Malos hasta el hueso

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–¡Todo el mundo al suelo! ¡Esto es un atraco!

La orden resonó extraña dentro del vestíbulo de la sucursal bancaria, como la escena de un thriller de serie B. Tanto clientes como empleados miraron a ambos hombres armados con curiosidad pero cierta apatía, como si atendieran a una representación teatral y esperaran que, en cualquier momento, los actores se inclinarían con una sonrisa y realizarían una reverencia para recibir el aplauso de los presentes.

–¡He dicho que al suelo! –Repitió con furia el atracador más corpulento, elevando el arma para subrayar la amenaza implícita en la orden.

La Uzi descargó una atronadora ráfaga que reverberó entre los muros del local, provocando un chaparrón de cascotes del falso techo de escayola. Uno de los fluorescentes estalló en medio de una fugaz constelación de chispas eléctricas y fragmentos de cristal, el tiempo que tubos y cables escapaban del boquete abierto por las balas. El cadáver de una rata se precipitó sobre el suelo para quedar encogido entre un reguero de humeantes casquillos.

Ahora sí, todos se arrojaron al suelo entre gritos, protegiendo sus cabezas con las manos. Jerry Lee miró interrogativo a través de las aberturas de su pasamontañas y Elvis respondió con un encogimiento de hombros.

–No me mires así. ¡Yo también me he asustado! Estos gatillos son muy sensibles. Te dije que utilizáramos armas americanas, y no esta porquería extranjera.

Su compañero le respondió con un gesto de negación de la cabeza y mirada de impotencia, antes de encañonar a uno de los empleados –la montura metálica de sus gafas brillaba tanto como la gomina de su cabello– que temblaban tras el cristal, para conminarle a que abriera la puerta de acceso a las cajas.

En el desconcierto otra de las bancarias –escote generoso y mirada estrábica, según propia catalogación de Jerry Lee durante la vigilancia previa de la oficina– logró activar la alarma silenciosa. En menos de cinco minutos la flota al completo de la policía del Condado, del Estado y de los Federales hacía aullar sus sirenas ante la puerta del banco. Elvis y Jerry Lee, sosteniendo las bolsas llenas de dinero como si de ropa sucia para la lavandería se trataran, se miraron con el apagado brillo de la derrota –una más– en las pupilas: el golpe que debía permitirles retirarse, la última oportunidad para escapar de su fracaso vital se diluía entre sus dedos como la materia de la que están hechos los sueños.

Entonces, como un eco lejano de insondable y mítica procedencia, el viejo Thorogood prendió el aguardiente de su voz dentro de sus cabezas:

On the day I was born
the nurses all gathered ‘round…

Volvieron a mirarse, esta vez con un oscuro fuego en los ojos, y asintieron. Aún flotaba en el aire el olor a pólvora quemada. Se desprendieron de los pasamontañas, amartillaron las armas y salieron a la calle.

Bad to the bone,
Bad to the bone…

 

Ángel Revuelta Pérez

 

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