María, a la pálida luz de la luna

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— ¿Y dice usted que lleva cuatro horas encerrado ahí dentro? –El hombre del saco extrajo un pitillo de su cajetilla y lo encendió; después se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la puerta del ascensor — Uhm, es un mal asunto. Le recomendaría que respirase pausada y profundamente, para relajar el cuerpo y oxigenarlo, pero eso es algo que ya habrá hecho. ¿Ha podido sentarse a descansar? Parece tener muy poco espacio ahí dentro.

— ¡No crea, hay espacio de sobra! Fíjese que tenía yo cierto temor de que no cupiese el árbol de navidad que he comprado y mire, tan ricamente que estamos aquí los dos. Aunque debo confesarle que los primeros minutos de encierro perdí un poco los estribos; sepa usted que blasfemé y aporreé con todas mis fuerzas las paredes, pero luego entendí que lo mejor era guardar la calma —confesó el hombre encerrado, con cierta vergüenza.

—Muy bien, ha hecho usted lo correcto —el hombre del saco asintió, componiendo un gesto de admiración, y comenzó a hablar con total comodidad—. ¿Sabe amigo? Parece usted un hombre cuerdo y de gran temple. Me cae bien.  Voy a confesarle algo: sepa que no siempre me he dedicado a esto, antes ocupaba parte del día escribiendo. Nada del otro mundo ¿Eh? No vaya a creer. Relatitos de terror, suspense…

—¿Llegó a publicar? —el hombre encerrado se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas.

Dos espaldas casi juntas, separadas por una puerta obstinada.

—¡No, qué va! No soy bueno ¿Sabe? Eso uno lo nota. Pero tal vez algún día me suceda algo digno de ser recordado, como esto que le ha ocurrido a usted. Y entonces puede que escriba de verdad, desde las tripas, que son el epicentro sangrante de todas las tragedias. ¿Sabe usted que es ahí donde se gestan las palabras que trascienden? Hay quien dice que nacen del corazón, pero es mentira. Seguro que lo sabe.

—No leo mucho. A mi esposa si le gusta. Leer, me refiero. Tal vez a ella le gustase lo que usted escribe. Es muy sensible.

—La verdad es que tiene usted una magnífica colección de libros en su casa. Tal vez algún día… —el hombre del saco chasqueó la lengua, con pesadumbre —. En fin. Pero escuche amigo, este percance suyo me parece uno de los sucesos más seductores que le pueden ocurrir a un escritor. Si sale de ésta podrá contárselo a sus nietos ¿Me creería si le confesase que le envidio profundamente? Si yo estuviese ahí dentro, encerrado, como está usted, sin posibilidad de salir en las próximas horas, tal vez días, sediento, hambriento, nervioso, asustado incluso… ¡Ah! Que cúmulo de sensaciones tan valiosas. Parece usted un hombre culto aunque no lea mucho, y sé que me entiende. ¿A qué se dedica? si no es mucho preguntar—el hombre del saco extrajo otro cigarrillo y tendió uno al hombre encerrado, pero recordando la peculiar situación volvió a introducirlo en la cajetilla, suspirando—. Vaya, le ofrecería un pitillo si pudiera.

—No sufra, tengo una cajetilla en el bolsillo de la chaqueta —el hombre encerrado también sacó un cigarro y lo fumó con sumo placer—. A qué me dedico, pregunta usted. Soy funcionario, trabajo para la administración de justicia. No es tan interesante como su afición por la escritura, pero es vitalicio. Aunque ya sabe que no cobramos mucho los funcionarios. Mi esposa es profesora de historia.  Tenemos dos pequeños: niño y niña. Son muy guapos, y no es porque yo lo diga.

El hombre del saco asintió, sonriendo benévolo. Recordaba haber visto una foto de esos pequeños,  por algún lado.  Levantándose del suelo se alejó unos metros y se acercó a la ventana, que aún permanecía abierta. Observó, extasiado y casi sin aliento, la formidable luna llena. Siempre le provocaba un extraño dolor contemplarla,  pero nunca dejaba de acudir a su llamada. Por esa misma ventana se podía contemplar también el patio comunitario; el hombre del saco bajó la mirada y observó con tristeza los árboles que rodeaban la piscina, ahora desnudos, mutilados. Antes de separarse de la ventana volvió a contemplar a su amada y la vio pálida, pero bella, distante, engalanada ya con los primeros copos de nieve, como perlas o como plumas. Cerró los ojos y respiró con todas sus fuerzas, disfrutando del frío invernal.

—Ese árbol que ha comprado hará muy dichosa a su familia —dijo el hombre del saco, con expresión soñadora y cierta melancolía, sentándose de nuevo con la espalda pegada al ascensor.

—Sí. A mis hijos les encantará. Se volverán locos de alegría cuando vuelvan de viaje y encuentren este colosal abeto en medio del salón.

—Tiene usted un salón muy acogedor —dijo el hombre del saco—, y ese abeto lucirá fabuloso al lado de la chimenea.

El hombre encerrado no contestó, porque a veces no hace falta hablar.

—Bueno, me ha encantado charlar con usted, pero ahora debo marcharme.  Me apena dejarle solo en vísperas navideñas y con este panorama tan desolador. Si pudiese ayudarle de algún modo estaría encantado —mientras se despedía, no sin cierta emoción en la voz, el hombre del saco se ajustó el pasamontañas y comprobó el buen estado de las cuerdas, los arneses y demás elementos necesarios para realizar una buena bajada, sin contratiempos de ningún tipo.

—Supongo que sería muy grosero por mi parte si le rogase que volviese a entrar en mi casa y llamase por teléfono a mi esposa. Está pasando unos días en el campo, con sus padres. Debe estar muy preocupada en estos momentos, pues le dije que una vez que hubiese adquirido el abeto la llamaría inmediatamente, para charlar con los pequeños y darles la buena noticia. Y han pasado ya demasiadas horas.

—Hombre, amigo, no voy a negarle que para mí sería ciertamente muy incómodo, póngase en mi lugar —dijo el hombre del saco, y casi notó como el rubor le encendía el rostro.

—Lo siento: tiene razón. Márchese pues,  pero si encuentra usted a alguien por la calle, tal vez algún vecino, podría rogarle que suba a hacerme compañía durante un rato. El tiempo transcurre muy lento aquí dentro y, sinceramente, creo que vuelvo a sentirme un poco mal de nuevo. Ya sabe, intranquilo, algo ansioso.

—Por supuesto; pero podría asegurarle que hoy ya no vendrá nadie por aquí —el hombre del saco compuso un gesto triste y dio unos suaves golpecitos en la puerta del ascensor. Era esta la caricia más cálida y amistosa que podía ofrecerle al hombre encerrado—. Feliz Navidad, amigo.

El hombre encerrado asintió en silencio. Escuchó el sonido de los pasos al alejarse y se sintió sumamente solo.

De pronto los pasos se acercaron de nuevo y el hombre encerrado escuchó una respiración algo agitada.

—Acabo de recordar que en la casa de su vecina encontré un aparato de radio estupendo y creo que, en estos momentos de soledad,  quizá le gustase escuchar un poco de música.

El hombre del saco enchufó el aparato a una toma de corriente cercana al ascensor y giró la rueda buscadora de las sintonías; la ruedecilla gruñó y diferentes voces se solaparon unas a otras. Villancicos interpretados por candorosas vocecillas infantiles; noticias de última hora; el programa de los deportes y el del tiempo; pero el hombre del saco deseaba escuchar algo en concreto que no hallaba, y la ruedecilla gruñía como lo hacen los gatos cuando riñen.

Estaba desolado y a punto de desistir, cuando una voz celestial se levantó del suelo de la misma manera en que se levantan los tornados, arrasando, conquistando cada hueco del silencio y del alma, vapuleando los huesos, robando el aliento. El hombre del saco apartó despacio las manos de la radio, no fuera a ser que los gatos volviesen a reñir,  y,  extasiado, concluyó que todos los ángeles del mundo se habían  dado cita allí, aquella noche de luna pálida, en ese solitario rellano de una escalera cualquiera.

— ¿Le… le gusta a usted María Callas? —preguntó, acercando la radio al ascensor.

Como el hombre encerrado no dijo nada, el hombre del saco le preguntó si estaba llorando. El hombre encerrado le dijo que sí, pero que le sucedía siempre que escuchaba a la Callas. Que su voz imperfecta  le producía un vértigo espantoso en el estómago y que a veces no soportaba tanta belleza. El hombre del saco le dijo que a él le sucedía igual. Y añadió que es cierto, que la belleza duele a veces.

La luz de la escalera se apagó de nuevo, pero  esta vez el hombre del saco decidió que no hacía ninguna falta encenderla. En la oscuridad apoyó una mano en la puerta del ascensor y tras unos instantes se alejó, silencioso, que nunca ha sido conveniente enfurecer a un tornado con nombre de mujer y menos si canta de esa manera.

Desde la ventana la luna se veía magnífica y había dejado de nevar.

 

Ángela Piñar

 

 

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