Parca miseria

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Durante más de cuarenta años, Fructuoso del Hoyo pensó que su celibato forzoso debía su explicación a la cuestión de los olores. Así hubo de ser sin duda en el tiempo de los formoles, las resinas y las mezclas de bálsamos descritas en las fórmulas utilizadas para la impregnación transcutánea en el método «Aeternitas» que su padre le dejara con el encargo celoso de no desvelarlas. No obstante, nada cambió cuando adoptó técnicas más modernas y discretas como la fórmula patentada «Vitamortis» de implantación intramuscular. El caso es que ninguna mujer, durante todo ese tiempo, manifestó un atisbo de atracción sexual hacia su persona.

Fructuoso heredó la funeraria «Parca Miseria» cuando cumplió treinta y ocho años, después de más de veinte ayudando a su padre. Él mismo, envuelto de discreto canturreo, lo tuvo que lavar, vestir, embalsamar, afeitar, maquillar, peinar, y emplear sus mejores trucos para devolverle la expresión de eterna amargura que había perdido con su último y definitivo chute de morfina.

―Este no es tu padre ―sentenció la reciente viuda cuando lo vio sonreír de cuerpo presente―. Haz algo.

Jamás se atrevió a medir en voz alta su inmensa satisfacción, su sentimiento de alivio y de liberación cuando, como punto y final, rubricó la solapa de su mejor traje con un clavel en el ojal y cerró la tapa del ataúd para no volver a verlo nunca más. Tampoco comentó jamás con nadie que tuvo que reírse de sí mismo cuando, mientras lo velaba en solitario, dejó caer al suelo una taza de café a medio acabar y su primera reacción fue volverse veloz hacia el ataúd (Modelo President, madera de caoba maciza, forrado de abullonado de seda y asas de bronce) esperando una irremediable y severa reprimenda por parte de su difunto padre.

Tras veinte años de gerencia innovadora, el negocio familiar conocía sus mejores días. Comenzó por cambiar el nombre de «Parca Miseria» por uno más funcional, seguido de un moderno eslogan: «Servicios fúnebres integrales “Elegance”: un viaje al más allá en primera clase». Comenzó a importar selectos ataúdes de ultramar; asistía a ferias del sector y a cursillos de maquillaje y manicura post mortem; introdujo descuentos y promociones para colectivos como la Guardia Civil, bomberos y oncólogos, susceptibles de aportarle nueva clientela, y amplió el negocio con una suculenta sección de arreglos florales, esquelas de diseño y catering obituario. La modernización de sus técnicas le había abierto las puertas de las casas más selectas y se había convertido en un referente a nivel comarcal. A pesar de su patente éxito empresarial, Fructuoso del Hoyo se consideraba un artista. Él no maquillaba muertos como hiciera su padre; pintaba la vida sobre el lienzo tridimensional del modelo exánime. Con cada pincelada bajo el pómulo o alrededor de los párpados, dotaba a su soporte de un aura de paz y de serena templanza en su tránsito hacia la vida eterna. Pintaba sus trampantojos de vida como un pequeño dios a cuya obra solo faltara un soplo divino para despertar del sueño.

No obstante, cada sábado, antes de salir, alargaba el ritual de frotarse en la ducha con estropajo verde y toda suerte de abrasivos para desprenderse el olor a cadaverina que, según su criterio, le vetaba cualquier ocasión de yacer con hembras.

La fortuna de Fructuoso cambió la noche en que decidió ampliar sus horizontes de esparcimiento hacia un local nuevo: el Manolo’s, un bar de carretera situado a varios kilómetros, donde nadie sabía de su existencia. Cada tarde-noche del sábado, el bar Manolo’s, se transmutaba para la ocasión, de bar rural a soirée dansante o discoteca para los menos jóvenes. La mutación semanal no afectaba a las luces de neón ni a la decoración, típica en ese tipo de locales: un expositor de navajas de Albacete, una larga colección de llaveros de una turbadora iconografía preconstitucional colgada tras el mostrador, y una cabeza de toro disecada; un ejemplar de casta Morucha, corniveleto y carifosco. El único cambio consistía en la anexión de la partícula postiza «’s» tras el nombre habitual del bar; al parecer, a juicio de Manolo y de su clientela, el genitivo sajón dotaba al local del glamour que la ocasión requería y la concurrencia meritaba. El Manolo’s era frecuentado por grupitos de viudas, divorciadas, solteras de más de cincuenta años y sus equivalentes masculinos, que acudían bien endomingados y dispuestos a divertirse sin necesidad de iluminación tenue ni de música estridente. Era un nido de «vivalavidas» trasnochados que abjuraban del trabajo al que habían dedicado toda su vida, al darse cuenta de que no les retornaba ni ventura ni lozanía. Resultaba grato poder bailar en un local en el que también era factible ver y escuchar a los demás adeptos o requerir una tabla de ibéricos con una jarra de tinto de Jumilla entre el cha-cha-cha y la bachata.

Cuando conoció a Noelia, se dio cuenta de que su soledad no era causada por los olores necrológicos, sino por la divulgación de su oficio. Comenzó a sospecharlo al asirla con levedad por la cintura en el trenecito de la conga. Cuando ella, con toda naturalidad, cogió su mano mientras le sonreía ―dulcedulcesonrisaflordesaúco― y la desplazó con una sutil incitación al tiento, dejó patente que el contacto no era recibido con desagrado. Aquel gesto lo dejó reflexivo y ausente durante toda una semana en la que volvió a despertarse empalmado cada mañana. Por vez primera, ocultó de forma deliberada su sector profesional en la noche del sábado siguiente, cuando cruzaron sus primeras palabras mientras bailaban un pasodoble. Para protegerse de posibles decepciones, no solo encubrió su ocupación, sino que adoptó un seudónimo: en las soirées del bar Manolo’s, no era conocido como Fructuoso del Hoyo, tanatopráctor, sino como Juan Simón, funcionario.

Noelia era una mujer sencilla y agradable, de unos cincuenta años de edad, esbelta para su edad y con más que un atisbo de distinción. Se declaró viuda sin hijos y bibliotecaria de profesión. Su cuerpo aún no había adquirido el aspecto de derrota con el que cargaba la mayoría de las mujeres de su edad; por el contrario, solo algunas arrugas finísimas revelaban que había rebasado los cuarenta de una manera triunfal. Noelia destacaba frente al despliegue de cuerpos ajados y mórbidos que el contubernio de los habituales del Manolo’s disculpaba en democrática benevolencia. Fructuoso del Hoyo estaba convencido de que lo que sentía por aquella mujer era algo cercano a las mieles del amor.

Hacía ya seis meses que departía con Noelia y sus amigas, que reían juntos y que bailaban hasta remotas horas en las veladas sabatinas. Aquella noche sabía que habría algo más: Noelia al fin había cedido a sus insinuaciones y le había prometido que saldrían del Manolo’s antes de lo acostumbrado y que rematarían la noche en privado en casa de él.

Todo estaba preparado: el CD de Los Panchos, cava del bueno en la nevera, ropa limpia en la cama, y calzoncillos sin estrenar de un diseño poco comprometedor; incluso había estado en la ferretería para comprar ambientador ―aroma «frescor de la tundra»― y bombillas de menor voltaje. El ambiente sería perfecto y aquella noche prometía ser memorable. Tal vez más adelante podría aventurarse a desvelar, poco a poco, las facetas más inconfesables de su vida laboral.

Cuando, a media tarde, recibió la llamada de un empleado para comunicarle que había surgido un servicio, lo advirtió como una nube que amenazaba sus planes de forma peligrosa. En un principio calculó que, si actuaba sin dilación, tal vez tendría tiempo de volver a su casa a quitarse el olor para llegar al Manolo’s a la hora habitual: se trataba de un servicio básico, el pack «Rigor Mortis» sin extras; pura rutina.

Acompañado de su asistente quien, so pretexto del fútbol, solo se comprometió a ayudarle a subir el ataúd, llegó al apartamento y comenzó por unas palabras amables de consuelo para el viudo y los hijos, las únicas personas en el domicilio. Después de tantos años, había desarrollado una asombrosa capacidad de mimetismo, una fingida aflicción distante que le hacía ganarse la simpatía de los dolientes guardando la distancia apropiada. Se interesó por las causas del deceso: había sido una muerte repentina e indolora. La difunta, mientras se arreglaba para ir al Via Crucis nocturno de la Iglesia de La Caridad, había sufrido un ictus fulminante y, cuando la ambulancia llegó, la encontraron sin vida. El médico certificó la defunción al instante, pero el juez de guardia ya había comunicado que no podría levantar el cadáver antes de que concluyese el partido. La finada yacía en la cama conyugal con el rostro cubierto por una sábana y, antes del trámite judicial, no podría comenzar su trabajo.

Fructuoso pidió que le preparasen la ropa y las joyas con la que había de ser enterrada y le proporcionasen una fotografía reciente de la que hubiese estado satisfecha. De igual manera, solicitó que le acondicionasen una mesa para poder desplegar sus esencias y su utillaje de recomposición y acondicionamiento del cadáver. Su misión consistía en hacer que quedase guapa y natural para que su familia la recordase siempre como fuera en vida. Era un profesional: se esforzaría para que, a pesar de sus ansias, el hecho de que le esperase su gran noche con Noelia no hiciese menguar lo más mínimo la calidad de su trabajo.

Tras la visita del juez, después de varias horas de espera ―nadie esperaba que el partido se resolviese tras la prórroga y los penaltis―, comprendió que resultaría imposible acudir a su gran cita a la hora convenida. Fructuoso entró en el dormitorio para comprobar que su material estuviese a punto y, desde la intimidad de la alcoba, decidió enviar a Noelia un mensaje de texto para que no se extrañase por su tardanza y, de esa forma, poder abordar su tarea con concentración y sin premura.

Al instante, y del otro lado de la puerta cerrada, oyó el tono de un teléfono móvil seguido de unos pasos y de una voz de niño que decía: «Es el móvil de mamá; un mensaje de un tal Juan Simón: que lo espere, que le ha surgido un contratiempo y que llegará más tarde».

Sin levantar la sábana, tomó de la mesa la fotografía que le había sido proporcionada como modelo; intentó sostener el dolor de la pica afilada que dividía en dos su pecho y retuvo un escozor en el lagrimal que pugnaba por aflorar. Volvió a tomar su teléfono móvil y escribió el segundo mensaje: «Me retendré más de lo esperado. Empezad el Via Crucis sin mí».

Luego, ya sin prisas, se dispuso a comenzar su trabajo. Fructuoso del Hoyo era un profesional.

 

Antonio Tocornal

 

 

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