Los pelos crecen

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Ahí estaba yo, en mitad del paritorio, con las manos metidas en el coño de tu chica. Cosiéndole los labios vaginales después de la episiotomía que le he practicado, porque tu hijo ha salido demasiado rápido, no me iba a dar tiempo a proteger la deflexión de la cabeza para que no desgarrara a su madre, he tenido que meterle el dedo pulgar en el periné para hacer hueco, pero aun así he preferido rajarla yo directamente. Después de que asomara la cabecita llena de pelo, de que sacara los hombros al mundo, de que se le viera la espalda cubierta de lanugo, como una capa de débil terciopelo, después de colocar a tu retoño en el vientre de su madre, he sonreído. He sonreído como siempre hago cuando ayudo a un bebé a salir. He sonreído mientras le cortaba el cordón umbilical y esperaba a que tu chica expulsara la placenta, el alumbramiento que se llama, vaya, a ti no te interesaban mucho los términos médicos pero así se llama, y ahora quizá te interese más porque esa placenta es de tu chica y no de una paciente cualquiera. El caso es que ahí estaba yo, sonriendo como una subnormal. Cosiendo la herida que le he dejado en el coño mientras me enteraba de que esa era tu chica y el niño que se habían llevado los pediatras a la incubadora, tu hijo.

– Martín Barica Jiménez. Se va a llamar como su papá.

Así se llama tu hijo, Martín Barica Jiménez. Eso le ha dicho tu chica a la matrona para que rellenara la hoja de parto. Que se iba a llamar como su papá.

Su papá eres tú.

En ese momento casi me desmayo, se me ha escurrido la aguja de la mano, podría haber causado un estropicio enorme en el coño de tu chica, y no creo que eso te gustara, ¿verdad? Lo cierto es que a mí me habría encantado, llegados a este punto, ahora que sé que esa mujer joven, lozana y rubia es tu chica, y no otra cualquiera. Pero está bien que no haya sucedido, no puedo permitirme otra falta en el trabajo, no después de la baja, de tantos meses sin venir al hospital.

– ¿Barica?– he preguntado. Me sudaba el bigote, el labio superior, quiero decir, porque yo no tengo bigote. No tengo casi pelo ya, figúrate si tengo bigote.

– Sí, Barica– ha sonreído tu chica-. ¿No es un apellido horrible?

– Lo es– he contestado.

Es cierto, lo es. El problema es que tú también te llamas Martín y que nunca había conocido otro Barica en mi vida entera, y que ella lo ha dicho, que se iba a llamar como su papá. Y que tu apellido es inolvidable, porque suena como marica y por eso te hacían mofa en el colegio. Yo te compadecía y te hacía cosquillas en el brazo mientras te achuchaba en el sofá. Pobre niño. Ahora tu hijo será otro pobre niño, otro Barica, aunque espero que los tiempos hayan cambiado y no le hagan bullying. Aunque en realidad tampoco me importaría que las cosas no le fueran del todo bien a tu hijo. Soy una persona horrible, pero me disculparás, es que acabo de traer tu bebé al mundo, y ni siquiera intuía que esa era una posibilidad remota en el universo, el que tú fueras a ser papá, digo, y si lo pienso hasta tenía la forma de tus orejas. No lo sé.

Quizá no soy una persona tan horrible, ¿sabes? Quizá el hijo de puta eres tú, Martín Barica.

Tu chica ingresó de parto prematuro en este hospital, que era el que le pillaba más cerca del Corte Inglés donde estaba haciendo unas compras cuando empezó con las contracciones y rompió aguas. Y por eso no has podido prever los detalles, por eso ha venido a parar a este hospital y no a otro, porque ella no es paciente mía ni de ninguno de mis colegas y jamás habrías dejado que viniera aquí, o eso quiero pensar, al menos. Porque si hubiera sido mi paciente me habría enterado mucho antes. Sí, es posible. Porque ella estaba embarazada de treinta y tres semanas y tú me dejaste hace veintiocho. Y por eso eres un hijo de puta y yo no soy tan horrible, aunque tenga que ir al psiquiatra y haya estado de baja durante una eternidad.

Llevaba veinte semanas sin trabajar, me reincorporé hace dos meses con el pelo corto. Me he cortado el pelo por dos razones: porque a ti te gustaba largo, y porque cuando te fuiste sin dar explicaciones volví a arrancarme los mechones, pero no como antes cuando estaba nerviosilla, no, no eran pelillos sueltos, eran auténticos mechones. Tenía calvas por toda la cabeza y tuve que volver al psiquiatra. Por eso me dieron la baja en el hospital. Mi psiquiatra me animó a raparlo y ahora solo tiene un par de dedos de largo, soy como un chico. Puede que tu chica no me reconozca porque parezco un chico y no tu antigua chica, o puede que ni siquiera sepa que existo. Es como si ya no existiera, de todos modos, desde que te fuiste dejé de existir y llevo veintiocho semanas peleando para recuperar algo de presencia, para ser médico pero también persona. Normalmente los partos me ayudan pero hoy no.

Mi psiquiatra dijo:

– Tu pelo puede funcionar como una especie de medidor del progreso. Así, a cada milímetro que crezca, estarás más lejos de Martín.

Yo no tenía tan claro que quisiera estar más lejos de ti, de Martín Barica, y me costaba mucho dejarlo crecer y no atacar los pelitos de detrás, los del cogote al menos, nadie se iba a enterar, el tirón aliviaba el dolor, el dolor físico aliviaba el dolor de alma.

Dejé de hacerlo cuando te conocí porque quería que presumieras de mí, de tu chica, de tu chica de pelo largo y fragante. Te gustaba mi champú de almendras y miel, y yo no lo cambiaba ni cuando íbamos de viaje. Agitaba la melena y la hundía en tu cuello, tu aspirabas y hacíamos el amor.

Y ahí estaba yo de pronto, Martín Barica, ¿cómo hemos llegado a esto? Con las manos llenas de sangre y grasa de tu chica y de tu hijo. Con las manos en el coño que visitaste cuando aún eras oficialmente mío. El coño en el que plantaste tu semilla, que no era el mío. El coño que ha visto salir vuestra mezcla genética, y yo he ayudado a que eso ocurra. Soy la artífice de mi desgracia, me han invitado a la función de la humillación definitiva. ¿Qué te parece, Martín Barica? Si te hubieras apellidado Jiménez, como tu chica, no me habría enterado. Pero tú tienes un apellido que deja huella y hace que te arranques el pelo a mechones, uno que hace que tengas que raparte siendo chica y parecer un chico, uno que borra tu presencia de este mundo, un apellido que te quita el aire porque un día te lo dio. Ese eres tú, y hoy conozco a la causa de tu marcha. He tendido el trampolín de entrada en el mundo de tu descendencia.

Así que entenderás lo que estoy a punto de hacer.

Ella, tu chica, me lo ha pedido. Estás de viaje de negocios en Japón, las exportaciones cada vez van mejor y ahora viajas regularmente, eso me ha dicho ella entre confidencias, riéndose, orgullosa de ti, con los mechones rubios sudorosos, pegados a la frente, un poco apenada porque no te diera tiempo a venir a conocer a tu hijo mientras ella siga ingresada y él esté en la incubadora. Por eso me ha pedido que lo haga, que le corte un mechoncito de pelo al hijo, Martín Barica, y que se lo mande al padre, Martín Barica, y me ha dado una dirección nipona y tu nombre completo y ya no hay duda de que eres tú, porque no hay muchos Martín Barica Bosch que trabajen en exportaciones con Japón.

Y le he hecho caso, he sonreído, se me ha resquebrajado un poco la boca al hacerlo, de la tensión, creía que iba a romperme como un glaciar al moverse, pero no ha ocurrido. He cogido unas tijeritas y he venido aquí, frente a la incubadora.

Miro a tu bebé, que pesa un kilo quinientos gramos. Tiene, definitivamente, la forma de tus orejas. El resto sería aventurarse: la nariz, los ojos, la boca… son demasiado pequeños. Es una masa ínfima de carne, y es tuya. Podría haber sido nuestra, pero no quisiste. Preferiste que fuera suya, o en cualquier caso la abrazaste cuando supiste de su existencia. Callaste y desapareciste, no dijiste nada y yo dejé de buscarte porque cada vez que te dejaba mensajes que no respondías, me arrancaba más el pelo y lloraba y necesitaba más pastillas.

Cuando voy a hacerlo, me detengo.

No voy a cortarle un mechoncito de pelo, no tiene tanto, es una estupidez que su madre, tu chica, me pida algo así. Lo más seguro es que esa tía sea una estúpida y lo haya visto en alguna película americana. No sé ni por qué he accedido, soy ginecóloga, no esteticien.

Aunque es posible que lo supiera todo el tiempo. Lo que estoy a punto de hacer.

Sin dejar de mirar al fruto de tu infidelidad, al artífice de mi tristeza, llevo el índice y el pulgar en forma de pinza al centro de mi cráneo, justo donde los bebés tienen la fontanela. Es la última vez que voy a hacer esto, así que respiro y cierro los ojos un segundo. Cuando lo haga, cuando los arranque, quiero tenerlos abiertos y seguir mirando a tu hijo. Porque es la última vez en mi vida que voy a hacerlo, y quiero recordar por qué.

Los pelos se despegan del cuero cabelludo lentamente. Me duele. Se me llenan los ojos de lágrimas. Con cada uno de ellos renuncio a parte de mi amor propio, de mi feminidad, de mi bienestar, de mi entereza como ser humano, de mis necesidades de afecto. Con cada uno de ellos acepto que merezco algún castigo, el dolor, la destrucción. Es la última vez que lo hago. Y lloro, no solo por el dolor, sino de alivio. Lloro de alivio porque hoy es la última vez que me siento así y que me hago esto.

Junto los pelos cortos, oscuros como los de la cabeza de tu hijo, pero más, y los ato con un lazo azul. Los meto en una cajita blanca que encuentro en el escritorio.

No sé si cuando lo recibas te darás cuenta de que son pelos gruesos, no finos como los de un bebé. De que están arrancados de raíz, no cortados. De que, aunque sean cortitos, siguen oliendo a champú de leche y almendras.

 

Andrea Tovar

 

 

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2 comentarios sobre “Los pelos crecen

  • el 8 septiembre, 2017 a las 6:06 pm
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    Después del estupendo “Aprendizaje kafkiano”, este relato confirma mis sospechas: esta chica es un crack y hay que seguirla muy de cerca, porque dará que hablar.
    Enhorabuena, a la escritora y a RSC por hacerle un hueco.

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    • el 11 septiembre, 2017 a las 1:50 pm
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      Muchísimas gracias Gerardo, hoy que tenía el día sensiblón me has emocionado y todo. Un abrazo

      Respuesta

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