La muerte y sus dientes

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Junto al río descansa, aunque siempre en guardia. Sus músculos tensos, la vida que le tocó vivir, fugitivo, alerta siempre, porque los más grandes quieren hacer con los débiles lo que se les antoje. Y así es la vida, no hay de otra. Le tocó jugar al perseguido y más le vale jugar bien. Ha recorrido con una sola vida los valles y montañas, ha sobrevivido al invierno, al verano, ha disfrutado la primavera y el otoño.

El miedo su aliado, para sobrevivir, para escapar a tiempo, para saber cuándo puede estar tranquilo y extender la mirada al horizonte, contemplar, disfrutar la quietud de los árboles que aun cuando danzan al ritmo del viento están tranquilos. Aunque nadie pueda creerlo, envidia la quietud de ellos, cuelga su mirada y la deja danzar con ellos, ve proyectados fragmentos del pasado, sin saber qué es el pasado, porque desconoce la trayectoria del tiempo, desconoce el tiempo y todos esos conceptos que van más allá de la lógica de sobrevivir. Sobrevivir es su juego, ha sido testigo de victorias y pérdidas. Ha visto al otro celebrando la vida y al otro agonizándola. Ha caminado tranquilo, y ha corrido angustiado. Hasta hoy vencedor, aunque para él sólo vivo, con la oportunidad de contemplar una vez más, como cada amanecer luego de la noche oscura que a veces bendice a los fugitivos y otras delata su estela.

Decidió descansar esta vez, mientras moja su lengua con el agua del río y escucha su canción. El río tiene su propio juego, y siempre corre, con fuerza hacia el mismo lugar, pero hasta su carrera encuentra descanso. En cambio él, hasta en su descanso sus nervios palpitan, aun cuando ha tomado la decisión de rendirse ante el ciclo y dejarse llevar. Se inclina frente al agua, ella es vida, con reverencia se observa reflejado en ella. Sus ojos tristes, su camuflaje, su piel quebrantada que cuenta las victorias, hasta su silencio se refleja. Su descanso es el acto expresado de la rebeldía que brota, hoy decidió ser rebelde. Apagar sus instintos, dejar de presentir cada siguientes diez segundos, dejar de correr. ¡Qué lo alcance la muerte! ¡Qué clave sus dientes feroces de gula y sadismo! ¡Qué se lo lleve! No le importa el más allá, nunca ha pensado en eso, y no lo hará el día que decidió descansar. La ética no lo detendrá, nadie podrá juzgar si fue suicidio o no.

Sus nervios aumentan, es involuntario, aunque quiere no puede despojarse de ellos. Presiente el final, escucha los movimientos del final, percibe el acecho, el juego cumplirá su ciclo, y lo sabe. El río aumenta el volumen de su canción, los árboles la velocidad de la danza, el cielo despejado denuncia el vacío. Llegó la hora de perder. Siente los dientes clavados en su cuello, la luz titila, es un ciervo agonizando frente al poder de la muerte, y la muerte es un tigre de Sumatra.

 

Gusmar Carleix Sosa Crespo

 

 

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