Por una vez, he ganado

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El miedo que tengo a los transportes, según la psicóloga, es una metáfora de mí misma en las diferentes dimensiones de la vida. Así, según lleve yo el volante o lo haga otro, o use el transporte público, esa ansiedad creciente que va oprimiéndome la garganta y el pecho se debe, por lo visto, a unas relaciones complicadas conmigo o con el otro.

Me gustaría no tener que conducir jamás, pero si lo hago me convertiré en un lastre total y absoluto para la sociedad.

En realidad, no es que eso me preocupe gran cosa. Es que prefiero pasar miedo conduciendo a soportar el hedor y la masificación del autobús.

Busco aparcamiento por el centro.

Merodeo dando vueltas en torno al epicentro: la casa de mi abuela. Miro el reloj digital del coche. Llevo media hora rondando. Sudo. Es la tercera vez que paso por esta puta calle. Ese tipo de cosas me ponen de los nervios.

Piso el embrague y dejo el coche en punto muerto mientras espero que los de delante se muevan, cuando se me ilumina el cielo con unas luces rojas: las señales de marcha atrás de un vehículo que ocupa el lugar donde yo quiero estar, bien encajadito entre líneas azules.

No doy palmas de alegría hasta que compruebo que los dos coches que me preceden no enfilan hacia la plaza. Subo el volumen de la radio para disfrutar el momento –ya estoy tranquila, volveré a ser un peatón normal en seguida y pisaré tierra firme y nada más se moverá a una velocidad impropia del ser humano-, acciono el intermitente y tuerzo el morro hacia el sitio.

Y de pronto, recibo un bocinazo.

Es un bocinazo limpio y agresivo que proviene del otro lado de la calle. Y sí, es a mí.

En sentido contrario, hay una mujer de unos cincuenta años con la ventanilla bajada. Me dice con la sonrisa tensa y una amabilidad falsa que ella estaba primero. Que estaba a punto de aparcar ella.

Me sonrojo. Balbuceo. Los coches de atrás empiezan a pitar, impacientes.

Yo, para entendernos, en una situación normal cedería mil veces ese sitio antes que reivindicarlo. Me arrancaría las uñas de los pies con alicates antes que protagonizar una pelea callejera de maruja de barrio.

Por algún motivo que desconozco, sin embargo, digo otra cosa:

—Este es mi carril.

Estoy muy serena, y la cara de estupefacción de la señora no tiene precio. Si le hubiera pegado un mamporro en plena jeta, no se habría quedado tan sorprendida.

—¿Cómo?

En ese momento, se asoma una chica de mi edad de la parte trasera. Debe ser su hija. Su boca se retuerce en un grito histérico -se me ocurre que hacen de poli bueno y poli malo-:

—¡Estábamos aquí antes que tú, con el intermitente puesto! ¡Vete a otro sitio!

—Este es mi carril— repito, y aprieto el acelerador.

Siguen chillándome, ahí paradas. Los coches de detrás pitan y pitan.

—¿Pero qué coño haces? ¡Te acabamos de decir que esa plaza era nuestra…!

—Mira— saco el brazo por la ventanilla, y la cabeza, y ahora sí, noto una oleada de ira, o adrenalina, que sube hasta la coronilla, me recuerda a Popeye cuando se come las espinacas, me late en el pecho, bullendo lava roja, y está a punto de crepitarme en la boca—, ¡este es mi puto carril! ¿Ves? ¡Hay una línea continua! Vosotras aparcáis en vuestro carril y yo en el mío!

Entonces la hija me vocifera un rato más mientras acomodo el coche en su mullido lecho de asfalto, sigue patatín, patatán, cabrona, eso no se hace, bla bla. Cuando estoy a punto de volver a gritarle, veo que la madre hace un gesto de madurez en plan «paso de ti, no mereces mi tiempo, mierda seca». Se van muy indignadas. El tráfico se reanuda.

Me sigue latiendo el corazón a velocidad de clase de spinning. Tomo aire. Normalmente me preocuparía por si me está dando un ataque de ansiedad, pero ya no conduzco. Estoy a salvo. Me miro en el espejo retrovisor. Tengo las pupilas dilatadas y dos grandes redondeles rojos en el área de los carrillos. Entonces sonrío. Muestro al espejo los colmillos blancos.

Antes de bajar del coche, espero un rato por si alguna de las dos ha decidido quedarse rondando mi coche blanco para rayarlo o pegarme un guantazo. Compruebo con alegría que se han ido a buscar una plaza que sea legítimamente suya.

He ganado.

Por una vez, he ganado.

 

Andrea Tovar

 

 

 

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