Primer día de trabajo

*

Estoy rodeado de fantasmas.

  

Cuando entré a la habitación, mi hijo dormía. Afuera, el viento producía silbidos que erizaban los vellos. Desde la ventana observé que la luna, redonda y amarilla, ascendía detrás de los cerros.

         Mi pequeño se movió hacia un lado, como buscándome. Después susurró algo. Era posible que soñara con dinosaurios, Batman o Superman.

         Verlo inocente, me hizo recordar la mañana en que mi esposa salió de casa y no volvió. Al mes de su desaparición, los de la procuraduría la convirtieron en un número más de esa lista interminable de desaparecidos.

         Luego vino mi despido.

         Ricardo, el director de la escuela, dijo que era el momento de profesores más jóvenes. Así que me echó, por más que le rogué no lo hiciera. Intenté emplearme en otras escuelas, pero todas estaban despidiendo personal.

         La desesperación es una bestia que nos devora por dentro.

         Pedí prestado, pero mis amigos no pudieron apoyarme. Fue cuando me enteré de La empresa. Lo supe por un vecino que, mientras me saludaba, un par de jóvenes limpiaban su camioneta. Así que cuando noté en sus ojos una mirada de compasión, le referí mis problemas. Se me quedó mirando y dijo que me daría trabajo. Y eso ya era bastante.

         —Sólo que en este jale se necesitan huevos —dijo, acariciando sus bigotes tupidos.  Dije que sí, porque, por mi hijo, estaba dispuesto a todo—. Pronto te llamaré —. Y me adelantó tres mil pesos.

         Dos días después, el Don, que así le decían, llamó y dijo que tenía que acompañar a sus muchachos.

         Así que hoy por la mañana, una Chevrolet Cheyenne con vidrios ahumados pasó por mí. Mi hijo me echó su bendición, porque sabía que era mi primer día de trabajo. Después me pidió que, cuando volviera, le trajera un regalito.

         Subí a la camioneta que llevaba encendido el aire acondicionado. Desde allí, las cosas se miraban de otra manera. Como si con sólo estar allí arriba, las necesidades desaparecieran. Y como no, si a los jóvenes que iban allí les gustaba lo bueno. Tenis Nike Air, pantalón Levis y playeras Polo y Lacoste, además de lentes oscuros Ray Ban. Sólo uno iba de botas vaqueras y chamarra de piel.

         El de chamarra dijo que íbamos a mi prueba de fuego. Que no fuera a cagarme en los calzones, porque sería el hazmerreír del equipo. Luego me mostró una pistola, y dijo:

         —Esto se gana. Así que nada de andarse con mamadas. Abre bien los ojos y aprende, cabrón.

         Tomamos la carretera que lleva a ciudad Cuauhtémoc. A los lados de la cinta asfáltica se abrían terrenos secos, donde burros y vacas deambulaban con desgano mientras el sol ardía sobre la tierra. Pasando La nariz del diablo, que es un cerro pedregoso, tomamos una carretera de terracería, donde otra camioneta esperaba.

         El chofer bajó la ventanilla, y el aire caliente nos golpeó la cara. Intercambiaron palabras con el otro conductor, y luego lo seguimos. Llegamos a un descampado, donde había una casita de tablas y lámina de cinc.

         Allí me presentaron como «el nuevo» a los de la otra camioneta, que bajaron a un fulano con la cabeza cubierta con una bolsa de cuero. Dentro de la casa había una silla, mesa rústica y colchonetas.

         Mientras el tipo suplicaba que lo dejaran ir, mis acompañantes lo amarraron a un horcón. Cuando escuché su voz, me estremecí.

         Mis socios lo golpearon.

         —Cuídalo —ordenaron—. Si se escapa, lo pagas con tu vida.

         Y se fueron.

         El fulano volvió a quejarse.

         —Si me dejas ir, te pago lo que digas.

         Volví a estremecerme, porque su voz me recordaba a alguien.

         —Por piedad, déjame ir —suplicó.

         Yo quería decirle que sí, que nos fuéramos por donde habíamos venido. Sin embargo, las personas con las que me enganché no perdonaban nada con una simple disculpa. Negué con la cabeza, mientras la voz del fulano retumbaba en mí.

         —Te daré lo que me pidas. Tengo hijos y esposa.

         Le quité la capucha.

         Cuando lo vi, sentí que mi sangre descendía a mis pies. Frente a mí, Ricardo empezó a temblar.

         —Perdóname —suplicó.

         Le crucé la cara con un golpe, y volví a colocarle la capucha.

         —Si vuelves a hablar, aquí mismo te chingo.

         Las horas pasaron en silencio, de no ser porque mis tripas chillaban de coraje, porque frente a mí estaba el maldito que me orilló a este trabajo.

         Antes de anochecer, mis socios regresaron. De la camioneta bajaron a una jovencita de caderas amplias y pechos abundantes.

         La metieron a la casa y pidieron que esperara afuera. Minutos después, la chica pedía clemencia. Luego escuché que Ricardo decía mi nombre. Después un disparo. El fulano de chamarra salió de la casa y me encaró:

         —¡Hijo de tu puta madre, el culero te reconoció! Ahora cava una fosa.

         Me dieron pala y pico y empecé a cavar. Cuando terminé, tiraron el cuerpo de Ricardo dentro. Mientras lo cubría con palos, piedras y tierra, pensé que mi mujer pudo tener ese mismo fin. Después entré a la casa.

         Otra camioneta, con placas de Guatemala, se acercó al lugar. Descendieron tres tipos armados con pistolas. Entraron a la vivienda y se llevaron a la chica que tenía el cuerpo tembloroso y la mirada destrozada.

         Nosotros subimos a la Chevrolet y regresamos a Comitán. Entrando a la ciudad, el tipo de botas me entregó un arma.

         —Tuviste huevos —dijo.

         Me dejaron frente a la casa y se fueron hechos unos demonios.

         Así que cuando entré a la habitación, mi hijo estaba dormido. Lo besé en las mejillas, y acomodé el regalo entre sus manitas. Después me acosté a su lado.

            El primer día de trabajo había sido agotador.

 

Ornán Gómez

 


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