Prisioneros, libros sobre cárceles.

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Existe una literatura cuyo eje es el encarcelamiento. Cuando esa literatura tiene, además del atractivo de contar una realidad que nos es ajena (por suerte), el de poner al encarcelamiento en contexto histórico como herramienta de represión a manos de un poder absoluto, entonces se transforma además en una dolorosa y ejemplar forma de denuncia. ¿Y para qué sirve esa denuncia? En primer lugar, como bien lo dice el título de una de esas obras que nos toca de cerca, para que “Nunca más” el hombre cometa las atrocidades denunciadas. En segundo lugar, y esto en un sentido individual y si se quiere psicológico, para que el que realiza la denuncia, el autor y el afectado en primera persona, tramite por medio de la literatura ese misterioso sortilegio que hace que lo que se saca afuera mediante la confesión, el relato o el grito desnudo y primordial, no pese tanto en el adentro.

El primer contacto con este tipo de literatura lo tuve en mi adolescencia con el libro El sepulcro de los vivos de Fiodor Dostoievski. Recuerdo la impresión que me provocó leer las crueldades a las que eran sometidos los supuestos enemigos del zarismo. El encarcelamiento, la deportación a las temidas estepas siberianas, acaso la muerte. Heredando las prácticas de la policía del Zar, la Checa, después NKBD, es decir la policía secreta del régimen comunista, copiaría casi exactamente los mismos métodos del derrocado Zar para castigar a sus propios presos políticos. La psicótica persecución estalinista de los disidentes también tuvo su cronista. Aleksandr Solzhenitsyn fue encarcelado cuando era teniente del ejército rojo, a raíz de un intercambio epistolar con un amigo donde supuestamente criticaba al gobierno. Por este inocente delito Solzhenitsyn cayó en la máquina del encierro de la URSS a la que él llamó con lucidez el Archipiélago Gulag.

El archipiélago fue la metáfora con que Solzhenitsyn denominó a esa patria paralela, trama que se sobreponía al extenso mapa de la Unión Soviética, punteada de innumerables presidios. Como en un archipiélago formado por islas, estas otras islas, los centros de encarcelamiento, tenían sus formas, sus costumbres, sus códigos y su lenguaje determinado, una verdadera nación subterránea de desdichados. Entre encarcelamiento y exilio Solzhenitsyn estuvo ocho años en el Gulag, una pena muy menor en términos de la “justicia” soviética de aquellos años. De allí volvió con una historia que contaría al mundo, como testigo privilegiado (triste privilegio) y que le llevaría a ganar el premio Nobel de literatura de 1970 y también a no poder volver a la Unión Soviética hasta bien entrado el siglo XXI.

Pero los presos soviéticos no pertenecían a un grupo ocioso. Muy por el contrario, la mano de obra esclava era una parte importante de la industria naciente de la URSS. Otro libro, precedente y peor escrito que el de Solzhenitsin, daría cuenta de este fenómeno y lo denunciaría a occidente. Yo elijo la libertad, de Victor Kravchenko, publicado en 1943, fue pionero en contar lo que sucedía detrás de la cortina de hierro. Kravchenko era un ingeniero y alto funcionario comunista, que se evadió en ocasión de una visita a los EEUU. En su libro, que sin formar parte de la literatura de encierro sí da buena información acerca del trabajo esclavo en la URSS, cuenta cómo se estructuraban algunas industrias soviéticas y la máquina del régimen. El libro 1984 de Orwell, a la vista de la evidencias históricas, pasaría a ser menos una caricatura que un retrato bastante fiel; perseguía de un modo maniático a través de una red de espías y delatores a todo opositor o sospechoso de serlo, especialmente a sus propios funcionarios.

Nos fuimos del tema escogido para adentrarnos en otras zonas pantanosas de la condición humana, volvamos pues al camino. Siguiendo un orden estrictamente cronológico encontramos otra literatura de encierro en la extraordinaria Trilogía de Auschwitz, del italiano Primo Levi. Esta trilogía está compuesta por los libros Si esto es un hombreLa tregua y Los hundidos y los salvados.

Primo Levi

Levi fue víctima del tristemente célebre campo de extermino estrella de la Alemania bajo el nazismo. Fue para él una suerte, como él mismo lo expresa irónicamente al comienzo de Si esto es un hombre, haber caído en manos de la SS en el año 1944, por lo que “sólo” tuvo que pasar un año en Buna, uno de los campos que formaban Auschwitz (que eran más de cuarenta). Levi, un partisano inexperto, un preso político encarcelado por el gobierno de Mussolini, fue deportado junto con otros 650 judíos italianos hacia las desconocidas tierras polacas. De todos los que viajaban en ese tren hacia la muerte solamente tres sobrevivieron. Cuando regresó y aún antes, Levi tomó como compromiso dar testimonio de lo ocurrido. Esto sucedía en épocas en que todavía se dudaba acerca de la veracidad del holocausto, en que la justicia internacional hacía su trabajo de limpieza de conciencias en la farsa de Núremberg, y en que organizaciones como Odessa facilitaban una cómoda jubilación en Argentina, EEUU y otros países amigos a los criminales de guerra nazi.

Si esto es un hombre es la narración desgarrada, la catarsis de alguien que pasó por el infierno y necesita contarlo. Levi anota con detalle las crueldades de la SS y la meditada forma de quitar la humanidad al otro, de animalizarlo para después matarlo sin piedad en la cámara de gas. Pero también cuenta el modo en que esa deshumanización impone entre los mismos que padecen, la lucha por la supervivencia que diluye la solidaridad, dejando al hombre sólo y en primer plano, peleando contra todo y todos, degradándose e ignorando los códigos morales que se pueden sostener en la vida civil pero no en medio del infierno. Los mejores, los valientes, dice Levi, morían. Sólo quienes tuvieron algún privilegio y una buena dosis de suerte, como el mismo Levi que por ser doctor en Química logró trabajar los últimos meses de encierro en los laboratorios del campo de Buna (que era en realidad el proyecto de una industria química que funcionaría en base a mano de obra esclava), lograron sobrevivir. En medio de esto Levi narra el horror y sus pequeños detalles. El modo de relacionarse, las costumbres delirantes impuestas por los alemanes, la manera en que se usó a los mismo judíos para el control y el trabajo de matar a sus propios compañeros, el modo de implicarlos y hacerlos “culpables” y otras mil formas de tormento.

La tregua es un libro de descanso, luego de Si esto es un hombre. Pero es un descanso lleno de melancolía. La liberación de Auschwitz no tuvo que ver con la festiva actitud de los soldados americanos haciendo la postura de la victoria para los fotógrafos de Life. La liberación de Auschwitz y su constelación de campos de reclusión fue un lento y doloroso despertar donde solamente los enfermos que no habían podido caminar habían quedado atrás. El resto de los reclusos moriría en su mayoría sometido a marchas de exterminio hacia el oeste, obligados por los nazis a escapar del avance del frente ruso con la intención de eliminar al resto de los testigos que podían contar lo que habían visto y sufrido. La fortuna quiso que Levi estuviera en la enfermería cursando una escarlatina y por esa casualidad no fue sometido a una de esas marchas. Pudo sobrevivir gracias a su tesón y su ingenio combinado con el de dos soldados franceses que habían sido recluidos dos meses antes; sobreponiéndose al último y más pesado de los espantos, el de los enfermos muriendo de hambre y sed en el campo abandonado.

Después la liberación poco organizada por el ejército ruso, las aventuras con compañeros de andanzas italianos, simpáticos estafadores y decenas de personajes más. Los constantes traslados hacia el interior de Europa del este. La permanencia junto a un contingente de miles de italianos en una suerte de cuartel en medio de la estepa, donde vivieron tres meses y donde, con un tono propio del mejor Fellini, Levi narra la vida en esta suerte de delirante falansterio. La restitución a la patria será en el mismo registro, en un tren comandado por un maquinista que no sabía muy bien a donde iba y custodiado por un puñado de soldados rusos adolescentes que pasaban el tiempo jugando con los niños sobrevivientes. Treinta y cinco días duraría ese viaje en tren, epílogo lento y agridulce de la liberación.

Los hundidos y los salvados  completa la trilogía y la remata, cerrando el círculo que Si esto es un hombre La Tregua habían abierto. En este libro, un Levi ya maduro, como hombre y como escritor, cosecha la experiencia de sus años dando conferencias, charlando con jóvenes y adultos, abrevando en las múltiples fuentes bibliográfica que puntualizaron algunos datos que no estaban claros en época de la publicación de Si esto es un hombre en 1947. En Los hundidos y los salvados Levi intenta un análisis de las diversas facetas del holocausto, y lo hace de una manera tan lúcida y a la vez tan humana, sin pretender ahondar en la motivaciones psicológicas de los opresores ni en la huella indeleble que su accionar dejó en sus oprimidos, que el libro resulta cercano y de algún modo revelador para quienes alguna vez, luego de conocer este y otros terribles episodios de la historia se preguntaron: ¿cómo pueden haber hecho esto?

Entre otras cosas Levi intenta dilucidar esa pregunta. También ensaya una comparación con los campos de castigo rusos, citando a Solzhenitsin, y encuentra que en estos la exterminación era una consecuencia y no un fin en sí mismo como ocurría en los Lager alemanes. También trata el problema de la comunicación en los campos, verdaderos babeles de lenguas y nacionalidades, donde judíos de toda Europa eran encarcelados y donde era vital comprender rápidamente las órdenes que los SS y los Kapos judíos ladraban a los prisioneros.

Por último, y para completar este artículo viciado de extensión, citaremos un libro que quizás sea el menos serio de los aquí mencionados. Y es porque se trata del más famoso, llevado a la pantalla por Hollywood y por si fuera poco, sospechado de ser una gran mentira basada en hechos reales. Se trata de Papillon de Henry Charriere. Esta supuesta novela autobiográfica, publicada en 1969, cuenta en primera persona las peripecias del propio Charriere cuando fue encarcelado por la policía francesa en su colonia carcelaria de Guyana, y su posterior evasión. Aunque es un hecho comprobable que Charriere estuvo preso en Guyana, no es seguro, y a ciencia cierta a quien lee la novela le es difícil de creer, que Charriere haya vivido todas las aventuras que el libro cuenta. En cambio, lo más probable es que haya tomado historias escuchadas en el penal y las haya contado como suyas. Y casi tan seguro como eso es que Charriere no haya escrito Papillon, sino que lo hizo un periodista, un escritor fantasma que conoció durante su vida de hombre libre en Venezuela.

Por otro lado existe un libro, menos glamoroso y más llano, la verdadera fuente sobre la que se estructura el texto de Charriere, llamado Guillotina Seca de René Belbenoit. La metáfora del título es suficientemente elocuente, el presidio francés era tan efectivo para provocar la muerte del recluso como el adminículo inventado por Monsieur  Guillotin, y mucho menos sucio. Para quien lee los dos libros el parecido es evidente, con el único detalle de que la obra de Belbenoit, casi desconocida antes de la aparición de Papillon, precede a la de Charriere.

Papillon es menos importante por la trama o la aventura, y hasta por el predecible final heroico con recuperación de libertad incluida, que por mostrar hasta qué punto el sistema judicial y penal francés se deshacía de sus reos enviándolos a morir a los presidios montados en sus colonias en América. Los detalles del encarcelamiento son sobrecogedores, así también como el sistema con que los presos guardaban sus tesoros más preciados (dinero casi siempre) en un supositorio o “estuche” que llevaban siempre encima (no hay que explicar con qué método) y que sorteaba los imprevisibles cacheos y revisiones de los guardias.

Como sea, auténtico o no, el libro de Charriere está bien escrito en el sentido de que atrapa al lector de principio a fin, un merecido best seller. Pero el detalle de la falsedad de lo que cuenta (no de su escenario, que confirma Belbenoit) hizo que mi entusiasmo por el libro decayera, hasta tal punto que su secuela: Banco, donde el protagonista narra las alternativas de su vida de hombre libre, sigue esperando en mi biblioteca para que lo lea.

Dostoievski, Solzhenitsyn, Levi, Charriere, los tres primeros injustamente, el último por estafador y un supuesto asesinato del que se declaró inocente, fueron víctimas de sistemas de encarcelamiento que envilecían a sus víctimas al punto de convertirlas en animales, enloquecerlas o simplemente quitarles el deseo de vivir. Los tres lucharon, cada cual con sus armas, para sobrevivir. Lo lograron y dejaron crónica de eso y de cómo el hombre es capaz de tratar a sus semejantes, motivado por el racismo, la presión de un sistema autoritario o el simple goce sádico.  En la cárcel o el Lager a ellos se los enjauló, se los castigó, se los humilló, se intentó quitarles el resto de humanidad que pudieran conservar para luego liquidarlos una vez convertidos en cosas sin voluntad.

Quedaría considerar, en época en que el sufrimiento animal es tenido en cuenta de tal modo que los jardines zoológicos comenzaron a cerrar sus puertas, como ocurrió con el zoo de Buenos Aires y de a poco con el de la ciudad de La Plata; cómo es que el hombre no ha descubierto otro sistema mejor y más humano que el de encarcelar, enjaular literalmente como a esos animales, aislar a los delincuentes en condiciones infrahumanas.  ¿No existe otro modo? ¿A nadie le interesa pensarlo? ¿Da miedo pensarlo? Mejor bajar la imputabilidad y sentirse seguros, seguir enjaulando. Pero por un solo inocente que caiga en la trampa, alguno habrá, la justicia como toda creación del hombre es falible (por eso la pena de muerte es una paparruchada) valdría la pena pensarlo.

 

Andrés G. Muglia

 

 

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Un comentario sobre “Prisioneros, libros sobre cárceles.

  • el 8 septiembre, 2017 a las 1:24 pm
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    Muy interesante el viaje literario por estos grandes autores, ¡enhorabuena Andrés! Te recomiendo personalmente a mi compatriota José Revueltas, uno de mis narradores favoritos, un escritor que pasó gran parte de su vida tras las rejas por sus ideales políticos radicales y cercanos a un comunismo anárquico, lo que le alejó de premios y reconocimientos grandes. Su relato ‘El apando’ es una de las mejores narraciones carcelarias que he leído (la escribió en la cárcel de Lecumberri) y en ‘Los muros de agua’, novela ambientada en el penal de Las islas Marías, famosa cárcel del siglo XX en México, ahí retrata las peores pesadillas de un convicto (entre ellas la Ley fuga) y donde también él mismo probó el cautiverio a temprana edad. Una narrativa que no deja indiferente. ¡Saludos!

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