La flor encarcelada

7 Minutos de lectura

El ataúd pasó todo un día entero y toda una noche sobre la mesa cubierta de flores. Cuando los primeros rayos del día entraron por la puerta abierta de par en par, la mujer de luto dijo que ya era hora de devolverlo a Macondo. El hombre que había pasado toda la noche sentado en una silla dijo que el recorrido era demasiado largo para hacerlo con un cadáver. Que debían ir en burro y que el sol estaba muy cabrón en esa época del año.

—Sellaremos bien la tapa con estopa y cáñamo —dijo ella—. Lo mismo que un barco.

—Dará igual. Olerá a muerto en un kilómetro a la redonda. De seguro que llevaré a todos los perros de la comarca detrás de mí.

—Eres el único amigo vivo que le queda. Si no lo llevas tú se pudrirá de rabia dentro de la caja.

—Se pudrirá igualmente por el camino.

Una vez terminada la tarea del calafateo amarraron el ataúd con dos cuerdas a la grupa del burro y se pusieron en marcha. Cuando el sol estuvo alto la caja ya iba rezumando fluidos. Los líquidos del cuerpo se habían abierto paso por todos los poros de la madera y a cada paso que daba el borrico se oía un claro chapoteo dentro de la caja. Pronto un desfile de perros salvajes se fue sumando a la comitiva.

Aquí es cuando el muerto comenzó a parlotear.

—Deberías ahuyentar a los perros —dijo—. Acabarán comiéndose al animal.

Aunque habían sido íntimos desde la infancia el amigo vivo no tuvo valor para contestar a su amigo muerto, por aquello de que cuando uno habla con finados es que está cerca de perder la cordura. Pero reconociendo que tenía toda la razón del mundo, saltó del burro y se dispuso a ahuyentar a la jauría de perros salvajes. No contó este hombre con la urgencia del hambre atrasada, ni con la valentía que aporta la manada. Herido y renqueante se subió de nuevo a la noble montura. Los perros no se fueron, solo aumentaron un poco la distancia.

—Tapona las heridas —dijo el amigo muerto—. Si aprietas con fuerza la sangre pasa de largo y vuelve a su sitio.

Cuando el suelo se hizo blando supo el amigo vivo que había llegado a las zonas cenagosas. Estaba al sur de Macondo. Esa noche la pasó delirando a causa de la fiebre.

—Ya te dije que íbamos a tener problemas con los perros. Me da que mañana olerás peor que yo. Si me sacas de la caja podría cuidar de ti.

—¡No digas barbaridades! —dijo el amigo vivo, más cercano ya a la misma muerte que a la vida—. Si te saco de la caja tu olor dulzón se hará insoportable y los perros nos destrozaran a los dos.

—¡Qué carajo importa! —dijo jocoso el finado—. Mientras me dejen un brazo para ir tirando del burro…

Y así fue.

El amigo vivo aguantaba sentado a duras penas en la grupa del burro. Había pasado toda la mañana con fiebres altísimas. En los delirios decía que ahora ya no temía a los perros sino a esos raros caminantes que se habían sumado a la comitiva desde hacía rato. El amigo muerto también los había visto. Esos seres habían salido del estómago de las ciénagas, abriéndose paso a través del barro y habían decidido hacer con ellos el viaje a Macondo.

—¿Por qué nos siguen esos muertos? —dijo el amigo vivo, volviendo con esfuerzo la cabeza.

—Parecen inofensivos, pero no estaría mal parar un rato y platicar con ellos para conocer sus intenciones.

Así fue como averiguaron que la turba descompuesta acudía a la inauguración de un nuevo lupanar en Macondo.

—¿Qué tiene de especial ese burdel para haberos despertado del sueño eterno? —dijo el amigo vivo.

Un muerto sin boca explicó que el motivo era la actuación de Rosita, la mujer con las tetas más acogedoras del mundo. Se decía que si uno metía la nariz entre esos dos montes de carne trémula durante un minuto, podía vivir sin penas durante todo el resto de su vida.

—Pero vosotros estáis muertos —exclamó el amigo muerto.

—Ya, pero volveremos dichosos a la ciénaga. Que no es lo mismo yacer para los restos con un rictus amargo que con una sonrisa de felicidad —dijo el muerto sin boca y al decirlo un gusano se asomó por la comisura.

—En fin…, —dijo el amigo vivo. Y todos se pusieron en marcha.

La vegetación salvaje de la selva se cerraba tras ellos como una garganta, como si el objeto de la búsqueda no quisiera ser encontrado o inventado o escrito o recordado.

Cuando llegaron a Macondo supo el amigo muerto que todo seguía igual por allí. Era el mismo lugar que una vez fue asolado por una epidemia de insomnio, era el mismo lugar donde llovió durante cuatro años sin parar. Las casas seguían siendo de barro y caña brava. Allí vivió la mujer más hermosa del mundo, y aquella otra que comía porciones pequeñas de paredes encaladas y aquella otra de carnes inabarcables y ojos hambrientos. Todavía seguía oliendo a plátano maduro por todas partes.

—Oled —dijo el amigo muerto—. Huele a ballena varada, a plátanos y a heno, a sexo y a promesas incumplidas. Huele a huida y a olvido.

—Ya. ¿Pero dónde está el burdel? —dijo un fiambre que no debía tener más de quince años—. Yo lo que quiero es amasar esas tetas perfumadas. A mí las ballenas y sus amores me dan lo mismo. Vengo todo el camino calculando lo que pesan esos pechos y ya me duele la polla de puro tiesa.

El burdel estaba en el centro del pueblo y como la única iluminación que había era la de las estrellas llegaron a él siguiendo la música estridente. A la llamada abrió la puerta una sirena oronda con los labios de coral y las manos gordezuelas. Dijo ser la Madame del antro inaugurado, aseguró estar feliz de la abultada visita y les cedió el paso conminándoles antes a sacudir el barro de los zapatos. Ya luego les diría dónde colgar los abrigos.

Los muertos se encogieron de hombros mirándose los pies podridos.

Ya bajo la gran luz del salón la mujer vio que era una trupe de muertos y sonrió. Peores cosas habían visto sus ojos. Había visto ejecuciones en las que el fusilado se había levantado después, en medio de un charco de sangre, porque se había dejado el fuego de la olla encendido.

—Supongo que venís a ver la actuación de Rosita.

—En mi caso, después de verla seré enterrado como dios manda en nuestro cementerio. Por eso he vuelto a Macondo —dijo el amigo muerto.

—No sé si sabéis cual es el requisito que se pide para permanecer durante un minuto entre esos dos pechos celestiales. No todos pueden. Rosa es muy exigente.

—¿Y cuál es esa formalidad? —preguntó el amigo vivo.

—Ella escogerá al azar cuatro palabras y con ellas tendréis que escribir una pequeña historia.

—Mira por donde lo vas a tener fácil —le dijo el amigo vivo al amigo muerto—. Tú eres escritor, de hecho Macondo no existiría sin ti. Tú trajiste aquí la hojarasca, le diste vida a los Buendía, y sacaste por aburrimiento a Melquiades de la tumba.

—¡Así que tenemos aquí a un escritor! —dijo la Madame, que lo había escuchado todo.

—Hay gente que me llama Gabo —dijo el amigo muerto.

—Bien, escritor. Pónganse cómodos y disfruten. Enseguida les traerán unas copas —dijo la sirena alejándose como se alejan las sirenas de verdad.

Sonaron redobles de tambor y el público, vivo y muerto, se quedó en silencio. Las luces de la sala se atenuaron y se avivaron las del escenario, el telón de terciopelo rojo subió y un negro con trompeta se marcó unas notas quejumbrosas que sonaron como suenan los barcos cuando zarpan. Entonces apareció ella. Llegó despacio y descalza; la acompañaba una pantera negra, grande y lustrosa, de andares pesados. Rosita no la llevaba sujeta y el público se puso en pie asustado, pero la chica rogó confianza y nadie pudo negársela cuando los miró con aquellos ojos endiablados, casi transparentes. En el centro del escenario había una silla. La chica pidió el primer voluntario.

—¿Quién sube? —preguntó irónica—. ¿O acaso pensaron que iba a ser fácil anidar entre mis tetas?

—¡Qué carajo! —exclamó el chico quinceañero saltando sobre el escenario. Una porción de mejilla colgaba soez y cuando sonreía se veía parte del hueso cigomático, pero Rosita le invitó a sentarse y dijo: “cuatro palabras, encanto”. La pantera se acercó despacio y aproximó su cara a la del joven para olerlo y éste, conteniendo el aliento, entendió que no iba a ser tarea fácil concentrarse. El aliento salado del animal le llegaba a vaharadas. Miró sus zarpas. Las uñas eran como estiletes. Sólo cuatro palabras.

—¿Qué ocurre chico? ¿Es que tienes miedo a morir de nuevo? —preguntó Rosita riendo alegremente—. Mis palabras son estas: “mierda, chinche, candelabro, rábano”.

El público aplaudió entusiasmado. Alguien gritó: “no me gustaría estar en tu pellejo”. Chinche, mierda, candelabro, rábano, repetía como en una letanía Rosita, mientras se desataba muy despacio el enrevesado corsé lleno de cintas, contoneándose al compás de la trompeta. El público la miraba fascinado.

—El chinche, lleno de mierda, usó un candelabro para desenterrar el rábano —dijo el chico bañado en sudor y con los ojos llenos de lágrimas porque Rosita se hallaba ya con los pechos casi al aire y había intuido la flor rosa del pezón.

—¡Solo una frase! ¿Creéis que esa frase es lo bastante talentosa para enterrar la cara entre mis pechos? —preguntó la chica al público fingiendo estar muy afligida—. Mostradme con vuestros pulgares que decisión he de tomar.

—¡Noooooo! ¡Es una cagada! —aulló uno.

—¡Déjaselo a la pantera! —gritó otro.

—Total… ya está muerto —consideró alguien más allá.

La chica se volvió hacia el joven y levantando las palmas dijo:

—¡Mala suerte, pollo! Pero hoy me levanté magnánima. Puedes volver a tu sitio.

—¡A su sitio nooooo! —gritó el público enardecido —. Que pague por la cagarruta.

La chica con los ojos muy abiertos miró a la Madame y esta se encogió de hombros y dijo que sí, que por qué no, que al fin y al cabo solo era lluvia sobre mojado. Rosita sonrió, se acercó al animal y le susurró algo al oído. La pantera gruñó como un gato viejo y con desgana se acercó al muchacho que se había mantenido acurrucado debajo de la silla temblando de puro susto, que una cosa es morir arrollado por una carreta en una noche de aguaceros y otra es hacerlo masticado por un bicho de semejantes proporciones. El primer zarpazo lo sacó de debajo de la silla lanzándolo por los aires y el segundo le arrancó los ojos de cuajo. Una cornea se quedó ensartada en los estiletes de la bestia. No podía morir porque nadie se muere dos veces, pero lloró como un niño y entre babas le rogó, le suplicó a Rosita que al menos le dejara acariciar un poco esa rosa encarcelada que ya nunca podría ver. Ella le sonó fuertemente los mocos, le dijo que un trato es un trato y lo mandó sentar.

—¿Otro valiente? —dijo Rosita, anudándose de nuevo el corpiño negro.

—¡Aquí tenemos a un escritor! —gritó el amigo vivo señalando a su compañero de fatigas—. Gabo le llaman.

—¡Vaya! Qué lujo. Pues que suba al escenario, si tiene lo que tienen los hombres.

—La mitad del camino lo hice dentro de una caja y el resto en burro, sujetándome las tripas no fuera a ser que se enredaran entre las patas del bicho —dijo el amigo muerto poniéndose en pie—. No me da miedo tu pantera, muchacha. Me dan más miedo tus ojos.

—Sube viajero —dijo ella—, tus tripas rebeldes no me producen espanto. Cuatro palabras: “zopilotes, Eva, diluvio, manzana”.

El hombre rio a carcajadas y le rogó un minuto para pensar.

—Que toque el trompetista mientras —dijo—, pero que toque algo que me recuerde a campos de algodón y a trenes.

—Tic tac —dijo ella sonriendo.

—Del diluvio Eva solo pudo salvar una manzana —dijo el hombre.

—¡Oh, pero te falta una palabra! —exclamó la chica decepcionada.

—Lo sé —dijo el hombre—. Pero es que prefiero que me mate la pantera. Si al levantar mis labios de tus pechos me encuentro con esos ojos no podré hallar la paz ni en esta vida ni en la otra. Entiéndelo.

—¿Qué decís? —preguntó Rosita volviéndose al público.

—No hay excepciones —gritó uno.

—¿Qué se ha creído el escritorzuelo? —chilló un beodo.

—¡Pero no podéis hacer eso! —dijo el amigo vivo—. Sin él no existiríais. Macondo es una invención suya.

—No pasa nada, compadre —dijo Gabo dirigiéndose a su amigo—, los llevaré a todos en mi corazón, porque…

—…Porque tu corazón tiene más cuartos que un hotel de putas —dijo la chica acercándose a él, con el corsé desanudado.

 Ángela Piñar

 

Compartir entrada:

4 comentarios sobre “La flor encarcelada

  • el 7 febrero, 2018 a las 11:40 am
    Permalink

    La carne de gallina.
    Bravo, autora.

    Respuesta
  • el 16 febrero, 2018 a las 12:43 am
    Permalink

    Buena, creo que a Gabo nunca le gustó la palabra zopilote. Por eso no la usó. Buen relato. Las descripciones excelentes.

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *