Neferuptah

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neferuptah

1

Neferuptah abrió los ojos. Se encontraba en una minúscula habitación. La única luz que había era la que entraba por la puerta. Poco a poco, fue consciente de lo que había sucedido. Se miró las manos. Volvían a ser las manos de una joven. Se tocó el cuerpo y los pechos, los firmes pechos de adolescente. Se puso de pie. Le costó un poco dar el primer paso. Después de todo, llevaba casi tres mil años sin caminar. La última vez, había necesitado un bastón. Miró alrededor. Aquella no era la tumba que su hermano, el faraón, había construido para ella. ¿Dónde estaba? Neferuptah llamó a Anku, su criada. No obtuvo respuesta alguna. Sintió frío. ¿Dónde estaban sus vestidos? Aquel suelo estaba helado. ¿Qué había sido de sus sandalias? Volvió a gritar, llamando a Anku. Nada. Atravesó la puerta y se encontró un largo pasillo. En el techo brillaban unas singulares antorchas. Sin fuego. ¿Qué era aquello? Neferuptah volvió a gritar. De repente, un trozo de pared se abrió. Un hombre surgió de allí. Tenía un aspecto extraño.

2

Ahmed Massri contempló a la joven que tenía delante. –¿Quién eres, niña? La muchacha permaneció silenciosa. Aunque no llevaba ropa alguna, no parecía estar preocupada por cubrir su desnudez. Ahmed estaba seguro de que era otra broma de sus compañeros. Habían metido a una prostituta en el museo para burlarse de él. –¿Cuánto te han pagado, muchacha? La joven le dijo algo en un idioma incomprensible. Quizá fuera libanesa, pensó Ahmed. Comenzó a desabrocharse los pantalones.

3

Neferuptah contempló espantada al desconocido, en cuyos ojos brillaba un deseo lascivo. Cuando el hombre se quedó desnudo, Neferuptah comenzó a temblar.

relato

Plácido Romero Sanjuán

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