La señal

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Mi nombre carece de importancia. Y, sin embargo, debo dejar esta pequeña carta.

Yo era un astrofísico brillante. Movido por el ansia de éxito comencé a trabajar en la búsqueda de vida inteligente fuera de nuestro planeta. Un estudio sin igual, con una novedosa tecnología diseñada por mí. Un equipo en busca de la última frontera de la ciencia.

Los estudios eran prometedores, pero tras seis años sin resultados, los inversores amenazaron con cancelar el proyecto. Modifiqué todo el sistema y varié las potentes antenas para barrer los puntos más lejanos del espacio exterior en lugar de los planetas ya conocidos. Y entonces, cuando ya estaban a punto de cerrar el laboratorio, captamos algo.

El programa limpió la estática y desciframos el mensaje. Se repetía en varios idiomas, uno de ellos el nuestro. Contestamos. Probamos a emitir una frecuencia en la misma dirección de la que provenía la señal. Y volvimos a recibir respuesta. Di saltos de alegría. Acababa de hacer el mayor descubrimiento de toda la Historia. Mi nombre sería recordado.

Me convertí en un héroe. Se invirtió más dinero y comenzaron las conversaciones. Les hablamos de nuestro mundo, sus características, su gente. Y pocos meses después… anunciaron su llegada. No dormí en toda la semana que tardaron en llegar. Y por fin, se produjo el gran día.

Se presentaron en una nave con un fascinante diseño y dos de ellos bajaron. Eran muy altos y tenían forma humanoide, aunque apenas parecida a la nuestra. Llevaban algún tipo de traje protector y portaban un extraño instrumento alargado en la mano. Nuestro dirigente se acercó a saludar. Era el momento que había estado esperando toda mi vida. Entonces un rayo de color rojo salió del insólito utensilio y nuestro dirigente se desintegró. Cundió el pánico. Nuestras armas no les afectaban. Huimos. Poco tiempo después, en medio del caos, llegaron cientos de naves más.

Ese día y los siguientes llegaron a todos los rincones del planeta. Seguían su rutina. Matar. Tuvimos que rendirnos para evitar el exterminio. Eran muy superiores y nos convertimos en sus esclavos.

Algunas semanas después pudimos verlos con claridad. Eran de varios colores y hablaban diferentes dialectos. Tenían un carácter muy agresivo e incluso llegaban a pelearse y matarse entre ellos.

Era una raza asesina. Se dedicaban a colonizar mundo tras mundo, agotando sus recursos. Aquí recolectan nuestros alimentos, energías y todo lo que les es útil. Nos usan como esclavos. Matan a quien se le antoja. No tenemos futuro.

Todo es culpa mía. Quería que me recordaran por el mayor hallazgo de la Historia y lo harán por causar la destrucción de mi mundo. Dejo esta carta de despedida antes de mi suicidio, pues no merezco seguir viviendo después de ocasionar la muerte de tantos. Incluso ahora, tras la ingesta del veneno, me parece seguir oyendo la llamada del Espacio, la señal que trajo la destrucción del planeta: “Aquí el Apolo XXVI de los Estados Unidos de América. ¿Nos escucha alguien?”

 

Daniel Romero Armas

 

 

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