Momentos estelares de la humanidad – Stefan Zweig

RSC

Voy a comenzar mi colaboración con la revista literaria RSC comentando un libro prestado. Hay una tradición que dice que la novia tiene que llevar a la boda, entre otras obligaciones, algo prestado. Pero ojo, no de cualquiera. El objeto en sí debe proceder de un matrimonio bien avenido y así se contribuye al flujo de buenas vibraciones que hará la futura unión indestructible. Hoy día el préstamo físico es cada vez menos común, especialmente en lo que se refiere a artefactos culturales. El intercambio de cassettes y libros, habitual durante mi adolescencia (alguno se perdía por el camino, todo sea dicho) fue poco a poco sustituido por un escueto: “me bajé la discografía completa” y últimamente por: “lo tengo en mi ebook, junto con otros cuatro mil”.

Sin embargo, me es inevitable sentir cierta nostalgia recordando aquel mercadeo cultural. Por eso cada vez que llega a mis manos un libro prestado, lo trato como un tesoro: no deja de ser algo casi arqueológico. Lo devoro en el acto, lo que no pasa con los libros que compro (menos aún si son en formato digital) y quiero pensar que las mismas emociones que ha sentido la persona que lo ha leído antes que yo, de alguna manera han quedado prendidas en sus páginas, ¿será esto posible? Pues Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig será mi primera reseña del año: un libro prestado, un libro que he leído con fruición, rechupeteado hasta el tuétano y que quiero compartir aquí también.

Sobre Stefan Zweig (1881-1942) creo que hay poco que añadir. A todos nos ha conquistado Carta de una desconocida. Su biografía es intensa, emocionante y trágica. Conoció el éxito en vida y también la caída, cuando sus obras fueron quemadas en plazas públicas de Alemania y Austria. Su obra padeció el ostracismo después de su suicidio, pero en los últimos años, con justicia y gracias a la labor de Acantilado, llegó la resurrección. Y el amor de sus lectores, basta con leer sobre Zweig en foros de libros y blogs, ¿cuántos autores conocéis que hayan alcanzado ese nivel de unanimidad en torno a su obra? Así debe ser el Olimpo literario.portada-momentos

Y creo que la razón es que Zweig no es un mercenario del oficio, al contrario, es alguien que en cada palabra trasmite hasta la última fibra de lo que es y de lo que siente. El escalpelo de su sensibilidad permite ahondar y participar de ese milagro de la creación que es la gran literatura. Por eso nos impacta su intensidad. Y da igual que éste sea un libro de estampas o episodios históricos y no una novela de ficción. La personalidad de su autor galopa desbocada, se impone y nos hechiza.

Lo que he sufrido con la epopeya de Scott en la Antártida y esa genial metáfora, el tren precintado con Lenin a bordo, convertido en un proyectil letal. ¿Y qué puedo decir de Dostoievski en el paredón, esperando el indulto del zar? ¿Cómo puede ser la Historia tan emocionante? Quizá porque a veces, intimidados por los datos, las fechas, los conceptos, nos olvidamos de su protagonista: el hombre. Un hombre al que consumen sus pasiones, un hombre al que devora su determinación. Es el sino de nuestra especie. Somos supervivientes: nos impusimos a un medio hostil, a la mayor de las sequías, a las regurgitaciones del volcán Toba, a nuestro propio éxito. Supimos estrujar la naturaleza hasta someterla (y veremos cómo acaba todo esto).

Los momentos estelares de la humanidad, en palabras de Zweig, son aquellos que marcan el rumbo de la historia, “un único instante que todo lo determina y todo lo decide”. Nada de plácidas consideraciones. Nos embarcamos en un viaje pleno de dramatismo. A cualquier aficionado a la Historia, antes de abrir la primera página, le vendrán a la mente infinidad de ellos. Son abundantes. Zweig eligió catorce. Y entre ellos, como no, momentos estelares de la cultura: Tolstoi, Dostoievski o Händel comparten estrellato con Cicerón, Mehmet II y Napoleón. ¿Por qué no?

Dice Zweig que “en ningún caso se ha procurado decolorar o intensificar la verdad”, de lo que se deduce un respeto a las fuentes y la “verdad” histórica. Es cierto que la ciencia histórica construye los mimbres, es una labor minuciosa, árida y los resultados pueden interpretarse, discutirse. No siempre predomina el consenso, no siempre se impone la objetividad. Pero Zweig va más allá. Otorga un revestimiento literario a esa armazón, fría y destemplada, del dato, del hecho, de la causa y la consecuencia. Lo dota de vida. Y le insufla la pasión necesaria, la llama que turbe al lector, que lo haga reflexionar y perderse entre sus páginas. Entre la horquilla de casi dos milenios en la que transcurren estos Momentos estelares. Así se convierte en un extraordinario divulgador, que, como se ha dicho, es capaz de “instruir deleitando”.

Zweig recupera la función de la historia como magistra vitae, su valor más allá de construir naciones y preservar la memoria, aquel valor que hizo a los grandes hombres volcarse sobre libros vetustos, abandonar la espada o el cetro un instante para aprender de ella. De sus lecciones. Una lección donde se impone por encima de todo la determinación, “a los hombres solo les cansa una cosa: la vacilación y la incertidumbre. Toda acción libera, inclusa la peor es preferible a no hacer nada”, sentencia Tolstoi. Así lo considera Scott, en su tumba de hielo, cuando escribe a su mujer para que “cuide a su hijo y lo preserve de la indolencia”, porque “nada eleva el corazón de modo tan espléndido como la caída de un hombre en lucha contra el predominio invencible del destino”. La lucha permanente, la épica del fracaso: “inténtalo de nuevo, fracasa otra vez. Fracasa mejor”, decía Samuel Beckett.

Ya para acabar, creo que hay otra importante lección moral en estos Momentos estelares. A través de Cicerón, incapaz de restaurar la esencia republicana: “nadie tiene derecho a tratar de imponer al pueblo su voluntad”, porque “el dominio ejercido por la fuerza viola cualquier derecho”. Otra vez en los labios de Tolstoi, que se niega a sumarse a la revolución que su obra ha alimentado: “es cien mil veces mejor sufrir por una convicción que matar por ella”. En el mariscal Grouchy, cuya obediencia ciega al emperador determinó la derrota de Waterloo. ¿Escribe Zweig pensando en la incertidumbre del tiempo en el que vive, un tiempo en el que la dictadura, la violencia política y el populismo se abaten sobre Europa (el libro fue publicado en 1927, Mussolini ya gobernaba en Italia y Stalin tomaba el relevo de Lenin en el poder)? Momentos estelares se cierra con el fracaso de Wilson, el presidente norteamericano que trató de mediar en 1919 para lograr una paz duradera, pero aquella oportunidad se perdió y Zweig vaticina “una vez más, pagaremos nosotros con nuestra sangre”.

RSC

Gerardo Vázquez

(Varado en la llanura)

RSC

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