Petrificada

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Ella quería coger ese tren. Había dejado pasar los tres anteriores y se estaba empezando a arrepentir. Se había quedado paralizada en el andén cada vez que había parado uno. Era como si un muro invisible le impidiese subir cada vez que uno de ellos se había detenido frente a ella. Pero no podía. Cuando el vagón se paraba a escasos centímetros, agachaba la cabeza y apretaba los puños avergonzada de la impotencia de sentirse tan petrificada. Se veía estúpida. Al fin y al cabo, sólo tenía que subir un par de peldaños y era incapaz de hacerlo. ¿Qué más tenía que pasar para que diese el paso?

―No lo puedo hacer… ―murmuró.

―Mami, ¿ese que viene por ahí es ya nuestro tren? ―preguntó su hijo mientras le señalaba al cercanías que se aproximaba.

El sonido de la máquina la sacó de sus pensamientos. Miró a la derecha y vio el morro del tren acercándose lentamente. Observó que el sol se reflejaba en el lomo del tren y lo interpretó como una señal divina: tenía que subir  ya. El pequeño se agarró fuerte a la mano de su madre, impaciente y emocionado y ella le respondió con una sonrisa.

―¿A dónde vamos? ¿Y qué es esa sorpresa que me vas a dar? ―preguntó dando saltitos.

Suspiró hondo y cerró los ojos al mismo tiempo que colocaba el pie en el primer escalón del vagón.

―¡Estáis aquí! ―exclamó una voz familiar que les reclamaba―. ¡Llevo todo el día dando vueltas!

―¡Papá, papá! ¡Mamá me va a dar una sorpresa! ¡Corre, sube! ¡El tren se va!

Ella se quedó muy quieta. Ahora más que nunca quería subirse al tren pero era demasiado tarde. Bajó el pie del escalón muy despacio, como queriendo ocultar la única prueba que delataba su intención. No se quería girar. Pensó que, tal vez si no se daba la vuelta, él no estaría allí y que la voz que había escuchado era simplemente una mala jugada de su cerebro.

―Toma, campeón ―le dijo al niño dándole un trozo de chocolate―. Sube al coche y espéranos allí. Mamá y yo vamos ahora.

El niño corrió hasta el coche y se sentó dentro entusiasmado con su golosina.

El hombre cogió a la mujer por el brazo y la apartó del andén. Le rodeó la cintura con delicadeza y enfilaron sus pasos hacia el coche.

―No vuelas a escaparte. Te juro por mi vida que la próxima vez que lo intentes te daré donde más te duele ―le susurró mientras sonreía y observaba a su hijo dentro del coche.

 

Ana Sainz Carmona

 

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