La dama

DAMA RELATOS SIN CONTRATO

Hay innumerables cosas que nos fascinan de este mundo en el que vivimos y otras tantas del mundo de nuestros pensamientos y sueños, no por ello menos importante. Lo malo es cuando lo que nos fascina lo tenemos ante nosotros y no sabemos reaccionar a tiempo.

Ahí estaba ella, insultantemente atractiva a la par que extrañamente cautivadora, hipnotizadora, quizás. Embargada en una palidez extrema, de maravillosos ojos maquillados en tono oscuro semejante al de sus labios, y enfundada en blanquísimo tul virginal, su belleza me embriagó como copa de licor entre mis manos sin dejarme pensar con cautela en lo que me estaba sucediendo. Su cabello, aunque demasiado corto, ondulaba en pleno y relucía taheño como fruto de aromático azahar. Todo ello la convertía en una victoriana hermosura sin igual.

De graciosas formas redondeadas, sus movimientos la envolvían en un ambiente onírico, impreciso en el tiempo y en el espacio y que, de vez en cuando, como marioneta impulsada por manos invisibles, se revolvía con donaire regalando a mi mundana mirada un preciado y acogedor pecho descubierto.

Repelía los disgustos con finura y señorío y exacerbaba con ímpetu los sentimientos que a ella osaban acariciar. Cuando dejó entornar con levedad sus párpados ante la llamada del amor, un golpe secó mi corazón. Era como si la luz del día se apagara como bombilla fundida, esta vez para no volver jamás. Pero la noche dejó amanecer al día y mi corazón volvió a latir en cuanto sus ojos despidieron la luz que necesité para no morir en la oscuridad y dejando ella derramar un inaudible suspiro al viento. La escena se tornaba más y más desesperante, el miedo se palpaba en el ambiente, el delicado pecho de la dama respiraba entrecortado y con dificultad, y su mano, en un amago de sujetar un irremediable espanto, se posó a escasos dos centímetros de sus labios. Algo la tenía presa en pánico y yo no alcanzaba a verlo. Sentí sus labios resecos, su temblor infantil, la amarga espera del desenlace y el palpitar desenfrenado de su corazón. Deseaba que, ya por fin, todo acabara de una manera ó de otra, pero que acabara de una vez para poder respirar de nuevo. Incluso llegué a escuchar cómo los acordes de un viejo piano resonaban cada vez con más estruendo y velocidad queriendo amenizar peligrosamente la escena y sacarte aún más de quicio. La dama, sin color como la Parca misma, abría su boca con horror sintiendo en su alma el acecho de su mortal desenlace y, despidiéndose de este mundanal tormento, se dejó morir, cayendo su cuerpo contra la tierra áspera por el odio.

Y ahí estaba ella, dormida en la muerte, dejando una imagen en muertos colores en mis retinas, sintiéndome mortalmente herido de pena por lo que mis ojos habían captado en tan sólo unos segundos. De repente, una nueva música hizo devolverme a la escena. El horror ya estaba tan sólo a unos pasos de la inerte dama. Un paso, luego otro y finalmente un tercero y el acecho estaba ya ahí. Tan sólo era un pobre hombre con una delicada flor entre sus rudas y callosas manos. Éste lloró y posó la flor sobre el pecho de la señora, apartándose de la escena para llorar su dolor en soledad. La hermosa dama había muerto por nada. Su pensamiento bañado en horror fue quien acabó con su vida.

Quise grabarme en mi mente la cara de aquella perfecta dama pálida, que en vívidos colores me subyugó dejándome sin aliento. Y sin darme tiempo para reaccionar, apareció sobre el rostro de la fallecida, una fatal quemazón de fulgurante calor y ennegrecido olor a chamuscado que hizo desaparecer entre cenizas y rescoldos a la extraordinaria y divina dama. Y aquél cautivador cuadro colgado sin más en una escuálida pared del museo, quedó abrazado por las infernales y pecadoras llamas del Averno, sin poder hacer yo nada.

MONTE DE ÁNIMAS

2 Comments on "La dama"

  1. Me gusta, me intriga, ¿Qué nos oculta el cuadro, la dama, o la autora del relato…

  2. Me gusta, pero ….¿nos oculta algo la dama del cuadro?, o quizás la autora del relato?

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