Los buitres

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Los buitres revolotean a mí alrededor. Describen círculos en el aire y alguno, animado por la sangre, se posa en el suelo y camina hacia donde estoy con las alas desplegadas. Percibo su pico ávido a escasos metros de mi cara y el graznido avisando a sus compañeros de que se preparen para el festín.

Cuando el buitre nota que me muevo, se aleja unos metros. Los buitres tienen buen olfato para la muerte. No solo recogen los despojos, también son sus heraldos. Y la carne humana es como otra cualquiera. Trato de ponerme de pie, tengo el ojo derecho velado por la sangre. No siento dolor, apenas un cosquilleo en la nariz y un zumbido.

En la finca sabemos cuando hay algún animal muerto o moribundo porque vemos a los buitres planear en círculo, formando un embudo, de manera cansina, casi cómica. Entonces cogemos la camioneta y efectivamente allí está, un cadáver cubierto de moscas o un cuerpo aún tibio, a veces tratando de retener el último aliento que se le escapa. Nos tienen dicho que nos deshagamos de la carroña y por eso vamos y recogemos lo que queda. Entonces su graznido se vuelve agudo, casi quejumbroso.

Los hombres nos engañamos respecto al cuerpo muerto. No es más que sangre coagulada, fermentando. Lo que se puede aprovechar, es para las bestias aficionadas a la carroña, como los buitres. Pero en nuestra tendencia a crear ficciones, le damos sepultura, esperando su resurrección o le deseamos suerte en su viaje al otro mundo. Cómo deben reírse los gusanos.

Pero yo no estoy muerto. Logro incorporarme. En un acto reflejo separo la mano de la cara y la sangre borbotea. Me palpo el cuello con la otra mano y me sorprende la capa ya reseca de sangre.

Fue cuestión de segundos. El viento agitaba el polvo, me hacía entornar los ojos. Y vino volando, la luna del tractor, impulsada por el vendaval, blandiendo el aire. No pude oír nada, pero me percaté. Y ese instinto fue lo que tiró de mí, lo suficiente para que girase la cabeza y lo viera, lo suficiente para tratar de esquivarlo. Me golpeó de refilón. Si me hubiera dado de lleno, ahora los buitres estarían ahítos de mi carne.

Llego hasta la camioneta y enciendo el motor. Me palpitan las sienes por el esfuerzo. Al salir del camino, en dirección a la carretera, me encuentro con un pastor. Detengo el coche y el hombre me observa con curiosidad. Poco le puede llamar la atención mi herida, a él, habituado a la degollina, a los estertores de las cabras mientras escurren la última gota. Chasquea los labios y se fija en la sangre que me mancha la camisa, en el pómulo cuarteado, en la nariz rota. Señala al norte: por ahí está el pueblo y luego a su rebaño, se encoje de hombros, da un golpe amistoso en la puerta y se aleja, seguido de un perro negro que caracolea alrededor.

 

Gerardo Vázquez Cepeda

 

 

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