Las mariposas

1 Minutos de lectura

 

¿Qué quieren que les diga? Me cogieron por sorpresa. Me abordaron varios mandamases y me soltaron: «A ver, chaval, tú que acabas de terminar los estudios con buenas notas, ¿te interesa un trabajito de becario? Te irá de perlas para hacer currículum. Solo consiste en crear otro universo. Toma nota de los profesionales durante unas horas y luego te pones a ello.»

Después me explicaron que el contrato era de seis días y que al séptimo, que ya debería estar todo acabado, podría tomar fiesta. Por descontado obviaron hablar de horarios y de retribución, que por cierto aún estoy esperando.

Ahora acaba de venir un inspector y me ha metido una bronca de tres pares. Asegura que mi creación es una auténtica chapuza. Que parece mentira, con las buenas referencias que tenían de mí. Que a quién se le ocurre dar vida a entes pensantes y emocionales. Que si soy tonto o me lo hago. Que mire la que he liado. Que esos seres han resultado caóticos, que solo se dedican a odiarse entre sí, que van a acabar con todo lo que les rodea directa o indirectamente a través de sus nefastos inventos y escasa inteligencia.

Yo me he intentado justificar contestando que pretendía ser original, que nadie puso límites ni cortapisas a mi tarea; al revés, me ofrecieron completa libertad creativa. Querían un universo diferente y en eso empeñé mis esfuerzos. Además, nada es perfecto, o ¿es que los demás universos sí lo son? Que a última hora, cuando creé al hombre y a la mujer, ya estaba agotado y pude cometer algún error en ciertos ajustes. Que no tiene uno la misma precisión cuando está fresco que cuando ha estado currando, sin ayuda ni relajo, durante seis larguísimas y extenuantes jornadas.

El inspector me ha ordenado que no toque nada, que deje las cosas tal y como están. Comenta que, como aún me restan unos minutos de asueto, que siga descansando, pero que va a presentar un informe negativo. Que si de él dependiese, me retiraba el título de Creador y que me las ventilara como pudiese. Que va a aconsejar que, antes de que acabe el día, envíen a un Destructor que fulmine ese planeta llamado Tierra y todo su contenido. No he conseguido disimular mi angustia y le he suplicado, con lágrimas en los ojos, que obren como consideren oportuno pero que, por caridad, que no, que no lo hagan, eso no, que no destruyan a las mariposas.

 

Rafael Sastre Carpena

 

 

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *