Panteón familiar

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—¡Déjame en paz! —dijo la hermana muerta al hermano recién finado.

Las gotas de lluvia hacían un ruido sosegado sobre el mármol pálido del panteón familiar de los Gutiérrez. Tan pronto se selló el sepelio los asistentes empezaron a marcharse por la senda entre los cipreses.

—Ni el más allá te ha suavizado ese pronto tuyo. Solo quería saber cuánto tarda uno en aclimatarse a esta oscuridad. Aquí hace un de frío de mil demonios—. Su voz no sonaba vacía, como la de su hermana, que era toda huesos.

—Pues pregúntale a otro y hazte cuenta que no existo. Mira que estábamos a gusto sin ti.

—¡Angelines! Parece mentira —le regañó la madre desde el nicho de la derecha—. Con la de años que no hablas con tu hermano. ¿Cómo estás hijo? Te echábamos de menos.

—¿Por qué nos lo tienen que meter aquí? El camposanto es grande. ¿Es que no hay más hoyos libres?

—El mausoleo lo compraron los abuelos y es tan suyo como tuyo.

—¿Qué decís? —preguntó la abuela desde el nicho de arriba.

—Nada —contestó Angelines— que está muy bien que además de comer juntos todos los domingos la familia comparta la eternidad.

—¡Ah eso! Sí, la familia lo es todo —dijo la abuela.

Se hizo un silencio. Fuera seguía repicando la lluvia.

—Estoy mejor, mamá. Ya no me duele el corazón, pero todavía tengo un regusto amargo a almendras en la boca. La verdad es que no me siento muerto. ¿Y si no lo estoy? —preguntó el hijo con esperanza. Tenía poca experiencia en estar muerto.

—Lo estás y bien muerto —contestó Angelines.

—¡Ay, vida mía! —exclamó la madre—. De estar en mi mano habría muerto yo por ti, pero gracias a Dios tuviste un buen morir.

—¡No como el mío! —interpuso la abuela—. Yo tuve la peor de las muertes. Sufrí muchísimo, pero que muchísimo más que ninguno de vosotros. No hay comparación posible. No sé si os dais cuenta. ¡Di algo! —le ordenó a su marido enterrado en el mismo nicho que ella. Pero él nunca habló demasiado en vida y ahora ni respiró.

—Bueno, abuela, mi paro cardiaco también fue terminal ¿eh? —dijo el nieto.

—¡Pero no se te cayó el pelo ni te faltó el apetito! —intervino la abuela.

—¡Ni te desgarraron la piel a arañazos! —dijo la hermana —¡Ni cagaste sangre como el abuelo!¡Ni se te hinchó la cabeza como a papá!¡Ni te quedaste paralítico, como mamá!¿Y quién cuidó de ella? ¡No tú, hermano, que andabas muy ocupado viajando de aquí para allá!

—Por favor, Angelines, hace ya veinte años de eso. Acuérdate de que tienes setenta y un años de edad y estamos en un nicho —dijo el hermano.

—¡Buen sitio para saldar cuentas! —comentó ella con rencor joven.

—Hijos, no empecemos, que la muerte es muy larga—. La madre usó un tono dulce, como si hablara con niños.

Angelines fingió no oír.

—Con lo ecologista que siempre has sido, hermano ¿por qué no te has incinerado?

—Y tú, hermana ¿por qué no te donaste a la ciencia con lo considerada que eres? Te lo habrían agradecido por lo rarita.

—¡Basta!¡Ya está bien!¡O hay orden o hay orden! —rugió el padre— ¡En esta casa todo termina en pelea! ¿Es que no puede un hombre descansar ni en el reposo de su tumba? ¡La culpa es de vuestra madre, que siempre os lo consintió todo!—. Si hubiera tenido venas la azul del cuello se le habría hinchado de rabia.

—¡Vaya, ahora la culpa es mía! Por lo menos me encargué de educarlos. ¿Y tú? ¡Todavía apestas a alcohol! ¡Eres un insensible incluso en la muerte! ¡Si no llega a ser por mis padres! —chilló la madre como si pudiera morder.

—¡No me tires de la lengua! —le amenazó él, inyectando de desprecio sus palabras.

—¿Qué vas a decir? ¡Si te envenenaste tú solo con la bebida!

—¡Sabes bien que eso no fue lo que me mató!

—¿Y a mí? ¿Qué me mató a mí? ¡Tú también lo sabes bien!

—¿Quieren callarse de una maldita vez? —voceó alguien desde el panteón de la familia Sánchez, situado al lado del de los Gutiérrez.

—¿Quién te ha dado vela en este entierro, capullo? —le abroncó el padre.

—¡Juan, por favor, no pegues esos gritos! —le dijo la madre.

—¡Pero si son ellos, que no paran de matarse!

—No hay que bajar a su nivel.

Los Gutiérrez callaron y oyeron ruido de pasos en la grava. Los pasos de la nueva viuda. Se paró delante del mausoleo. Miró la tumba. Luego alzó los ojos hacia el cielo mojado, como pidiendo perdón por algo y después se marchó.

—¿Y esta también se va a venir a dormir a la dulce morada? Aviso que ya mismo está aquí. A juzgar por el tinte azul de las mejillas no va a durar mucho… ¿Ricina para darle una ayudita a la muerte, hermano? ¡Tan original! Pero es que ni una lágrima ha soltado la tía. Claro que sabía que andabas con otras —Angelines susurraba.

—¡Angelines! Natalia es familia —le recriminó la madre—. Hijo ¡qué entierro más bonito te ha preparado con flores naturales! Todo limpio y tan tranquilo. Dan ganas de morirse otra vez. Por descontado, que se acostumbra uno a la oscuridad, aunque ese ataúd refrigerado en el que estás, por muy caro que sea, es todo un despropósito.

—Donde se ponga un ataúd calentito…¿Qué hora es? —preguntó la abuela.

—Mamá, te repito que fuera de la vida las horas se mueren.

—Es verdad, hija. Así es la muerte. Ni que lo digas. Y ahora que caigo, cuando me enterraron —la abuela divagó— la gata desapareció. Creo que se fue a tener sus gatitos. ¡Ay! ¿Dónde estarán ahora mis mininos?

—Se ahogaron todos un buen día, abuela —dijo Angelines— ¡Ese animal era de la piel de Barrabás!

—Nunca te quiso —dijo la abuela.

—Ni yo a ella.

La lluvia paró a media tarde. Cuando el sol empezó a caldear las tumbas se formó un arcoíris en las nubes.

—Y ¿qué se hace con tanto tiempo muerto? —preguntó el hijo despacio.

—Recordar, hijo. Lo bueno de la muerte es que ya no hay ni miedo ni engaño.

—Pues vaya un plan.

—Si se te ocurre uno mejor —dijo Angelines.

—¡Déjame en paz!

 

Nieves Pascual

 

 

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