La huida

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El sol se acercaba cada vez más al horizonte y comenzaba a tomar ya un tono anaranjado.
Era la hora.
Cómo cada día, hurga en los bolsillos descosidos de sus pantalones hasta que logra rozar con sus huesudos dedos un lápiz, casi consumido ya por el uso.
Ese trozo de madera con punta de grafito era el tesoro que más valoraba. Nunca había percatado en ello, pero después de perderlo todo, un simple lápiz puede hacer que un hombre aun preserve parte de su dignidad.
Arranca una hoja de papel de un cuaderno raído y comienza a escribir con pulso tembloroso.

“Querido hijo:
No voy a preguntarte cómo estás, si has conseguido acabar la carrera o si has terminado casándote y teniendo hijos… todas esas preguntas me las guardo para mí, ya que sé de antemano que nunca tendré una respuesta tuya , y de hecho, tampoco creo que me las merezca.
Supongo que no puedo hacer nada para evitar que me profeses un odio incurable. El odio despechado, obstinado e irreparable que se merece un padre que no ha estado junto a su familia para ver a su hijo crecer.
Lo sé, y no pretendo solucionar nada a estas alturas.
Pero como el que se encierra en su cuarto y pega un grito a los cuatro vientos, yo escribo esta carta para conseguir, de alguna manera, una especie de desahogo… de confesión.
Hace ya mucho tiempo que me fui de casa y me embarque en la mar con la esperanza de encontrar una vida mejor, pero ya ves, las cosas no siempre salen como uno las espera y catorce años después, aquí me encuentro, preguntándome que será de mi hijo. No quiero que te equivoques, y me quedaría mucho más tranquilo si supieses que no ha pasado ni un solo día en que no haya pensado en ti.
Parece mentira… debo de tener unos cincuenta años ya… y después de todo, aun no puedo controlar mis nervios a la hora de escribir estas palabras.
Os extraño mucho. En especial a ti, hijo mío.
Recordar tu cara de alegría cuando te recogía del colegio, tus carcajadas cuando jugábamos a las cosquillas o tus rabietas cuando te quitaba los dibujitos de la tele para poner el fútbol… recordar… recordar todo aquello hace posible que aun tenga fuerzas para seguir luchando y superar cada día.
Que sí.
Que me quité del medio y desaparecí sin avisar.
Y estoy seguro que me habrás dado por muerto desde hace mucho… y no te culpo.
Pero por favor, no dejes que el odio hacía tu padre te enturbie la vida y no sepas disfrutar de lo que ella te ofrece.
Trabaja, lucha, levántate, ríe siempre que puedas, ama, disfruta de cada día como si fuera el último, disfruta de cada uno de sus momentos y se feliz con todo lo que te rodee.
Estoy seguro que serás capaz de conseguir todos tus sueños.
Apuesto por que serás un buen hombre…
Por favor, perdóname por todo este tiempo perdido.
Y a sabiendas que nunca leerás ninguna de mis cartas, te lo digo.
Te quiero y te extraño, hijo mío.
Tu padre.”

Después de firmar con la poca punta que le quedaba al lápiz, se enjugó las lágrimas que le resbalaban ya hasta humedecer su andrajosa barba.
Hizo un rollo con la carta, y cómo cada día, a la misma hora, la metió en una botella de cristal y la arrojó con todas sus fuerzas al mar.
Para que huyese.
Con todas sus fuerzas, para que ese trozo de papel escapase para siempre de aquella maldita isla.

DANIEL FOPIANI

 

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