La ciudad y los perros, de Vargas Llosa

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Hay obras que perduran, que trascienden el tiempo. Eso sucede cuando se conjugan elementos que no se pueden contener, cuando el libro salva las barreras de la vejez prematura de las ediciones y publicaciones, cuando va más allá de las palmaditas en el lomo y la despedida para siempre en estanterías y laberintos de olvido.

Las obras que están destinadas a durar para siempre no se salvan de la quema, como la protagonizada al más puro estilo de la Inquisición y que se comenta entre susurros de realidad y también de leyenda[1], en el mismo colegio donde se desarrolla la brutal historia que desgranan las páginas de la primera novela de Mario Vargas Llosa.

Las obras que se destinan a traspasar la temporalidad de su propia época, que se liberan y se relanzan cada cierto tiempo como «ediciones especiales»[2], que sobreviven al desdeño político, religioso y social, se consideran —después de un proceso doloroso de aceptación— emblemas nacionales y de identificación con el mundo. Perú debe sentirse orgulloso de tener a alguien que identifica y amalgama en una cosa impensable, en un pequeño universo, todo lo que su Perú y nuestra Iberoamérica representan y que, debido a esa maravillosa máquina del tiempo que nos da la oportunidad de viajar una vez que abrimos el libro, nos brinda la oportunidad de apreciar a detalle esos matices sociales en un mundo de mediados de siglo, en un lugar llamado Colegio Militar Leoncio Prado. Es fácil de comprender la supuesta quema de cientos de ejemplares en el patio de esa escuela, y la facilidad de la acción oscurantista deriva en la dificultad de mirarse en ese espejo, que devuelve al pueblo peruano un reflejo tembloroso, entre esa espesa garúa que se mantuvo presente a lo largo de las páginas y que nos ofreció el panorama, ambiguo, unas veces desesperante para el desconocedor de peruanismos, y en los que radica la sinceridad de lo que nos quiere comunicar Vargas Llosa: «este soy yo, y este es mi pueblo, así somos, aunque no lo queramos ver» plasmado en la constante negación militar a los hechos macabros que aparecían ante las narices de una autoridad y justicia mancilladas, ciegas y sordomudas.

En sí, la historia es sencilla, y la lectura se empieza a volver fluida cuando los conceptos peruanos quedan claros y la ambigüedad de tiempo y espacio en los capítulos comienza a cobrar sentido. Al principio desconciertan los saltos temporales y las narraciones sin remitente; hoy sabemos por boca de su autor que Faulkner y Flaubert son los responsables de estos pequeños homenajes. Lo que se puede inferir es que su primera novela provoca que en la actualidad los militares frunzan el ceño, tuerzan la boca y eviten hablar de temas que provocan censura, enojo y vergüenza, no como antaño, pero su poder remanente sigue recordando a nuestros amigos peruanos que gran parte de su patrimonio se conserva en un libro, captado en su esencia más fina, cribado por alguien que desgranó con cuidado, desde aquella tasca de Menéndez y Pelayo que miraba al parque del Retiro, hasta una buhardilla de París en un recorrido que cambió para siempre su nación andina.

Hoy somos testigos de numerosos casos de bullying escolar y las repercusiones sociales sobre los jóvenes preadolescentes, y la crueldad hacia los débiles y segregados en sus formas más prehistóricas son dolorosamente vigentes en los colegios e institutos. Lo impactante de la obra prima de Vargas Llosa, es el bucle literario y generacional contenido sus párrafos. El acoso escolar, los «bautizos», la crueldad e insensibilidad absoluta hacia el ser inferior, ya sea por edad, por físico, mentalidad, credo o raza ha estado vigente desde la época de las cavernas. Y uno podrá leer La ciudad y los perros en 2117 y aseguro que nuestros descendientes podrán identificarse con el Jaguar, Alberto, el Esclavo o el Cava. En eso estriba una novela de tamaña magnitud: la sencillez que lleva la inmortalidad escrita en esas páginas, gracias a la experiencia propia de un escritor que llevó una simple idea a la eternidad literaria.


 

Mauro Barea

[1] http://www.elmundo.es/elmundo/2011/01/28/cultura/1296206852.html

 

[2] Vargas, M. (2012). La ciudad y los perros, edición conmemorativa del cincuentenario. España: Alfaguara.

 

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