía a pie desde su casa pues lo consideraba el mínimo ejercicio que SU CUERPO (así con mayúscula) requería además, claro, de sus entrenamientos de handball, de sus partidos de squash y del gimnasio al que asiste diario desde que dejó de ser un «alfeñique».  Le pide al mozo un café pues él nunca «ingiere» (sic) nada entre comidas y pocas veces se ha rebajado a la debilidad de beber alcohol. Es extremadamente limpio en su apariencia y puntilloso en su trabajo. Viste de invariable camisa blanca, con corbata y traje completo. En convivios y celebraciones usa además chaleco. Se aplica loción con suma liberalidad, lo cual provoca que de su escritorio emane un constante efluvio dulzón según los vaivenes de la moda de las fragancias en turno. Cuando saluda de mano, lo cual por suerte no es tan frecuente (salvo que tenga algún logro que «compartir» con nosotros como ganar el campeonato de handball o recibir una calurosa felicitación de sus alumnos de la facultad de ingeniería por sus excelentes cursos), deja impregnado el olor de su loción durante horas enteras, lo cual me resulta particularmente insoportable y difícil de erradicar a pesar de lavarme las manos. Rupis es moreno, de cabello grueso, oscuro y ojos rasgados; ah, pero eso sí, se identifica sin reservas con el «espíritu de lucha alemán» y todo lo que «ejecuta» lo hace como si proviniera de la más rancia estirpe teutona. Por alguna inexplicable razón, a pesar de su disciplina «férrea» y de «su excelente formación lograda a base de quemarse las pestañas en el Colegio Alemán» —y claro, descontando de la enorme cantidad de tiempo que le invierte a revisar sus cuentas personales— todo lo que hace debe ser aprobado por el licenciado Arredondo y muchas veces el pobre Rupis se ve en la penosa necesidad de repetir íntegramente el producto de su «trabajo fecundo y creador». No obstante eso y debido a que es ingeniero de profesión se ha impuesto como nuestro superior autonombrándose jefe del área de ingeniería industrial.

He aquí a Gonzalitos: él es alto, muy delgado, pálido, con una calvicie incipiente: un auténtico vegetariano del alma. Ocupa el escritorio contiguo al mío.  Con frecuencia lo sorprendo con los ojos entornados, la mirada perdida entre las palabras y revisando las cifras de su proyecto en turno en ese otro mundo al que su mente se fuga involuntariamente gran parte del tiempo. Permanece inmóvil, durante horas con la mirada perdida en la pantalla como único punto de apoyo entre su mente y la realidad divagando en quién sabe cuantas cosas que no corresponden ni a su proyecto ni al despacho en que trabajamos. Es extremadamente lento en sus labores y requiere un enorme esfuerzo para concentrarse. Cuando por fin le llega la musa y se encuentra inspirado escribe dos o tres líneas, borra una o dos palabras y se vuelve a quedar pasmado para luego volver a avanzar y a retroceder. Reescribe y borra otra vez y así se pasa gran parte de la mañana en lo que podríamos definir como una «huida hacia adelante». Nunca sale a comer: «tengo un hambre poca» suele decir a la hora del almuerzo y es discreto, apacible y buena persona; a pesar de su lentitud en el trabajo su eficiencia y productividad se equiparan con la de Rupis.

Cárcamo, en cambio, es alegre y jovial. Siempre saluda de beso a Beti (la más guapa), con un apretón de manos a Tere (menos agraciada) y con una caravana burlesca a la temible Amanda lo cual no lo exime de las severas miradas de escarnio de la administradora ni de sus múltiples reclamos («Llegó otra vez tarde, ingeniero») que él ignora a la torera. Después de su estruendosa llegada a causa de sus carcajadas impostadas (¡gaaaara-gara-gara-gara!) celebrando sus propios chistes, nos brinda a cada uno un fuerte abrazo con nutridas y sonoras palmadas en la espalda. Tan pronto Cárcamo se acomoda en su escritorio coge el teléfono y se comunica (en rigurosísimo orden) primero con su señora madre (cómo está mi jefecita), luego con su esposa (hola mi reina, ya llegué) a la que primero interroga (¿qué vamos a comer?) y luego apremia (¡qué!, ¿no me va a hacer mis ejotitos con huevo?) y a la que finalmente reprende (¡y nada de andar por ahí nomás pajareando!). Inmediatamente después peina parte de su agenda para saludar, hacerse presente o felicitar a algún amigo o conocido que, o bien ocupa un puesto político de «alta jerarquía» o bien tiene fama de estar «forrado». Cuando termina sus llamadas se levanta del escritorio, llama al «office vengo», como él le dice y le encarga una torta cubana o unas quesadillas de rajas con crema y una coca cola para «almorzar». Cuando termina se sienta a mondarse los dientes con un palillo haciendo muecas y ruidos con la boca y se empieza a quejar ante nosotros de la tarea ardua y dificultosa que le aguarda durante el día. Por lo mismo aprovecha para prepararse un café y lee durante un rato el periódico o alguno de los Playboys que guarda celosamente en los cajones de su escritorio con la intención de «calentar motores». Entonces se dirige al baño —periódico o revista en mano— donde se entretiene un mínimo de media hora.  Regresa sin saco, con el pantalón bien fajado por arriba de la cintura, caminando plácidamente mirando aquí y allá con una amplia sonrisa socarrona que refleja que se ha quitado un enorme peso de encima. Para entonces ya pasa del mediodía. Pero eso sí con los cuarenta minutos o la hora que le dedica diariamente a su trabajo —pues sale sistemáticamente antes de las dos (no le gusta ser impuntual con su mujer)— queda más o menos «tablas» con Rupis y con Gonzalitos. Ese era el ambiente en el que yo me movía para aportar dinero a casa. Así transcurrieron dos años de mi vida hasta el día en que enfrenté mi camino a Damasco.

 

*

 

Imaginen la siguiente escena: una cálida mañana de domingo del mes de mayo en la ciudad de México. Carmina y yo nos encontramos en nuestro departamento de la avenida Reforma, amueblado según los cánones más rigurosos del minimalismo, estilo que personalmente deploro, pero que era el favorito de Carmina y que le permitió deshacerse de las pocas antiguallas que yo había conseguido a lo largo de mis frecuentes incursiones en bazares y tiendas de viejo durante mi primera juventud.  Se deshizo también de muchos libros que ella consideró «contaminantes», no por su contenido, sino por su estado: «Quién sabe en qué manos estuvieron esos libros, más vale que te deshagas de ellos no te vayan a pegar alguna enfermedad de la piel, vayan a tener hongos o nos vayan a llenar la casa de polilla o de ácaros». Respetó mis plumas fuente pero no sin un dejo de sorna por considerarlas instrumentos de «viejito». El mediodía se acercaba. Acabábamos de hacer el amor pues era su mejor arma para salir victoriosa de cualquier pleito o discusión, sin importar cuál fuera su origen, ni culminaba jamás de una manera sensata porque como no le gustaba ceder ni un ápice y nadie le quitaba la idea de que la mejor defensa es el ataque, se declaraba triunfadora cuando yo me rendía irremediablemente a sus femeninos encantos. Debo reconocer que a veces me gustaba hacer el amor con furia, como una manera de vengar las injurias sufridas por Carmina, aprovechando que solo en esos momentos de completa intimidad ella se permitía sujetarse por entero a mi voluntad.  Pero a la distancia tengo la impresión de que ella era la que más disfrutaba esa idea de castigar y ser castigada.

Esa mañana tenía puesta tan solo una bata y se encontraba sentada frente al tocador cepillándose el cabello rizado y abundante. Yo estaba recostado sobre la cama; encendí un cigarrillo y miré su rostro a través del espejo: Carmina se maquillaba (¡lástima! entonces todavía se ocupaba de arreglarse, de sacarse partido, de tratar de gustarme). ¿Han notado la manera singular en que las mujeres deforman sus rostros mientras se arreglan? Toma su rímel con la mano derecha, abre desmesuradamente los ojos, pone la boca en forma de «o» mientras tensa los músculos de sus mejillas y retoca sus pestañas. Sus ojos y los míos se entrecruzan en el espejo. Se percata de que la observo y suspende lo que está haciendo. Entonces le digo:

—¿No te parece que ha llegado el momento de tener familia?

—Tengo mucho trabajo.

—¿Pones a tu trabajo por encima de tu descendencia?

—Tú sabes lo importante que es mi carrera.

—¿Tanto como para que prescindas de ser madre?

—Por ahora no puedo darme el lujo de subir de peso, de suspender mis contratos y compromisos por más de un año para cuidar a un bebé, de que se me deformen los senos. Dame tiempo. Deja que cumpla con los contratos que tengo…

—Cuánto…

—No lo sé…tres, cuatro años tal vez un poco más…

—¿Estás cambiando a tu futuro hijo por tu carrera de modelo?

—No, pero me hallo en un momento crucial de mi carrera, no me puedo permitir pensar en la familia…

—¿No te parece un poco egoísta?

—Vamos, tú sabes mejor que nadie que soy la que aporta el ingreso mayor a casa.

—No, si no he puesto en duda tu capacidad económica ni tu solvencia y mucho menos tu talento o tu figura, solo que también eres mi mujer y a mí me gustaría tener familia…

—Mi trabajo está a la altura de lo que se está haciendo en las mejores agencias del mundo. Precisamente por eso me salí de la otra empresa donde no tenía el mínimo futuro. Tú mismo sabes que lo que estoy haciendo es muy importante.

Dejamos de discutir. Carmina se encontraba alterada pero, como de costumbre, su terquedad justificaba su enojo. Se fumó un cigarrillo para tranquilizarse y en apariencia le dimos carpetazo al asunto; ¿Saben lo que hice?  ¡Nada! Me levanté de la cama y me metí a bañar tratando de olvidarme de una vez por todas del penoso asunto de tener familia.

 

*

 

Preocupado por la situación en la que me encontraba decidí consultar a un médico chino que, además de acupunturista, leía el iris, la planta del pie, la frente, el I Ching y tenía fama de connotado sabio y visionario. Le confié mis pesadillas y las desavenencias que habían surgido entre Carmina y yo. Después de auscultarme a fondo física y mentalmente, y de preguntarme todo tipo de infidencias, se atrevió a mencionar si no se habría inmiscuido entre nosotros algún espíritu chocarrero.

—¿Lo dice en serio?

—Más serio que nunca…

—¿Cómo que un espíritu chocarrero?

—Sí, alguien, algún espíritu o duendecillo que a veces puede resultar amigable, a veces chocarrero o travieso pero también se puede dar el caso de que sea malévolo, malicioso, maligno y, en ocasiones, puede llegar a ser hasta diabólico…

—No lo sé, ¿por qué?

—Porque así suele suceder cuando algún tipo de duende interfiere entre las parejas… De pronto empiezan a surgir desavenencias, sin que se sepa porqué: pleitos donde antes había armonía: empiezan a discutir boberías, a hacerse reclamos innecesarios, a culparse el uno al otro, a pelear por cosas intrascendentes que nunca antes habían sido motivo de desacuerdo, hasta el grado que de repente se empiezan a contemplar como enemigos.  Muchos llegan a separarse, algunos hasta recurren a los abogados, pocos se divorcian y, en casos muy excepcionales, coquetean con el instinto homicida …

Me quedé pensando. Recordé mis pesadillas y el giro radical que dio nuestra relación.

—Existen muchos tipos de duendes en el mundo —me explicó él—. No todos son iguales, en ninguna parte ni responden a los mismos nombres. Existen criaturas diferentes a nosotros en el mundo, algunos más grandes otros más pequeños. ¿Por qué aferrarnos a considerarnos como los únicos? Algunos duendecillos son criaturas de la hierba o del monte, otros son de los bosques y las montañas hay también los de la tundra y el desierto y hasta del hielo; pero los más peligrosos y dañinos son los de las grandes urbes, los de las ciudades, de las calles, de los muladares y las cloacas; te diré que a veces hasta los confunden con ratas, bichos y cucarachas; los duendes del campo son más puros, los de las ciudades están más contaminados. Todos responden a diferentes nombres. Hay gnomos, trasgos, duendes, aluxes, cheneques, goblins. sidhes, leprechauns, bogeymen, cluricauns, brownies. Algunos son bellos, como Ariel y las haditas de los cuentos, otros son feos como los enanos de Blanca Nieves, hay otros con rasgos mayas que no levantan más de veinte centímetros y otros más que aparecen como meras lucecitas y que brillan como luciérnagas en la oscuridad. Pero dígame, ¿Ha hecho algún viaje reciente?

Me quedé pensando y recordé que exactamente un año antes Carmina y yo fuimos a la Península de Yucatán.

—¿Y no se acuerda algo que pudiera implicar la injerencia de algún ser extraño?

—No, doctor, a decir verdad no…

—Pues medítelo un poco y si recuerda algo vuelva a verme.

 

*

Regresé a casa muy quitado de la pena, me serví un whisky y mientras me concentraba en un disco de Miles Davies de súbito me vino a la mente algo que tenía olvidado por completo. Durante nuestro viaje a Yucatán un primo mío, de nombre Antonio, le había obsequiado a Carmina una cabecita maya que él identificó como de un X-Men con la recomendación de que la lavara muy bien y le pusiera un poco de agua bendita pues esas piezas provenían de tumbas y podían portar enfermedades o hasta algún embrujamiento.

—Carmina se quedó un poco extrañada y en cuanto nos subimos al coche me dijo:

—¿Para qué me regala algo que cree que puede causarnos daño? Y está horrible, me da miedo. Lo voy a tirar por la ventana para que se haga pedazos…

—No lo tomes así, fueron solo unas recomendaciones…

—Si la quieres quédate con ella…

Y me la regaló a sabiendas de que yo apreciaba mucho las figurillas prehispánicas. Se trataba de una cabecita muy bien esculpida, pequeña, de una pulgada de alto, de color ocre que mostraba la cara de un hombre mayor de nariz aguileña, pómulos salientes, las cuencas de los ojos vacías, la barbilla prominente y una boca desdentada salvo dos colmillos en la parte superior que sonreía desafiante.  Sobre la cabeza portaba una especie de corona o tocado que lo identificaba con un Chamán. La limpié con todo cuidado y por supuesto que no hice caso de echarle agua bendita considerando que la recomendación era parte de una mera superstición.  Una vez limpia la coloqué en una pequeña repisa que tengo la recámara junto a otras figurillas que a lo largo de mi vida había ido coleccionando.

Di un trago a mi whisky y me puse a reflexionar: tal vez era cierto y desde la llegada de esta figurita a casa empezaron los merequetengues en nuestras vidas.

Ahí mismo tomé el teléfono, hablé al consultorio del doctor y acordé una cita para el día siguiente.

Fui hasta la recámara y busqué la figurilla: se encontraba ahí donde yo la había puesto y sentí el peso de su sonrisa chocarrera y la ironía de su mirada ausente. La cogí y la examiné: era una figura muy atractiva, bien esculpida, un poco enigmática, de gran fuerza y no desprovista de inquietante belleza.

 

*

 

Volví al médico cuidándome de llevar la cabecita maya conmigo. Le comenté al doctor su origen y se la di para que la estudiara: la tomó en sus manos con cierta reverencia y la analizó cuidadosamente:

—Si acaso es un alux, como sospecho, es muy factible que se vaya. Por lo general son espíritus chocarreros e inofensivos que se divierten con todo tipo de bromas, travesuras y diabluras: esconden las llaves, lentes, documentos, papeles, plumas, la cartera, dinero y libros, que son los objetos que más frecuentan… pero se da el caso de que también interfieran con los matrimonios. Pero no siempre son tan fáciles de erradicar y en ocasiones pueden convertirse en enemigos formidables. No es recomendable combatirlos por la fuerza…, saben que siempre son más fuertes que el humano, porque son muy sagaces y saldría contraproducente. Se llaman también «Saiyabuicoob» que quiere decir «moderadores». Son astutos y misteriosos, enanitos que alzaron con sus propias manos ciudades majestuosas e inolvidables pero que prefieren trabajar en la oscuridad. Y tienen que tener mucho cuidado pues cuando los sorprende el sol se pueden convertir en piedra. En aquellas épocas ellos se comunicaban a través de un camino suspendido sobre el cielo al que les gustaba llamar «zacbé», sendero blanco o cuerda vibrante que para ellos representaba un «puente celeste». Por este medio les llegaba bebida y comida a esos seres enigmáticos que son los pobladores de las ciudades de piedra. Estas figuritas se despiertan en la noche y andan pero hay que evitar verlos porque producen mal viento. Así que vamos a hacer una prueba: por las noches va usted a colocar una ofrenda en el lugar por donde suele oír ruidos y pasitos. Va a rayar la parte blanca de un coco de manera muy fina quitándole todas manchas o partes cafés, dejando únicamente lo mejor de la pulpa. La lava muy bien y la coloca en una jícara acompañada de otras dos en una de las cuales va a poner un poco de leche y en la otra miel pura de abeja.

—¿Y con eso se irá?

—Tal vez, si tenemos suerte, pero no lo sé, nunca podemos estar seguros.  Por lo que usted me comenta le gusta sentarse en la sala de su casa a leer, escuchar música y tomar unas copas, ¿no es cierto?

—Efectivamente, muchas noches después del trabajo me entretengo en casa leyendo y oyendo discos. Y sí, por qué negarlo, me tomo unos whiskys dependiendo de qué tan temprano llegue mi esposa a casa…

—Debo prevenirlo de que en algunas ocasiones, cuando un hombre está en estado de ebriedad logra ver aluxes. Y sucede que estos pícaros seres también son aficionados al alcohol, y cuando el alux bebe también se hace visible a los humanos porque cuando ambos, hombre y alux están borrachos, se parecen entre sí.

 

*

 

Seguí las indicaciones del doctor al pie de la letra: preparé la ofrenda tal como me lo indicó ante la mirada suspicaz y desconfiada de mi mujer. Y así transcurrieron varios días sin que pasara nada salvo que no volví a sentir su presencia durante algunas noches. Hasta llegué a pensar que había logrado expulsarlo. Pero una mañana me desperté con un intenso dolor de cabeza, con fiebre y tan cansado que parecía que me habían dado una paliza en la noche. No me pude levantar a trabajar. Me reporté enfermo y le hablé inmediatamente al doctor para consultarlo. Se rio discretamente en el teléfono diciéndome que era una reacción motivada por los aluxes y me recomendó que enriqueciera las ofrendas con incienso, flores blancas y un pozol con chile habanero y que hiciera unas rogaciones. Adolorido y todavía con fiebre salí a comprar lo necesario y permanecí en cama todo ese día y el siguiente.  Dos días después ya no me dolía nada y me puede levantar para ir al trabajo. Pasaron más de dos semanas. Una tarde, mientras leía concentradamente sentado en el escritorio y bebía mi whisky, sentí que había alguien más conmigo. Levanté la vista y vi en la sala las cuencas ya no vacías sino ocupadas por unos ojillos únicos, de párpado adiposo, ligeramente rasgados, negros, brillantes y malévolos mirándome llenos de curiosidad y con una sonrisa desdentada y desafiante. Lo miré a mi vez y sentí una enorme ternura. Sonreí. Nuestros ojos se encontraron y por el movimiento de su cabeza adiviné que él también sentía simpatía por mí. Sin saber porqué cogí mi botella de whisky y deposité unas cuantas gotas en la tapita de la botella y la coloqué sobre los entrepaños del librero, cerca de donde me miraba, sin moverse. Seguí leyendo sin ponerle demasiada atención para no intimidarlo. Al poco rato me puse de pie y vi que el whisky que yo le había servido había desaparecido. Un rato después unas palabras empezaron a infiltrarse en mi mente:

«Somos seres ligeros como los espíritus, engendrados como los deseos que nos dieron vida. Nosotros participamos de la naturaleza del hombre y del animal sin que seamos ni uno ni otro. No somos enteramente humanos pero tampoco un mero animal y poseemos alma. Yo soy un ser de tierra y aire. Mi nombre es Holchoch, pero si quieres puedes llamarme Holchi».

Así que Holchi. Después de beber lo que le había servido se quedó completamente inmóvil, con las cuencas de los ojos otra vez vacías, en el reborde del librero.  No quise molestarlo y olvidándome de él me fui a dormir.

 

*

Este hecho, en apariencia sin importancia, desencadenó todo lo demás. A una sorpresa le sigue inevitablemente otra. En el despacho el trabajo empezó a escasear y el doctor Funwangler pidió que además de nuestra actividad como analistas teníamos la obligación de salir, cuando menos dos veces por semana, a hacer labores de promoción y venta con las diversas empresas que pudieran contratar nuestros servicios. Ahí surgió mi primer roce. Yo me consideraba absolutamente incapaz de vender nada, nunca en la vida lo había hecho y las pocas ocasiones en que se me planteó una venta siempre terminé regalando lo que me proponía vender pues aunque me hubieran pagado un precio ínfimo yo lo sentía siempre como una suerte de engaño. Imagínenme haciendo antesala para tratar de ofrecer, a un funcionario, a un ejecutivo, a un dueño de empresa o a un burócrata, algo de lo que yo mismo no estaba convencido. A lo largo de cinco años había yo elaborado infinidad de estudios: de mercado de resistencias eléctricas, sobre la factibilidad de instalar un nuevo molino para la industria panadera, para el establecimiento de un campo de golf en Tequesquitengo, un análisis sobre la situación de la industria pesquera en Mazatlán, y otro para la creación de polos de desarrollo de la industria en el área del Istmo de Tehuantepec o cómo elevar las ganancias del Colegio Alemán. Al igual que mis compañeros había yo invertido parte de mi juventud, mi tiempo, mi esfuerzo y mi escaso talento en investigaciones, cálculos, proyecciones y redacción de los documentos y recomendaciones cuyos resultados, con algunas artimañas de nuestra parte, resultaban invariablemente productivos y rentables y según nosotros, técnica, económica y financieramente. Solo que había un problema: ninguno de esos estudios, desde el más sencillo hasta el más elaborado, se había llevado a cabo jamás, ninguno se había convertido en realidad y eso me dejaba a mí, porque sé que ni a Rupis, ni a Gonzalitos y mucho menos a Cárcamo les importaba, con la huera sensación de desasosiego, de frustración, de vacío y de completa esterilidad. Invertir todos los días de mi vida elaborando proyectos que invariablemente iban a parar a la sección de archivo muerto de una dependencia burocrática o a los proyectos desechados de las empresas o francamente al bote de la basura. ¡Qué horror! Si a eso se le añade que el doctor Funwangler era particularmente irónico e incisivo en sus comentarios sobre nuestros trabajos y ahora quería que además nos convirtiéramos en vendedores y promotores, la situación se empezó a volver insoportable.

 

Esto se empeoró cuando entregué el último de los estudios que me habían encargado. Después de revisarlo concienzudamente y de llenarme de anotaciones, correcciones y acotaciones, Funwangler me devolvió el manuscrito y me dijo:

—¿Usted sabe cuánto cobramos por un estudio como éste?

—Sí doctor —le contesté.

—¿Cuánto?

—Quinientos mil pesos, doctor.

—Efectivamente —contestó— y dígame, ¿usted estaría dispuesto a pagar una cantidad semejante por algo como lo que me acaba de entregar?

—No doctor.

—Pues yo tampoco, así que por favor le pido que lo revise y lo corrija de cabo a rabo —me dijo terminante.

No me gustó el comentario, pero procedí a la revisión. Era la primera vez que me devolvía un estudio mientras que mis compañeros tenían que corregir dos, tres y hasta cuatro veces antes de que lo aceptara.

Las cosas cambiaron en la oficina hasta el día en que al verme solo en el despacho pues mis compañeros habían salido a hacer sus labores de promoción el doctor Funwangler me reclamó:

—¿Y usted qué hace aquí a estas horas cuando debería de estar haciendo labores de promoción?

Tampoco me gustó cómo me habló, pero decidí no contestarle.

—¿Qué sucede, no me oyó? Coja su portafolio y salga inmediatamente a vender proyectos.

Como si no lo hubiera escuchado me quedé impávido sentado en mi escritorio. En ese momento me pareció ver una sombra entre nosotros. Era la cabecita que me miraba con mis propios ojos.

—¿Se siente usted mal?

La figurilla me sonrió. Me mantuve en silencio. Cerca de la puerta había otras caritas sonriéndome y animándome a no contestar. Sin decir palabra le sonreí a Funwangler, que furico y desesperado salió del despacho azotando la puerta.

Al día siguiente llegué como si nada a la oficina pero tan pronto intenté saludar a Beti, Funwangler salió súbitamente de su despacho y me detuvo en seco con la mano abierta sobre mi pecho para impedirme que me acercara a ella o pasara a mi escritorio.

 

*

 

Dejé de ir la oficina: sin pedir un centavo de indemnización, sin recoger mis cosas personales, sin el más mínimo reclamo. Pero esa noche, al llegar a nuestro departamento, me puse a pensar.  Algo acababa de ocurrir.  Ahí estaba yo: un hombre joven, aparentemente feliz, casado con una mujer bella y famosa, con un buen automóvil, trabajando en un lugar en el que ganaba bien pero que no me importaba, con unos compañeros por los que no sentía ni afecto ni respeto y con un trabajo que me daba de comer pero que no me producía la más mínima satisfacción y para colmos sin hijos. Me puse una pijama, busqué en el impecable librero una de esas novelas a las que siempre les había tenido ganas y que no había leído por falta de tiempo y me acosté en la cama.

Cuando llegó Carmina y me vio me preguntó alarmada:

—¿Qué te pasa, te sientes mal?

—Tene…

—¿Qué dices?

—¡Tene, tene, tene, tene!

No sé qué me pasaba, pero las palabras literalmente se negaban a salir de mi boca y todo lo que podía decir era «tene». Quien me hablaba era Holchi sin que yo se lo pidiera; «no contestes» me decía, «mejor quédate callado. Mírala: se ve tan campante», me susurró. «Nosotros sabemos bien lo que te ocurre».

—Contéstame, por favor dime, ¿qué te pasa? ¿por qué estás en cama? A ver, déjame tocarte—. Intentó colocar su mano sobre mi frente pero logré evadirla girando la cara.

—¿Estás enojado?

«¿Quién acabó contigo?» oí que me decían varias voces al unísono. «Te tendieron una trampa, tienes envenenado el cuerpo, el corazón, el cerebro, el alma.  Estás desahuciado y ya nunca vas a tener un hijo».

—¿Quieres que llame a un médico? Dime qué te pasa.

No contestes.

—Si no quieres hablar está bien, ya veremos mañana —dijo y molesta salió de la habitación.

Pude oír que hablaba por teléfono con alguien en son de queja.

Ella no sabía de Holchi ni de sus compinches y a decir verdad a partir de ese momento yo era otro. Había dejado las llaves del coche sobre la mesa como si ya no tuviera la menor intención de volver a manejar en mi vida y mucho menos de salir a la calle.

 

*

 

Al enterarse de mi situación, mis compañeros de trabajo me empezaron a visitar. Su cara no podía ocultar la lástima que les causaba verme tendido en la cama, con la mirada perdida o leyendo novelas como Herzog, La metamorfosis, Rabbit Redux, Bartleby, Viaje al fin de la noche y quién sabe cuántas más. No sé si pensaban que no me volverían a ver o que tal vez me había convertido en un desadaptado, en un paria, en un muerto en vida. Hasta Rupis, cuyos cánones le recomendaban evitar a cualquier costo una sonrisa conmiserativa y mostrar las «debilidades» de sus sentimientos, me fue a visitar un sábado después de su entrenamiento de handball y se quedó conmigo un ratito con la intención de expresar un poco de cordialidad y simpatía. Cárcamo me llevó varios Playboys de su preciada colección en un acto de íntima y acaso postrera solidaridad. Gonzalitos estuvo conmigo durante varias tardes, con la mirada perdida en lontananza, balbuceando a duras penas unas cuantas palabras de condolencia sin que yo le contestara. Incluso el doctor Funwangler me fue a ver con el rostro contrito y un tanto apenado y sintiéndose culpable de que yo hubiera perdido el habla, el ánimo, la voluntad. Ellos me preguntaban y me hacían bromas, pero yo no podía más que mirar los rostros sonrientes de los aluxes y obedecerlos en silencio.

¿Y Carmina? Ella no mostró mayor preocupación. Sus viajes y compromisos no le habían permitido hacerme mucho caso y lo primero que se le ocurrió fue llamar a un psiquiatra para que me revisara. Ella decía que yo había abandonado mi trabajo a propósito para pasarme cuan largo era el día leyendo novelas y bebiendo, y así me lo había reclamado antes, no una sino muchas veces: «a ti solo te interesa leer y beber». Al médico le dijo delante de mí que le parecía que yo estaba fingiendo haberme quedado mudo y que me negaba a levantarme de la cama. El doctor se acercó y con tono amable y paciente me preguntó:

—A ver, dígame, ¿cómo se siente, qué le pasa?

Yo no podía explicarle nada. Con mi libro en mano seguí leyendo como si no existiera. Carmina se acercó a mí, bajó el libro y mirándome a los ojos me reprendió:

—Deja de hacerte el interesante y contesta.

—Tene… —pude balbucear y les di la espalda. Cerré el libro y los ojos.

—Así se la pasa todo el día —se quejó Carmina—. Lo único que dice es «tene» y nadie sabe qué significa. Solo se levanta para ir al baño, come cualquier cosa, una manzana, un pedazo de jamón, un poco de pan; después del mediodía le ha dado por beberse las botellas que almacenamos durante años, ya sabe usted, regalos y obsequios que nos mandan de aquí y de allá, y de las cuales nosotros solo tomábamos de vez en cuando. Ahora él se emborracha diario: empezó bebiendo whisky, cuando se acabó siguió con ron, luego brandy, tequila y ahora bebe mezcal. Todas las noches se acuesta completamente ebrio y así se duerme hasta la mañana siguiente para repetir, día tras día, la misma rutina. Yo ya me mudé de habitación. Él ya acabó de leer los libros que teníamos en casa y ahora se entretiene releyéndolos y carcajeándose como loco.

«¡Libre al fin!; estabas en el trabajo equivocado, en la casa equivocada, con la mujer equivocada», me decía la vocecita.

 

*

 

Y sin embargo, quien tomó la iniciativa fue ella. Primero sacó su ropa y sus enseres de la recámara y se cambió de habitación; como ya no nos hablábamos y yo prácticamente no salía del cuarto más que para buscar algo de comer y mi botella, un día, un par de meses después de mi incapacidad de hablar y de salir de casa, Carmina apareció de repente con un grupo de paramédicos que intentaron maniatarme y sacarme de la cama por la fuerza, pero al notar que yo no oponía ninguna resistencia, me dejé subir a una ambulancia donde me transportaron a una clínica en la que me sedaron y me sometieron a una serie de análisis de todo tipo. Me sacaron sangre, me tomaron radiografías, tomografías y me hicieron todo tipo de exámenes e indagaciones psicológicas. Yo no hablé, no es que me negara, no podía, mi resistencia era más fuerte que yo, las palabras me venían a la mente desde algún otro lado. Y, sin embargo, me convencieron de que respondiera por escrito. No tuve inconveniente.  Contesté  todas y cada una de sus pruebas con absoluta facilidad, sin mentir en lo más mínimo, pues ya no quiero, no puedo mentir. Tal parece que no descubrieron nada importante, pero al poco tiempo me mudaron aquí, a este asilo de amplios y tranquilos jardines donde me asignaron este cuarto al final del predio. Sin ser yo consciente, la presencia de Holchi y sus secuaces habitaba mi ser y aunque no los viera estaban siempre conmigo, junto a mí.  Qué bueno que me acompañaron, porque los otros pacientes de este horrible lugar me son totalmente ajenos, personas de rostros raros y mirada turbia; algunos se me han acercado tratando de hacer conversación sin que yo haya mostrado el más mínimo interés y por supuesto sin que yo les haya dirigido ni remotamente la palabra. Aquí huele a enfermo pero yo estoy sano, más que nunca. No salgo a pasear por los jardines, tampoco asisto al comedor.  Me han autorizado a permanecer solo, aquí en mi cuarto, y Carmina dio órdenes para que me dieran de beber lo que yo quisiera y de comer cuando me da hambre.  Carmina se encarga también de mandarme libros. No la extraño y me imagino que ella tampoco a mí pues se hace cargo de mi estancia mientras yo permanezco encerrado, sin hablar ni hacerle daño a nadie, sin causar el más mínimo problema pues vivo paredes hacia adentro, cuerpo y alma incluidos. Mi única compañía son mis libros, los cuadernos donde ahora pergeño estas notas, mi botella de mezcal y tú y tus amigos, querido Holchi. Tengo presente en la memoria la tarde que te conocí y percibí cómo llenaste con tus ojillos las cuencas vacías de tu rostro y con ello iluminaste mi existencia. A partir de ese día y a manera de agradecimiento, todas las tardes te deposito un chorrito de mezcal para que podamos seguir identificándonos uno con el otro.

 

Hernán Lara Zavala

 

Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946). Narrador, ensayista y editor. Estudió la maestría en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e hizo estudios de posgrado en la Universidad de East Anglia, Inglaterra. Ha desempeñado cargos como los de profesor en la FFyL; director de Literatura en Difusión Cultural de la UNAM (1989-1996); coordinador del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas (1999-2000), coordinador del Programa del Posgrado en Letras en la FFyL (2000-2001); coordinador general de Difusión Cultural de la Rectoría General de la UAM. Gerente Editorial del Fondo de Cultura Económica (2001-2002) y Director General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM (2002-2004).  Becario del International Writing Program, Universidad de Iowa, 1987, y del Consejo Británico, 1979, 1990 y 1992. Premio Latinoamericano de Narrativa Colima para obra publicada 1987 por El mismo cielo. Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 1995 de la UACJ, Chihuahua por su libro Después del amor y otros cuentos. Premio Orden por la Cultura Nacional 1996 otorgado por el Ministerio de la Cultura de la República de Cuba. Medalla Yucatán 2008 otorgada por su trayectoria. Premio Nacional Elena Poniatowska de la Ciudad de México 2009 y Premio de la Real Academia Española 2010 por Península, península.

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