Náufragos del rock and roll

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Agustín Torralba (Granada, 1974) es maestro en un aula itinerante de circo y según reza la solapa del libro, ha trabajado también como actor de doblaje y productor de espectáculos. Su primer libro fue el poemario Triste literatura y canción para el rey (2004). En 2013 publicó Náufragos del Rock and Roll, un libro de relatos compuesto por once piezas (más un “bonus track”) dedicadas a grandes mitos de la música popular del pasado siglo, no solo del Rock and Roll.

El registro con el que aborda cada relato es diverso, aunque predomina la prosa poética. Son historias donde sobrevuela el drama, la tragedia y lo onírico. Los artistas elegidos tienen como denominador común una infancia difícil y múltiples carencias afectivas. No es un compendio de curiosidades, sino que el autor trata de recrear la raíz de cada artista y los elementos que le definen, reconstruyendo, más que sus vidas, su espíritu. Eso sí, contienen una cuidada ambientación histórica y sobre todo, mucha música.

El primer relato se titula “El cortejo fúnebre” y va dedicado a Elvis Aaron Presley. Es el más breve, una obertura (si seguimos en la onda roquera, le podemos llamar “intro”) donde el mundo se moviliza ante la noticia de la muerte de El Rey.

El segundo está dedicado a Bessie Smith. Para los profanos en el género, fue una destacada cantante de blues de los años 20 y 30, que grabó con Louis Armstrong el que se considera primer gran hit del género “St. Louis Blues”. Quienes la conocieron lo saben, su voz exhalaba el vapor de todas las tristezas. Utilizando grandes dosis de lirismo, el autor repasa la vida de Bessie, desde sus orígenes humildes (blasfemias y mugre al otro lado de la puerta), su llegada al estrellato y una breve alusión a su muerte: sombreros de copa y una austera liturgia de saxofón, tomaron las calles al día siguiente. La noche cayó azul.

El tercer relato está dedicado a Jimi Hendrix. Está articulado en torno al diálogo, en realidad casi monólogo, entre el dueño del Bonnie and Clide (un antiguo local de música en directo) y un cliente, al que relata (parece que por enésima vez) el extraño viaje lisérgico que provocaba en la audiencia y en él mismo, la guitarra de Hendrix. Las descripciones están impregnadas de psicodelia y buen rollo hippie, pero siendo uno de mis ídolos, me resulta extraño ese retrato del músico como un lobo solitario, arrastrando su guitarra por locales de mala muerte, induciendo como un gurú experiencias cuasi místicas en sus oyentes. Quizá es el único relato escrito en un tono menos dramático, pero no está exento de nostalgia.

Con la pieza dedicada a Roy Orbison, Agustín Torralba regresa al registro poético y simbólico. Se trata de un relato más hermético y con hermosos pasajes, como cuando compara la azarosa existencia del artista con la ballena Moby Dick, acosada por un vengativo capitán Akah. El narrador es un periodista que interrumpe un reportaje sobre Orbison para cubrir una noticia en la Antártida, donde le sorprende la noticia de su muerte: no se me ocurrió nada mejor para honrar su memoria que regalarle el primer rayo del sol de un día recién nacido entre los hielos.

Con el título de “Domador de elefantes”, se hace entrega de la voz narrativa al mismo Jim Morrison. La prosa, más espontánea, fluye con naturalidad y engancha. El espíritu de Morrison pulula lamentándose por su frustrada vocación literaria y preparando ese viaje a París, que todos sabemos cómo acabó: he visto a Jean Paul Marat desangrado en su bañera. Trataba de escribir al alguien. A veces he soñado una muerte así. Es una pena que no nos sugiera alguna pieza para amenizar la lectura. A mí, por alguna razón, me vino a la cabeza “Waiting for the Sun”.

En “Alquitrán derramado”, se ocupa de la diva maldita del Jazz, Billie Holiday. Esta vez el narrador es el saxofonista Lester Young, que hilvana, sin respiro, un largo monólogo sobre aquella artista irrepetible. Parece que el autor intenta transmitir la intensidad de las canciones de Holiday, donde vertía su propia experiencia y la variedad de matices de su voz, como una extraña fruta con el poder de evocar el sabor de todas las frutas del mundo, mezclando la anécdota con la fábula y lo onírico. La tercera heroína del libro es Janis Joplin, con el título de “Tiempo de verano”. Fragmentos de la letra compuesta por Gershwin traducidos al español, que Joplin inmortalizó en una versión desgarradora, jalonan de nuevo otro monólogo, el narrador escucha música en su coche y se dirige a la artista (¿amiga?), en tono elegíaco, como si fuera una acompañante imaginaria.

En “Cuento de Navidad”, la traviesa de una vía relata la infancia, magistralmente compuesta y la tantas veces glosada muerte de Buddy Holly (el famoso “día que murió la música”). El tono trágico del libro se mantiene con el relato dedicado a John Lennon, con un inicio un tanto surrealista. De nuevo un repaso a su infancia y la sombra de la tragedia por todos conocida que sobrevuela el final de la narración: entonces supimos que esos cristales redondos de sus gafas no podían ser sino monedas para pagar el peaje.

El icono de la música country Hank Williams, muerto con 29 años, también es tratado en el libro con cierta introspección. Si la vida de Hank hubiese sido un mes del calendario, ese habría sido febrero. Febrerillo el loco: un sol radiante para olvidar el abrigo y un viento helado que nos coge desprovistos en mitad de la calle.

El último náufrago del Rock es Sid Vicious, el archiconocido icono Punk. Aquí la prosa de Agustín Torralba se descarna y asume el espíritu nihilista del que hizo gala hasta su muerte: no quiero cambiar el mundo, quiero volarlo. El libro acaba con lo que el autor llama “bonus track”, dedicado al campeón de los pesos pesados y líder generacional Muhammad Alí, de nuevo combinando detalles biográficos, la infancia del boxeador y su combate (este sí y no el McGregor-Mayweather, el verdadero combate del siglo) con Foreman en Kinshasa.

Por tanto, en poco más de cien páginas están retratados en tono poético los pioneros de gran parte de los géneros que han engordado la música popular desde los años 30 a los 70 del pasado siglo: el country, el blues, el jazz, el rockabilly, el rock and roll, el pop-rock, la psicodelia y el punk. Náufragos que tuvieron una vida intensa y breve, la mayoría con un trágico punto y final. Suicidios, muertes prematuras o en extrañas circunstancias. El Rock and Roll de Agustín Torralba se nutre de la tragedia y sobre ese compostaje arraiga, combinando realidad y mito.

Me parece un libro ideal para los nostálgicos y para los que disfrutan de una lectura reposada. Sin duda está escrito con el corazón, contiene música y poesía en grandes dosis.  Humildemente recomendaría leerlo con alguna de las piezas de estos artistas de fondo, incluso bucear en la web (yo lo he hecho después) para conocer detalles de la vida de estos héroes o antihéroes, según se mire, de otro tiempo, porque el autor simplemente da pequeñas pinceladas, sugiere e invoca, más que tercia, no es un libro didáctico, es prosa poética de doce compases. Tan sólo queda esperar que Agustín Torralba siga por el mismo camino y quién sabe, quizá se atreva con unos náufragos de la música popular patria, que también daría mucho de sí.

Gerardo V.

 

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