Lucha y sonríe

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Esta mañana he despertado con una frase muy nítida atascada en la cabeza. Casi podía oírla en voz alta. Parecía que Guille la hubiera introducido en mi cerebro mientras dormía, para hacerme repetirla como un mantra:

«Ya no hay nadie a quien cuidar».

Al ir a lavarme los dientes, no he podido evitarlo. Me he mirado en el espejo.

Ahí no estaba yo. Estaban mis ojos, sí, su forma y su color, si acaso algo más apagados. Las cejas las reconocía, rectas y densas. La caída de la nariz, un poco curva, y los labios pegados a los orificios nasales. Sin embargo, en medio de todo eso había un montón de carne.

¿Y aquella papada?

¿Y los brazos?

Me he despojado del pijama para observar mejor. Eran brazos de señora mayor, con tanto pellejo colgando. Un gran michelín se cernía sobre mi pubis. Casi ni me dejaba verlo. Me había olvidado de que tenía extremidades inferiores, también.

Conforme la enfermedad había ido robando vitalidad a mi hermano, yo había ido recogiendo los kilos que dejaba por el camino, uno tras otro, pacientemente. Era mi pequeño ajuste de cuentas con el universo. En unión simbiótica, Guille enflaquecía y yo cada vez era más rubenesca.

No era justo que él se convirtiera en un esqueleto. No era justo que una persona que tendría que estar por ahí, organizando manifestaciones y ligando con chicas, se hallara en cambio postrado en la cama o en la silla de ruedas. Así que yo comía por los dos, como haría una embarazada. Cuando él vomitaba, yo ingería doble ración de alimento. Pensaba acogerlo en mi seno. Su volumen, su parcela de mundo.

Porque éramos uno, y no estaba dispuesta a dejar que me lo arrebataran.

No vencí.

Contra esa enfermedad nadie acaba venciendo, me lo avisaron los médicos. No quise creerles. Pensé que la fuerza interior de Guille le haría llegar hasta el final. No sé qué imaginé, ni cuál era ese final que yo marcaba. Imagino que solo ansiaba más tiempo. Tenía esta esperanza oculta, una visión recurrente: los dos frente a la televisión, igual que siempre, viendo las noticias, quién sabe, en el año 2045, cuando el presidente sea un robot. Cuando el cáncer se cure. Sin perder el pelo y la grasa corporal. Sin perder el brillo de la mirada ni la sonrisa.

La sonrisa no se la robaron, es verdad. Nunca. Los kilos sí, la luz también, pero la sonrisa jamás. Seguía tan enraizado a la tierra, al asfalto, mi hermano… Veíamos el telediario y él despotricaba contra los políticos, contra los asesinos, contra el sistema. Le avisaba de que no era bueno que se exaltara, pero acabé por aceptar que en eso los médicos se equivocaban. Era un rebelde, ardía en deseos de cambiarlo todo. Cuando estaba sano, si por ejemplo nuestra madre le mandaba a comprar fruta, tardaba veinte minutos en volver a casa porque se había quedado charlando con el tendero, interesándose por sus condiciones laborales. Volvía a casa indignado, por una razón u otra, y elucubraba proyectos de mejora. Así transcurrían sus días, enfrascado en cómo hacer que el engranaje de la sociedad discurriera con más armonía.

Tenía veinticinco años cuando se apagó por completo. Pero no, no dejó de sonreír. Lo hacía hasta cuando lloraba.

Hay enfermos que son héroes. Todos lo son, por el hecho de lidiar con algo que pugna por consumirte y achicarte desde tus propias entrañas, eso lo entendí en el hospital. Sin embargo, hay algunos, como mi hermano pequeño, que sacan la fuerza de rincones secretos, que nada tienen que ver con la carne, y apuestan por despertar cada día y por dar a los demás algo de sí. Lo que sea. Lo que quede.

Desnuda frente al espejo, han vuelto a caerme unos lagrimones casi tan grandes como mi nueva cara.

—Tengo que cuidar de mí misma— he susurrado a la voz de mi cabeza—. Tienes razón.

Me he calzado unas deportivas viejas. En el cajón había unas mallas raídas y una camiseta de publicidad de la carnicería de debajo de casa.

He empezado a trotar suavemente por el Paseo. En dos o tres zancadas, ya me faltaba el aire. La grasa de mi cuerpo, la del suyo, botaba y ardía, podía sentir fuego en el trasero, en los gemelos. Dolía.

Entonces, cuando estaba a punto de parar, he visto el primer graffiti en las paredes bajas, que sirven de banco continuo para la gente que quiera descansar. Decía:

«LOS MADEROS NO SON TUS DUEÑOS».

Era de un colectivo anarquista. Lo sé porque la A de MADEROS estaba rodeada por el círculo de su emblema. He sonreído y he dado un paso más, porque atisbaba a lo lejos otra pintada negra. No podía esperar a leerla.

«DEFENDERSE NO ES DELITO».

Había decenas de ellas. Jadeando, he seguido corriendo solo por descubrir la siguiente.

Era Guille hablando de teoría política, de líderes mediocres y líderes peores. Guille sentado frente a la ventana, con el gorro de lana puesto, para observar a la gente que paseaba bajo el sol.

Era Guille intubado, abriendo los párpados con dificultad y sonriéndome con ellos. Era Guille subiéndole el volumen al telediario y chistándome porque no oía bien con tanto cacareo de hermana mayor.

Eran sus camisetas negras con mensajes, que habían cobrado vida. Frente a mis ojos, quietas, perennes, esperando a que yo decidiera deshacerme del peso que me había supuesto su enfermedad, que no su existencia. La manera de recordarle no era llevarle encima, no así. Tenía que recuperar la geometría de mi rostro, para poder mirar a otros rostros y sonreírles, para poder reconocerme en el espejo por las mañanas.

Ahora lo entiendo.

Ya oteo a lo lejos el final. A partir de ahí, se extinguen las losas cimentadas sobre suelo rural y empieza la pedanía adyacente a la ciudad. Puedo leer el último graffiti del camino:

«LUCHA Y SONRÍE».

Me desplomo en la última losa del Paseo y lloro otra vez, pero de una forma distinta.

Lo he hecho, Guille. He llegado, corriendo, hasta el final. Me duele el cuerpo, pero mañana no dolerá igual.

Voy a luchar, Guille, no sé si contra el sistema, desde luego no contra la enfermedad, como tú, pero sí contra la tristeza. Voy a sonreír cada vez que pueda. Buscaré en mí esa fuente interna que tú hallaste. Te lo prometo.

Y cuando me reúna contigo, cariño, estaremos tan henchidos que no cabremos en la habitación ninguno de los dos, pero será de orgullo hacia nuestra sangre y todo lo que corre por ella.

 

Andrea Tovar

 

 

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2 comentarios sobre “Lucha y sonríe

  • el 9 octubre, 2017 a las 5:03 pm
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    Un relato breve pero intenso. No se puede escribir mejor y decir tanto para ser leído en tres minutos. Enhorabuena Andrea¡

    Respuesta

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