Las lágrimas de Julio César

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Llega el último párrafo, expira la última línea y cierro el libro con muchas cosas en mente. La lectura ha sido vertiginosa (siete días para un libro de 724 páginas) y puedo apreciar a flor de página que el escritor ha dejado todo en esta novela: extensos estudios, libros leídos, sesiones interminables con amigos expertos… incluso las lágrimas espirituales que debieron fluir mientras escribía el capítulo del asesinato de Cayo Julio César, sin duda el más emotivo, como ya nos había anticipado el autor en la presentación de la novela.

Pero hay que ser claros como lo fue Jesús en su momento: el protagonista de Las lágrimas de Julio César (Ediciones B, 2017) no es el propio dictator romano, es Gades, su misticismo y los singulares personajes que arropan de gran forma sus hazañas. De hecho, hay partes donde el general pasa a segundo plano, y la trama se centra en los personajes que pivotan una historia de intrigas y la venganza terrible que se gesta desde las primeras páginas. La sibila Arsinoe y su ayudante Zinthia, el hábil Marco Druso Apollonio y Lucio Balbo llevan con magistral energía la novela hasta el final.

«No hay ninguna estatua, placa o calle en Cádiz que lleve el nombre de Lucio Cornelio Balbo» insiste Maeso en sus enérgicas disertaciones. «Es el primer no nacido en Italia que pudo obtener el cargo de cónsul de Roma, ¡y es gaditano!». Tras leer la novela y ser consciente de los datos históricos de relevante importancia universal para Cádiz, me parece incomprensible que las palabras del historiador sigan cayendo en saco roto y los gaditanos no sean conscientes del vasto bagaje cultural que los antecede. Como mexicano puedo comprender que todo se reduce a la ignorancia e indiferencia de las instituciones, sucede en todo el mundo. Pero tras seguir las hazañas del aristócrata y comerciante gaditano, acompañando y financiando las campañas de César en sus momentos más altos y bajos, no puedo más que unirme a la petición, que sería también una justicia histórica para con Gades-Cádiz y el imperio romano que civilizó la península ibérica.

Sin lugar a dudas, la existencia de la novela se basa en la visita crucial de César a Gades siendo un oscuro cuestor, y su encuentro con Balbo y Arsinoe, la suprema sacerdotisa e interpretadora de sueños. La escena explota todo: César, llorando ante la estatua de Alejandro Magno, apesadumbrado por no ser nadie a su edad, cuando Magno a sus treinta había forjado un imperio. Entonces César duerme en el templo de Melkart, y vienen los sueños recurrentes de él fornicando con su madre, sueños que la sibila interpreta de acuerdo a ceremonias púnicas y fenicias ancestrales. Su interpretación y las palabras que cruzó con César en Gades cambiaron la historia del mundo conocido, y Maeso es preciso y detallista en este tema en particular, y podría añadir preciosista, con sus descripciones de los momentos álgidos y que resuenan en la mente una vez que se pasa página.

El libro es detallado, las escenas vibran con el sentimiento que dedicó su autor para revelarnos hechos cruciales en el sino de César, comenzando con esta sibila o pitonisa del templo de Melkart, el castillo que, quienes vivimos en Cádiz, lo tenemos justo frente a nuestras costas. La historia de esta enigmática mujer y su peregrinar por el mundo conocido de aquella época constituyen la base y punto de partida con que Maeso nos impulsa hacia Roma, un viaje exquisito, bien guiado y lleno de momentos poéticos.

El autor hace gala de su vasto conocimiento del mundo romano: saboreé incontables vinos y viandas, aspiré el aroma de inciensos que no conocía, me regocijé con las vestimentas de las danzarinas y fui testigo de rituales gaditanos milenarios, ya perdidos en la noche de los tiempos. El lector podrá caminar por las calles de Roma y la moribunda República, infestados de olores, sonidos y lenguas que se recrean sin ningún problema mientras avanzamos en los capítulos. Podremos conocer aspectos pocos conocidos de Julio César, sus sueños y ambiciones más profundas, de la mano de juegos dobles, traiciones y personajes ilustres que aparecen para aderezar la narración, como Catón, Cicerón o Catulo.

Jesús Maeso nos deja una buena novela histórica, «muy histórica», aunque siempre se precie de escribir solo «novela». Un suculento manjar que se lee con gran gusto, y que seguro apreciarán los más exigentes romanistas.

 

Mauro Barea

 

 

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Un comentario sobre “Las lágrimas de Julio César

  • el 28 febrero, 2018 a las 7:24 pm
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    Tuve la oportunidad de asistir a la presentación de esta novela y, lamentablemente para los potenciales lectores avisados de novela histórica, a veces el ser testigo de la introducción personal del autor a alguna de sus novelas trae más perjuicios que buenos juicios y no sin razón. En lo que a este libro respecta, trataré de dilucidar aquí breve y esquemáticamente el por qué de mi decisión a priori de no comprarlo.
    Y no voy a hablar ni de gustos ni de preferencias personales en cuanto al estilo o la temática del género. Me ceñiré exclusivamente a lo que puede denominarse opiniones objetivas acerca de un discurso de presentación que dibuja los perfiles de un relato literario motivado por los prejuicios y tópicos típicos de la narrativa de lugares comunes que abunda, por desgracia, en las novelas con contrato editorial asegurado.
    Y esos perfiles describen perfectamente, sin temor a equivocarnos, los contornos novelísticos por los que se mueve el autor en un relato de cuya presentación por parte del mismo se deriva, sin lugar a dudas, el cariz de la novela.
    Las desafortunadas características de la mencionada presentación, que tuvo lugar en Cádiz, fueron las siguientes:
    -Grandielocuencia elogiosa para con los personajes tratados, reflejada en una obsesión patriótica por la monumentalización de los mismos.

    -Idealización caprichosa e interesada de la intimidad privativa de esos personajes de la Historia (Las lágrimas de Julio César identificadas con una sensibilidad extrema que, además, se conjuga con esas cualidades sobrepuestas como las de consumado hombre de su tiempo, sin fallas ni defectos, calificándolo además como el mejor gobernante que tuvo Roma)

    -Excesivo uso del ramplón principio de la “auctoritas” a la hora de exponer juicios de intenciones, por lo demás claramente artificiosos, en torno a las motivaciones personales de los personajes históricos tratados en un contexto de explicación de la Historia en que se enmarcan, que se traduce en una posesión abusiva del personaje novelístico trayéndolo y casi arrastrándolo desde su auténtico contexto al propio y personal del autor, como si de un cercano, íntimo y conocido pariente suyo se tratara.

    -Juicios ético morales hacia pueblos y culturas de la antigüedad con la desafortunada expresión de que “no tenían moral (cristiana)”. Otra de las desgraciadas expresiones empleadas decía literalmente que los cananeos, “judíos a fin de cuentas”, tenían “especial predilección por humillar a las mujeres”. Perlas como éstas nos dan idea del peculiar entendimiento y comprensión que este autor destila en sus novelas y discursos en torno a las culturas históricas a las que se acerca desde el punto de vista tanto histórico como novelístico.

    En este sentido, demuestra una primera señal de falta de rigor al relacionar este hecho con la tradición religiosa en el Templo de Melkart, obviando que en otros templos de la antigüedad también solía pesar una prohibición específica hacia la presencia femenina en los mismos, como los propios de Hércules en el ámbito grecorromano, tan emparentados a la postre con el de Hércules en Gádir. Esta supuesta prohibición absoluta tampoco casa con la presencia de una sibila en el Templo de Melkart, que él mismo hace aparecer en la novela que promociona.

    -Interpolaciones sobre la figura de Alfonso X el Sabio, en las que aprovecha para volver a reivindicar también una estatua para el mismo, porque según su “auctoritas” de prestigioso autor, sin las intervenciones de este señor en la reconquista del entorno suroccidental de la península, “Cádiz no habría existido”, despreciando con ello la presencia árabe, por minoritaria que fuera, en una fortaleza como era el Qádiz musulmán, pieza estratégica en la defensa de las costas y el Estrecho y obviando de paso todo el pasado esplendor de la misma ciudad que supuestamente reivindica, tan refulgente que debía reflejarse aún sobre las piedras de las construcciones que aparecían bien visibles todavía entonces en ese Cádiz de la Alta Edad Media.

    De nuevo con los Barca, vuelve a tirar del típico engrandecimiento de cartón piedra y fábula militar, haciendo aparecer al mismo Aníbal como “salvador” de Gadir, precisamente el que la llevó al enfrentamiento con Roma y a la imperiosa necesidad de entregarse a los romanos. Para más INRI, habla de Cádiz como de la capital del Imperio Cartaginés en Hispania, cuando ya Asdrúbal la había establecido en Cartago Nova.

    Volviendo a Julio César y a su primera estancia en Hispania, nos presenta a los Balbo y, en especial, al Mayor con una frase para la Historia “Una República no puede gobernar un Imperio”, calificada por él como de “brillantísima” y propia de un estadista que merece otro monumento en Cádiz, aparte del de su sobrino. (Por cierto, que ya hubo una calle Hanníbal en Cádiz centro) Yo prefiero estudiar los motivos del que que escribió “Balbo, latro” sobre la cara oculta de la obra del Teatro… o, en el mejor de los casos, entender en la actuación de este estadista gaditano la intención de beneficiar a sus conciudadanos en su nombre, el mismo que, según Suetonio (con clara voluntad por su parte de exculpar a César de tener ideas impropias de un romano y muy “propias” de un “bárbaro”), metió a César en la cabeza la idea de convertirse en emperador.

    Por cierto que a las lindezas propias de Maeso, hay que añadirle la de declarar sin pudor académico alguno que Julio César, como todos los de su clase, hablaban griego en la intimidad, tanto a la hora de exclamar con esperanza como a la hora de llamar “tonta” a su mujer, aunque para Maeso aún se podían encontrar mujeres sabias en la antigüedad, cosa que hoy en día “ya no hay”. Literal.

    Si bien encorsetada en un tono de encumbramiento discursivo centrado en el culto a la personalidad histórica, la intervención de Maeso se adorna al menos de cierto estilo literario. Nada que ver, para mayor desgracia, con el fatídico turno del casposo presidente de la mesa. No voy a detenerme en su mediocridad discursiva, pues no merece la pena de hacerlo como tampoco la fatiga de tener que escucharla. Pero sí lo haré con la inexactitud de atribuir erróneamente la primera medición aproximada del ecuador terrestre a Posidonio de Apamea, sin relacionarla con su predecesor Eratóstenes. Al mismo tiempo, tampoco se puede dejar pasar el desbarre de hablar de “hieródulas” en el Templo de Melkart, máxime cuando ya antes incluso se ha expresado ante el público la ausencia de mujeres en el mismo. Falta, por tanto, no ya de rigor histórico sino de conocimientos académicos pertinentes al tema tratado y de una articulación didáctica del discurso para presentarlos ante la audiencia.

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