La soledad del tiempo, de Alberto Guerra Naranjo

2 Minutos de lectura

Alberto Guerra Naranjo

Editorial Guantanamera

340 páginas

 

Me interesé por este autor cubano después de haber leído un maravilloso cuento suyo titulado «El pianista del cine mudo» que resultó ganador este año del Premio de Relatos cortos «José Nogales». Es un prestigioso certamen con una importante dotación económica. El escritor fue invitado por la Diputación de Huelva para recoger el premio y aprovechó para hacer una presentación de su novela. Dolo Vidosa, una amiga escritora onubense tuvo la amabilidad de comprar la novela y de enviármela.

No se dejen engañar por la imagen de la portada. A decir verdad, si hubiese visto esta novela en el escaparate de una librería, tal vez habría pasado de largo. La imagen ―un joven y fornido negro con el torso desnudo y sudado y con un libro bajo la axila no merece, a mi modo de ver, el texto―. En realidad responde a un juego privado del autor que tiene su lógica, pero el autor olvida que la portada de un libro ha de ser todo menos privada. Es, por el contrario, la imagen que tiene que representar y vender su obra.

Salvando estos detalles de forma ―no tan menores― que creo que solo perjudican la difusión de la novela y que pueden subsanarse con facilidad en posteriores ediciones, centrémonos en su contenido que es lo que de verdad importa.

La soledad del tiempo retrata una sociedad habanera de no hace mucho en la que conviven los pícaros cubanos modernos tan integrados ya en el imaginario colectivo, con un submundo de escritores buscavidas cuyos destinos son dirigidos por gestores culturales burócratas personificados en el magistral personaje de Emilio Varona, un escritor endiosado, instalado en un trono de paja pero que le permite mover los hilos de premios literarios, de publicaciones oficiales, de viajes, de antologías y de reconocimientos de una turba de escritores casi mendigos.

Los protagonistas son tres amigos escritores: Sergio Navarro es uno de ellos; escritor, pobre y negro, es el único que tiene nombre. Los otros dos son M.G., gerente de una empresa, y J.L., un buscavidas estafador.

Las andanzas de los tres compadres intelectuales por las calles habaneras me han recordado por fuerza la magistral novela «Tres tristes tigres», del también cubano Guillermo Cabrera Infante, solo que en lugar de situarse en un contexto prerevolucionario, lo hace en uno postrevolucionario, la era del desencanto post-Fidel.

Las aspiraciones de los protagonistas se limitan a comer cada día, acostarse cuando buenamente se pueda con mujeres bonitas, y que les hagan algún caso en los circuitos literarios.

Guerra Naranjo describe una Habana llena de vitalidad, con unos personajes potentes, donde la necesidad de supervivencia aplasta tanto como el calor asfixiante y donde se sigue viendo al yuma, al extranjero, como un oasis de salvación por el que nadie duda en entregar la dignidad. Las mujeres ―cómo no― en forma de su cuerpo y los hombres como puedan, bien sea en forma de la honestidad propia, bien con el cuerpo de sus hermanas.

Que un yuma invierta en un negocio asociándose con un cubano, que un editor europeo acepte hacer de mecenas, o que un turista se lleve a la chica cubana a Madrid tienen el mismo valor de oasis salvador. Por conseguirlo son capaces de las peores de las bajezas.

El que consigue cien dólares con algún negocio turbio corre a gastárselo en cervezas o en putas como si el dinero quemase. Cualquier cosa con tal de olvidar la miseria.

La novela es moderna; la narrativa vívida. En ella conviven conceptos tan actuales como metaliteratura y autoficción. Guerra Naranjo sabe hacer malabares con las palabras, malear el texto con una plasticidad deslumbrante que hace que uno se beba literalmente los capítulos. (En mi caso 200 páginas de una sentada).

Como digo, es una novela de lectura ágil, en la que hay muchísima cultura. Si no fuese blanco, podría seguir la broma del propio autor y decirle que hay «muchísima cultura para ser de un negro», ya que el racismo hacia el escritor negro ―como si «escritor negro» fuese casi un oxímoron― es un tema latente en la novela.

Hay poesía oculta en la prosa, mucho sentido del humor y alguna que otra gamberrada casi pornográfica como los deliciosos capítulos de Atencio. El final es demoledor.

Recomiendo la lectura de La soledad del tiempo bajo mi responsabilidad.

Guerra Naranjo es un escritor deslumbrante, una primera figura en Cuba que se ha esculpido a sí mismo como escritor y, para mí, ha sido un descubrimiento enorme ante el que me quito el sombrero con sumo respeto.

 

Antonio Tocornal

 

 

Alberto Guerra Naranjo

Alberto Guerra Naranjo (La Habana, Cuba, 1963). Es licenciado en Historia y Ciencias Sociales, escritor, profesor de guiones, guionista, promotor cultural. Tiene publicados los libros Disparos en el aula (Cuba, 1992), Aporías de la feria (Cuba, 1994), Blasfemia del escriba (Cuba, 2000 y 2002), Con tato cubano (Brasil, 2013), Rapsodia para los amantes del segundo piso (Argentina, 2015). Ha obtenido dos veces el importante premio de cuento de La Gaceta de Cuba. Varios aparecen en antologías y revistas junto a los de Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Andrei Tarkovski, Vladimir Nabokov, y han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, alemán, francés, finés, checo, croata y chino mandarín.

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2 comentarios sobre “La soledad del tiempo, de Alberto Guerra Naranjo

  • el 27 agosto, 2018 a las 8:34 pm
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    Como cubano le agradezco señor Antonio Tocornal, sus palabras para uno de los nuestros. Ahora el compromiso es que vaya por más; especialmente sus cuentos, le van a causar muy gratos comentarios. Abrazos.

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