La ordalía de los caracoles

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La sirvienta pone el puchero con agua sobre el fuego y le agrega sus dos buenos puñados de sal.

Cuando el agua rompe a hervir, coge la bolsa de los caracoles y, abruptamente, los echa en la olla. Los vuelca sin miramientos ni ceremonia alguna, y así unos caen bocabajo, otros con los cuernos por delante, y algunos más panza arriba, aunque todos, sin excepción, al contacto con el agua, se contraen en sus conchas y expulsan sibilantes chorros de espumarajos como de puro fastidio. La sirvienta los revuelve lentamente con un cucharón, conecta el extractor de humos y marcha a ocuparse de sus otros quehaceres.

Lejos de escaldarlos en el acto, el agua hirviente parece sentarles de maravilla a los pequeños gasterópodos. Así, algunos se dedican a hacer largos con un limpio estilo irreprochablemente olímpico, otros practican submarinismo, los hay que juguetean, persiguiéndose y haciéndose ahogadillas entre sí, y no faltan los que, sencillamente, abstrayéndose de la acuática barahúnda, se dejan zarandear por el borbollante oleaje, ejecutando la ya clásica postura del muerto.

Desde luego, los caracoles están en su verdadera salsa: sus cuerpos brillantes se esponjan y expanden a ojos vistas; los cuernos, robustecidos y estirados al máximo, no cesan de chapotear alegremente en el agua y hasta los caparazones han aumentado prodigiosamente de tamaño. Tanto, que las paredes del puchero son ya incapaces de contenerlos.

Cae con estruendo la tapa de la olla y un bosque de tentáculos curiosos y disformes se eleva oteando el nuevo universo circundante.

Pronto los intrépidos moluscos deambulan a sus anchas por toda la cocina: atestan la blancura alicatada de las paredes y evolucionan sin pudor por el suelo. Su empuje exploratorio los lleva a abrir armarios y alacenas, a sorber los duros corruscos apilados en la panera, a engullir las piezas del frutero y a expoliar con magistral destreza el frigorífico, que nada puede hacer para detener tan insólito asalto. De una tacada, el reseco queso manchego, que desde hace días amarillea y se petrifica en su quesera, desaparece entre las poderosas fauces de un caracolazo atigrado de imponente envergadura.

Se amontonan, se arrastran, se escurren… Sus gelatinosas bocas babean el tubo fluorescente del techo, se descuelgan pesadamente por las cortinas, chupetean con fruición el cristal del gran reloj de estilo soviético que señorea los fogones y, en definitiva, caen a docenas, voraces e inmisericordes, sobre la desprevenida sirvienta, que ha entrado en la cocina, la pobre, con intención de espumar la olla, y para quien ahora ya es, desgraciadamente, demasiado tarde.

Fernando González del Hierro Cilla

 

 

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