Mientras buitres ciegos sobrevuelan

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El cadáver reciente de un hombre adulto.

Yaciendo desnudo boca arriba sobre un sillón diseñado por la industria médica para exámenes ginecológicos. Con gran parte de su sangre drenada por la rejilla del baño contiguo, y la restante desplazándose por sus venas por última vez, acumulándose en su espalda en porciones coaguladas. Acumulándose en sus tríceps, en sus nalgas, en la cara posterior de sus muslos, en sus pantorrillas.

Su piel ha pasado de la palidez a un tono azulino. Sus músculos se ponen rígidos, bloqueando en sus articulaciones toda posibilidad de movilidad generada por fuerza exógena, y su cuerpo ha adquirido la temperatura del medio que lo contiene, enfriándose.

Pasan los días. Ahora todos sus tejidos, todas las cédulas de su cuerpo, comienzan lentamente a descomponerse, modificando su morfología a medida que los gritos opacos del dolor supremo se hacen lejanos en el olvido. Algunas ampollas aparecen en su piel. También manchas verdosas. El vientre de nuestro hombre es inflado por los mismos gases internos que están desfigurando su rostro. Igual destino habría tenido su escroto, si aún lo conservara intacto.

Atraídas por los fluidos que han comenzado a brotar de su boca, su nariz y su ano, las moscas entran por la ventana de la casa de campo y colocan sus huevos en el área triturada con paciencia por el diletante verdugo, pero también en aquellos sectores en los que la carne ahora de aspecto marmóreo se ha abierto por la presión interna de los gases y la actividad de los insectos carroñeros, que han roto tejidos e ingresado por los orificios, se han alojado bajo la piel y han empezado a comer vorazmente. La piel se desprende, el cabello y las uñas caen como fruta podrida de una rama.

Pasan semanas. La desintegración es ya intensa, las vísceras ya son una masa de materia negra y el color de la piel de nuestro cadáver se oscurece. Los tejidos blandos lentamente se vuelven líquido y desaparecen.

Con el pasar de los meses sólo queda del hombre un cadáver compuesto por piel seca, cartílago y huesos, secos y descoloridos.

Finalmente, años después solo la estructura ósea subsiste, aferrada al sillón por los trozos de alambre de púa con que las extremidades fueron maniatadas para facilitar la tortura genital.

Pasará mucho tiempo antes de que alguien encuentre su esqueleto. No tenía familiares que lo frecuentaran, ni cuya compañía él apreciara. Y con los muchos amigos que le había dado la virtualidad del comercio pedófilo nunca se había atrevido a intimar demasiado: cuanto menos supiera de ellos, más a salvo de las garras de la justicia se sentía.

 

Matías Bragagnolo

 

 

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