Lo que aprendí mirando una planta

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Estoy sentada en uno de los bancos asépticos del aeropuerto. A un lado, cinco maletas grandes que aún tengo que facturar. Al otro, la planta. Frente a mí, el panel de salidas. El vuelo hacia Guanajuato parte en dos horas. Abajo, en el regazo, un formulario indescifrable que reza: Declaración de transporte aéreo de animales, plantas o derivados.

Tengo que concentrarme. He de explicar por qué es importante que la planta viaje conmigo. Convencer a estos desalmados de que no supone un riesgo para la salud, seguridad, propiedad y medio ambiente, de que no contraviene las disposiciones de la regulación de aviación civil. Así lo ha ordenado una mujer madura que apenas me ha mirado a los ojos cuando ha empezado a soltar la perorata, como un robot al que hubieran accionado el interruptor.

Burócratas.

El bolígrafo tiembla en mi mano de manera inexplicable. Sé que tengo que darme prisa, porque este vuelo es importante. He metido mi vida entera en un colador ante la llamada del Museo Nacional de Guanajuato, para trabajar allí durante un año como conservadora, y aquí, diseminado a mi alrededor, va empacado cuanto importa. La planta no puede quedarse.

Apoyo el cuello en el respaldo bajo del asiento y me quedo mirándola. Es más grande que cuando la compramos. Aunque parezca mentira, yo también tuve todo eso un día: el novio, el trabajo de oficina, el apartamento alquilado, sábanas de Ikea y plantas.

Decidimos acudir al invernadero de las afueras de la ciudad en busca de vida porque el piso nos parecía demasiado vacío e impersonal cuando acabamos la mudanza. Ni siquiera teníamos tele todavía, pero nos pareció que las plantas le darían un toque a esas cuatro paredes que ningún tertuliano de la televisión pública conseguiría tan fácilmente, así que eso hicimos: compramos esta planta y otra más. Recuerdo la sensación de caminar por los pasillos del invernadero, arrastrando el carrito y poniéndonos de acuerdo sobre cuál elegir. Hasta entonces, habíamos comprado ropa o comida juntos, nunca un ser vivo. Teníamos veintitrés años y ya éramos mayores.

Las regaba él. Tenía más experiencia en jardinería porque había vivido en el campo hasta entonces. Las plantas lucían lustrosas, bonitas. Crecían y alegraban la vista, el pequeño salón lleno de amor florecía cuando recibía visitas de amigos y de familia. El futuro prometía, ya se manifestaba en el presente. Lo siguiente sería un bebé de verdad. Solo había que esperar un poco.

Cuando él se fue y me quedé sola en aquella casa, me olvidé de las plantas. A lo mejor fue porque ahora parecían no importar, ya no eran nuestras, de pronto eran mías y yo no las había regado nunca, no sabía cuidarlas. Él era el que sabía y no le importó. Se fue.

También yo salí de vacaciones, cansada de la rutina de oficina, y al volver al apartamento encontré la tierra de la maceta compacta y agrietada. Tan succionada, de chupar la ausencia de agua, que las plantas se habían atragantado y les había llegado tierra a las hojas, dejándolas amarillas, mustias, decaídas, chillando de agonía. Además, estaban llenas de polvo. Amarillas y blancas de polvo. Plantas grises, no verdes, que ahora recibían las visitas con ese llanto silencioso y la debilidad blandengue del tronco. Había un montoncito de hojas en el suelo, alrededor de la maceta. Era otoño, aunque no lo fuera.

Lloré amargamente. Lloré un día entero, encerrada en el piso con ellas. Cuando alguien me llamaba por teléfono no conseguía explicarlo, solo balbuceaba: «He matado las plantas. Las he matado».

Cuando reuní el valor para hacerlo, limpié con cuidado las hojas, recogí las muertas, regué la base prudentemente para no ahogarlas por el súbito exceso. Las coloqué al sol indirecto para que no se asfixiaran. Y esperé.

Después de aquello, solo una sobrevivió. La que tengo ahora mismo al lado.

Han pasado diez años sin volver a verle, sin saber nada de él. De la planta, en cambio, he aprendido mucho. He aprendido que si pasa mucho frío le salen unas manchas oscuras en las hojas grandes. Le gusta el sol, pero no demasiado. Y si enferma es importante cortar las zonas afectadas, para que no se extienda como un cáncer. Funciona como un sistema holístico y solidario, la planta, igual que los humanos.

He aprendido la importancia de acordarse de todo lo que vive. De limpiar la planta para hacerle brillar. De hidratarla. Dan oxígeno durante el día y durante la noche expulsan su dióxido. A veces si no tengo fuerzas, me sitúo cerca de la planta y respiro.

Una vez tuvo una plaga, una que de verdad preocuparía a las autoridades sanitarias del aeropuerto. La llevé a un especialista, a un médico jardinero, y fue ahí cuando supe su nombre. Fue como si después de aquellos largos años, de haber compartido tantos apartamentos alquilados, un extraño nos presentara:

—Se llama Costilla de Adán.

Era una mujer, la planta.

Esta planta soy yo y la que murió era él. Al principio estábamos tan fundidos, él y yo, que no teníamos identidad, nuestros cuerpos y almas se confundían. Por eso no las diferenciaba, ni las conocía, ni sabía cómo cuidar de cada una. Tampoco había diferencia alguna entre la supervivencia de una o de otra.

Esta planta, la Costilla de Adán, está ligada indisolublemente a un hombre, y es fruto y producto de su existencia. Pero tiene entidad propia. Es una planta cariñosa y agradable, silenciosa y honesta, que agradece los cuidados y colorea el hogar y brilla para ti cuando lo necesitas.

Desde entonces, yo he evolucionado con la planta. Nunca nos hemos abandonado. Ahora voy a coger un vuelo para ir a Guanajuato a trabajar de conservadora, nada de oficinas, nada de eso. Allí compraré pinceles y óleo para inmortalizar las vistas, las que haya. Mi planta estará fuera, en el porche. Seguiremos haciéndonos compañía.

Eso o nada.

Así que escribo en el papel:

Estimada burocracia:

Esta planta está sana. No tiene nada malo ni supone ninguna amenaza para nadie. Lo sé porque la cuido. Estoy al tanto de sus necesidades y de su estado actual. Es necesario que la planta –Costilla de Adán- viaje conmigo porque las plantas no son intercambiables. Son seres vivos, y no podemos deshacernos de ellas conforme nos venga en gana. Tengo una alianza indescriptible con esta planta, y si ella no viene conmigo, no viajaré.

Me pongo en pie, orgullosa, y le entrego a la responsable el formulario. Lo lee y me mira arqueando la ceja en un ángulo de noventa grados.

 

Andrea Tovar

 

 

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