Mater Nox

 

nigromancia

Del infausto fondo lacustre recojo la piedra. Como manda el dogma es negra y plana, parece una lágrima que logró confundirse con las oscuras aguas en cuyo lecho reposaba. Acerco el oído y me susurra su edad. Me sorprendo, ya que pocos seres vivos la vieron caer en su acuosa tumba. Me la guardo en el morral y desando el camino a través de la colina, en dirección norte.

            El calor del hogar me recibe al entrar en el laboratorio. Dejo la piedra sobre el cuenco y me pongo a trabajar. Agarro el frasco rojo y vierto su interior mientras recito la Cor Foratus. La sangre se desliza juguetona por la superficie de la piedra y al tocar el cuenco se evapora dejando una pequeña nube parduzca. Cojo esta vez el frasco verde y con mimo lo vacío sobre el guijarro. Mis labios entonan el Antiquus Roote y veo como la solución de musgo se marchita en el tosco dornajo. Es el turno del frasco blanco. Las palabras apenas son audibles entre mis temblorosos labios. Aún resuenan en mi cabeza los llantos de aquellos niños. Termino el Reus Vitae y las lágrimas de los inocentes burbujean primero y se evaporan luego en el recipiente.

            La piedra, que ha dejado de ser negra para volverse roja oscura, está tan fría que uso un guante para cogerla. Me giro, abro la trampilla y desciendo los escalones que llevan al interior de la tierra.

            Llevo caminando horas. Mi cielo son las oscuras raíces de la tierra y mi suelo, las mismísimas entrañas del planeta. Soy consciente de mi situación: el último de mi orden. Muchos hermanos murieron en el pasar de los años intentando llamar a la Madre Muerte pero, aunque los recogió en su lecho, ningún aullido fue oído por ella. Hoy, esta noche, mi voz resonará tan lejos que la misma guadaña caerá a mis pies.

            Por fin llego a mi destino. Una fosa milenaria desciende hasta los límites de la eterna locura. Muy abajo reposan los restos de temibles guerreros muertos antes de que el nombre del mundo  fuera pronunciado por nadie, en ninguna oración, en ningún ruego. Muertos en tiempos en los que el sol apenas calentaba y la luna aún dudaba si su lugar era en el manto nocturno o algún otro rincón del ciclo universal.

            Sin dudarlo arrojo la piedra.

            Recito el Domineris Renascitur.

            De pronto un estruendo formado por mil gritos asciende desde la fosa. Ruidos de articulaciones rompiéndose y carne desgarrándose llegan hasta mis oídos. Segundos después ya comienzo a ver los ojos de las criaturas que desean salir y obedecerme. Con ellos lanzaré mi último alarido al mundo, para marcar a fuego en la mente del hombre el arte de la Nigromancia.

EUGENIO MENGÍBAR

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