Sample

12 Minutos de lectura

Prefiero que me odien por lo que soy a que me admiren por lo que nunca seré.

—Kurt Cobain.

 

 

El peso de la pistola es reconfortante, y la culata se adhiere a mis dedos, como hecha a medida. Había estado ahí en el estante, reposando sobre la libreta de Chester Cheetos, mirándome con su pequeño túnel negro sin fondo. Del otro lado del túnel se halla el destino.

Oprimo la tecla «Play» del reproductor.

Mi canción empieza. Acordes, riffs, instrumentos, configuraban el compás que creé para ella; las pausas imperceptibles, las notas calculadas milimétricamente. Cierro los ojos y la visualizo en mi cabeza como un espectrógrafo: sucesión de ondas, una tras otra, en ordenados impulsos, saltos y suaves ondulaciones. Entonces mi voz, fantasmal, surge entre los velos de la melodía. Me estremezco al escucharme: las bocinas sonorizan y dan cuerpo a un ser lejano, corrupto. Un entramado de lamentos escenifica la obertura de su propio final.

 

Recuerdo la noche en que la escribí. La misma silla coja donde estoy sentado ahora, haciendo tap tap con la pata, el mismo porche polvoriento de la misma casa, en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Su olor a papel mojado es todo lo que perdura hasta la fecha. Esa madrugada Dios no vino a mí como una revelación ultraterrena, ni como un destello en la oscuridad de mi cerebro adormecido por la cerveza barata. Agarré la libreta con el dibujo del chita Chester en su portada y escribí unas estrofas, reflejo de mi estado de ánimo. Se me ocurrió que no tendría coros; iría toda de corrido. Eliminé los espacios entre las estrofas y quedó como una marcha deslucida contra la sociedad indiferente, una égloga de los Quintos Infiernos, un mal sueño del espíritu de Dante. Entonces, con mi mano dolorida tras el esfuerzo, lloré en la cochera al ver mi letra torpe y llena de tachones sobre las páginas cuadriculadas. Sentí ese maldito olor permanente a humedad impregnado en mi cuerpo. Estuve a punto de hacer trizas la libreta. En vez de eso, la guardé en uno de los cajones del escritorio. Como verán más adelante, esto de alguna forma me salvó dos veces, aunque no puedo decir quién fue el que me salvó primero. ¿Dios? ¿El Diablo vino en su ayuda, chocando las manos en un relevo, como si se tratara de una maldita función de lucha libre? El caso es que la libreta quedó atrapada en la oscuridad del cajón hasta que vino la verdadera revelación, y algo decidió comunicarse conmigo.

 

Lola era la única persona que sentía cierto respeto por lo que hacía. Mientras no tocaba en el escenario con la banda, me escurría por la cocina del bar y la barra, organizando comandas y apoyándola con las mesas. Su blusita blanca y sus shorts rojos, cortísimos, uniforme del restaurante, atraían las miradas lascivas y lobunas, pero no me afectaba. Mi sencillo mundo estaba ordenado para que así funcionara en ese agujero de luces, música y alitas adobadas. Lo toleraba todo, hasta las cínicas insinuaciones de los clientes achispados. Lo toleraba, a cambio de saberla mía. Mía en la cama, los dedos de mis pies junto a los suyos, jugando luchitas. Mía bajo los abetos del parque, en las risas del cine y bajo las gotas de la lluvia; mi Lola, siempre mi Lola.

¿Qué vas a hacer entonces?, preguntó la buena de Lola un día, así, de la nada. Sus ojos cafés, profundos, me escrutaban. Su pelo castaño, anudado en un moño blanco y coqueto, olía a chicle. Aún no sé por qué diantres preguntó eso, aquel día. No creo querer saberlo. Miro el cañón de la pistola y solo confirmo el destino que llegará presuroso por el otro lado de aquella oscuridad.

¿Hacer de qué?

Pues tu música, Javo. No puedes seguir tocando covers por siempre.

Estábamos recostados sobre la hierba en el parque, bajo un olmo fresco de grandes copas. Su piel, suave y blanquísima, contrastaba con la mía, áspera y morena. Sus rizos, más curvos que nunca, parecían moverse a voluntad. A lo lejos, una orquesta empezaba a ensamblar sus instrumentos en la concha escénica, alistándose para un concierto.

¿Y tú?, le regresé la pregunta, con toda intención beligerante. Odio que me presionen. A veces no lo puedo soportar y me transformo en Axl Rose, es decir, en un imbécil que pisa a fondo el acelerador en una autopista embadurnada de aceite.

¿Yo? Voy a matricularme a un curso en línea para finanzas, soy buena para los números. Está avalada por la mejor universidad pública del país. No voy a meserear por siempre,  Javi.

«Curso en línea», repetí con tono burlón, chasqueando la lengua. Por toda respuesta, me sostuvo una mirada terrible. Entonces qué quieres que haga, Lola, espeté, ya encabronado.

No lo sé, pero no puedes quedarte así en la vida. Antes hacías canciones propias. Antes componías, y me gustaba.

 

Antes componías, Javo, antes eras guay y traías la Magia contigo, componías y parecía que ibas a algún lado, seguro lo pensó. Seguro que antes componía y tenía la Magia, vaya que sí. Como dije, ella era la única persona que sentía algún respeto por mí.

La Magia acabó en mi segunda adolescencia, que acá se le llama a eso que sucede cuando cruzas los dieciocho; una vez se me ocurrió tocar unas canciones de ese tonto repertorio de las que hablaba Lola, canciones juveniles y cursis. Fue un desastre. El bajista saboteó el evento porque creía que me estaba tirando a su novia, una putita grupi de la banda. Tocamos tan mal que terminamos abucheados y bañados en cerveza a mitad de la segunda canción. «Tus letras son para maricones y subnormales», me gritó el bajista. Nos agarramos a golpes abajo del escenario. Lola trató de intervenir, pero fue inútil y la policía nos llevó a todos.

 

Soy un perdedor, ¿es por eso, verdad, Lola? Las palabras venían desde lo más profundo de mi pecho. Ella me miró en silencio. Sus bucles castaños acariciaron mi brazo y los sentí más suaves que nunca. Se me erizó la piel, como un maldito pollo desplumado y hervido.

Lo que yo crea no es importante, dijo con una voz que jamás le había escuchado, átona, fuera de este mundo. Quizá —ahora que hago esta recapitulación de la memoria—, ese fue el catalizador de todo lo demás, y quizá Dios habló por medio de Lola: lo que tú creas es lo que te define. Solo soy tu novia, y quizá mañana, o la siguiente semana, o el próximo año, yo te deje, o tú me dejes; así es esto. No hay nada seguro en esta vida, solo lo que tú creas, Javo.

No supe interpretarla de otra forma. Me estaba juzgando como un perdedor de mierda, un vago que pretendía ser músico y que no podía seguir así. Y era claro, muy claro, que podía perderla en cualquier momento. La aparté de mi lado y me paré como un autómata. Si dijo algo más nunca me enteré; dejé a Lola bajo el olmo. El olor a chicle desapareció casi de inmediato y Axl Rose se alejó con toda la velocidad que le permitía su ego supersónico, dando pasos de estrella indignada.

Caminé por el parque, apretando los puños. Entre la furia latiendo en las sienes, Dios me empezó a susurrar al oído. Una melodía cargó el aire de electricidad y me erizó la piel de inmediato: era la orquesta que empezaba su concierto en la concha acústica. Las notas, suaves, ascendían y descendían, impregnando el parque de colores rojos, azules y verdes. Entonces sudé y sentí miedo. Corrí como un lunático.

La orquesta estaba en plena ejecución. Mientras tocaban, descubrí que aquello era perfecto para la marcha que había escrito en la libreta. No pude haberlo deducido yo solo, les digo que Dios me lo dijo, tuvo que haber sido Él. Sin el menor gesto de educación, interrumpí a las personas de la primera fila, preguntando cómo se llamaba aquella canción. En esa época no tenía un smartphone para buscarla. Recibí varios «chist» por mi intromisión hasta que alguien me aventó un programa. No pude más que gemir de contrariedad, era de una banda archireconocida, legendaria.

 

Corrí sin detenerme hasta llegar a mi casa. En la cochera, me recibió un verdadero desorden. Revolví como loco los estantes. No encontraba la libreta y me empecé a desesperar. Entonces abrí con violencia el cajón de uno de los escritorios y di con la pistola negra,

la misma que ahora sostengo.

A tientas, la saqué y revisé cuidadosamente. Tenía dos balas en el cargador. Nunca la había visto, debió haber venido en aquel mueble sacado de un bazar del centro. Bajo la pistola, estaba la libreta de Chester Cheetos. Era extraño, cuando guardé el cuaderno, jamás la vi; seguro estaba demasiado borracho.

Encendí la vieja computadora, y con el internet que robaba del vecino me conecté y empecé a componer, a jugar a ser un Mozart descuidado y torpe, pero muy dedicado.

 

Tardé unos dos meses en hacer la canción. Por primera vez sentía que hacía algo verdaderamente bien. Al final, usé la base de orquesta y la modifiqué para acoplarla a la letra. Con el precario software de audio, me armé de paciencia para no reventar la pc. El rompecabezas embonaba con la velocidad de un caracol; contaba los minutos en el bar para regresar a ajustar los cambios. Apenas dormía y comía. Un dj me prestó un micrófono para al fin poner mi voz a los arreglos. De alguna forma, Lola aceptaba tranquila mi ir y venir y mis febriles ánimos; supongo que toleró mi indiferencia ese tiempo como lo hace una muñeca tras un vidrio de plexiglás.

Mi canción se convirtió en una veleidosa princesa, mi princesa, la vestí de gala como una niña rebelde y traviesa. La peiné, la perfumé, le ajusté ese vestido incontables veces; vendí mis pocas cosas de valor para obtener la mezcla final y la masterización en un estudio de medio pelo. El resultado me dejó satisfecho y al fin retomé la vida donde la habíamos dejado. Después de mis constantes desvelos y mala alimentación, Lola me decía que parecía un espectro dopado, huesudo y ojeroso. Mi pelo revuelto me tapaba la cara, así que tuve que anudármelo en una coleta.

 

Dos semanas después, el encargado del estudio de grabación me entregó el cd. ¿Qué hacer ahora con la canción? No tenía la menor idea. El primer paso fue mostrársela a Lola. Se la pasé a su iPod, y la escuchó en los audífonos. Permanecí atento a cualquier expresión en su rostro, de principio a fin. Se quitó los audífonos y me miró significativamente. No tenía idea de los pensamientos que le acometían: ¿confirmaban mi estatus de perdedor? ¿Los meses que la ignoré no sirvieron para nada?

Me abrazó y me besó. Dos lágrimas suyas empaparon nuestras mejillas calientes. La amé más que nunca. Con esto daba a entender su perdón a mis descuidos y parsimonias, y el regreso de la Magia. Hicimos el amor entre las cajas, junto a mi vieja computadora. Sus uñas se clavaron en mi pecho, y gritó. Por primera vez, el olor a papel mojado se me hizo soportable.

 

Fue entonces, cuando apareció Marcelo Di Marco. Tenía un cierto parecido a Leonardo DiCaprio; un tipo encantador y relamido, vestido elegantemente de Gucci, con todo y saquito. Apenas entró al bar y varias chicas buenísimas lo saludaron y hasta se tomaron fotos con él. Incluso Lola —que parecía que le pediría un autógrafo— me lo presentó efusivamente cuando acabé de tocar con la banda. No me hizo nada de gracia saber que el tal Di Marco había sido amigo suyo en la preparatoria. En sus ojillos de pájaro había encerrada una incógnita y permanente determinación. Me miró de arriba abajo. Hechas las presentaciones, Lola regresó a la barra a ocuparse de las comandas. El tipo me invitó una cerveza, que acepté más intrigado que otra cosa.

—Lolita me mostró tu pista. Reconocí la base, pero creo que es prometedora —soltó sin avisar. Me quedé de piedra. ¿Lola había mostrado mi canción a un desconocido, sin mi permiso?

—Te voy a ser sincero, camarada. Me gustó la idea, el sample que tomaste, y en lo que lo convertiste.

Entonces se acercó a mí, sin dejar de mirarme con sus ojos claros, y susurró, como temeroso de que alguien nos escuchara en aquel mar de luces y platos de alitas rondando sobre nuestras cabezas:

—Te voy a decir la verdad. Es increíble. Pocas veces he visto muestras que casen así con la letra. ¿Es tuya, tú la compusiste?

Estaba confundido, me habían «agarrado de bajada», como se dice aquí comúnmente. ¿Quién diablos era este cabrón?

—Yo la escribí, armé y mandé masterizar —respondí, como una precaria defensa. Pero como bien intuí, Di Marco iba dos o tres movimientos adelante, y claramente mi canción era el tablero; yo y Lola, sus fichas.

—¡Perfecto!¡Excelso, maestro! —entonó, sonriendo y alzando su tarro de cerveza en un brindis imaginario.

—Perdón, Marcelo, no entiendo nada.

De nuevo, se acercó a mí, y siguió hablando en susurros. Detesto de verdad a la gente que se cree importante y te trata como un maldito retardado. Así me sentí. Sin embargo, el colmo fue su siguiente susurro:

—Mira Javo, el asunto es este: quiero llevar tu track a Virgin Records. Tengo contactos allí, y si les gusta, podrían llegar a un acuerdo contigo y tu banda. ¿Cómo se llaman?

—The Versus. Todo está registrado en Derechos de Autor.

—Eres un máster, ¡facilitas todo! Entonces no tendrás problemas en que pruebe, ¿verdad, camarada?

—Ninguno —dije, y di el primer sorbo a la cerveza. El tipo cada vez me gustaba menos.

—Solo una cosa —Di Marco se acercó a mí, y de nuevo el estúpido susurro—: tendremos que justificar esa pista. Virgin no acepta singles, mínimo un Ep con, digamos, cinco canciones más. ¿Cómo ves?

Me acordé de las rolas cursis que fracasaron ahogadas en cerveza y rechiflas. Podría sacarlas sin ningún problema. Tras dos rondas, convenimos en que Di Marco le mostraría la canción a alguien en Virgin, y si procedía, entonces ya nos meteríamos al estudio. Antes, sería un desperdicio. Fue incisivo, claro, en que no le mostrara el sample a nadie más. Nos despedimos, yo más confundido que antes.

Me olvidé del asunto. La verdad, hacía a Di Marco un cocainómano farsante y no creía que tal cosa fuese a pasar, pero aun así, registré la letra de la pista a mi nombre, «por cualquier cosa».

 

Pasaron días, meses. De nuevo, Dios me habló a través de Lola esa mañana, con la voz átona, desde una dimensión adyacente a la nuestra. Ahora que la recuerdo en estas salpicaduras de memoria, me pone los pelos de punta. Dijo que me había sacado la lotería: Virgin aceptaba mi canción y querían invitarme a grabar otras pistas para un álbum Ep, tal como Di Marco había previsto. Con todo y aquello, seguía bastante escéptico al respecto y me puse más a la defensiva con el guapito mamón ese. ¿Por qué le había dicho a Lola y no a mí primero? Llamé a Marcelo.

—Solo hay algo, camarada —dijo Di Marco, como restándole importancia—. Se tendrá que pagar una licencia por el uso del sample, me estoy encargando personalmente de eso, tú concéntrate en las pistas restantes. Eso sí, ya no podrás usar muestras de otras canciones. De otra forma, no habrá contrato.

 

Mi escepticismo cayó como la Pared de Pink Floyd. Todo se sucedió en una vertiginosa espiral desde que pisé por primera vez los flamantes estudios de Virgin Records. Hablé con los representantes de la disquera y me di cuenta de que todo iba en serio, mucho muy en serio. De repente, pasaba de mi cochera y el bar a una oficina donde colgaban discos de oro y platino. Me escoltaban legendarios dioses de la música, cual monstruosos Caravaggios perchados en los interminables pasillos, algunos ídolos míos desde la infancia. Incluso había una foto de la banda que me había prestado su canción para el sample, como una silenciosa aprobación a mi entrada a ese fantástico mundo. Lola estaba emocionadísima y sus ojos brillaban de entusiasmo.

Al fin, también me emocioné, de verdad. Me veía con muchas perspectivas si lograba afianzarme. Estaba en la Luna, en Júpiter, el universo era mío. Lo había conseguido. Lola y Marcelo me miraban con una mezcla de emoción e incredulidad al estampar mi temblorosa firma en los contratos y recibir el primer cheque, pasaporte a la gloria.

 

Quisiera decir que el álbum Ep resultó un éxito en su conjunto, pero no fue así. La canción fue un éxito, un demencial y nunca visto éxito de ventas y escucha a nivel mundial. De la nada, Di Marco me presentó mi cuenta en el banco con algunos ceros, que fueron aumentando hacia la derecha. ¿Qué hice? ¡Claro! Compré una casa decente y sin humedad para vivir con Lola, un BMW, y un Camaro. Se planearon las giras para The Versus por todo el país, para empezar. Millones de discos vendidos, millones de reproducciones en YouTube, millones de likes y euforia en las redes sociales. Presentaciones en los canales musicales. Todo era una locura y yo era Axl Rose con el ego del tamaño del sol. Las presentaciones acababan con el sample coreado por estadios y autódromos, la gente encendía sus almas en cada vela y encendedor contra la indiferencia del mundo señalada en mis letras. Me sentía arropado y escuchado, me cogía a las chicas buenísimas que quería. Fueron meses que se diluyeron en un suspiro, y el vidrio de plexiglás apareció entre Lola y yo. Entre sueños aparecía de vez en cuando, difusa, hablando en voz baja y arrastrándome por los pasillos de lujosísimos hoteles, en ciudades que hoy no recuerdo haber visitado.

 

Estaba incontenible: la gira sería mundial, y más ceros, más ego, se añadían a la cuenta. Entonces, un día me llegó una notificación con diez o quince abogados ante mi puerta. Era una demanda por USO INDEBIDO DE SAMPLE, firmada ni más ni menos que por los miembros compositores de la banda a la que se lo había tomado. Mareado por diversas sustancias jugando arrancones en mi organismo, hablé de inmediato con Di Marco, y dijo que no había problema, ya se había puesto en marcha para defenderme. Sus intereses también corrían peligro, pues terminó fungiendo como representante legal de The Versus.

La demanda empezó a acorralarme y las vistas en los juzgados eran cada vez peores. Cada que me acercaban un micrófono mandaba a todos a la mierda, y eso, en vez de causar encono, el mundo me lo aplaudía, ¡me lo aplaudía! ¿Me pueden decir en qué clase de puto mundo vivimos? Ese mundo que exhibía en mi sample seguía con su acostumbrado morbo los acontecimientos, y empezaron a ponerme en la línea de tiro. Los recursos que presentó Di Marco fueron insuficientes y mi abogado agotó la defensa.

 

Una tarde de octubre, el juez me señaló con su dedo, inmenso: tenía que restituir las ganancias a la banda legendaria. Todo lo generado por esa canción no era mío y mi sample era ilegal. La banda archifamosa se quedaba con todos los créditos de composición, a pesar de que yo la había escrito y registrado a mi nombre, y yo salía cantando en el video musical.

No me di cuenta en qué momento Lola y Marcelo salieron de la sala del tribunal. Cuando se dio la sentencia y las cámaras y reporteros me acribillaron a la salida, ya estaba solo, completamente solo. Hice dedos medios a todos con sendas mentadas de madre; escuché estruendosos aplausos y gritos por respuesta.

 

Esa tarde volví a quedar como antes de hablarme Dios. Por fortuna, había conservado la casa del barrio y a ella regresé, sin autos, sin joyas, y sin más que lo que llevaba puesto: unos jeans descoloridos y una camisa usada de cuadros. Hoy se cumple una semana de mi regreso a esta casa, mientras espero, cobijado con el maldito olor a papel mojado.

¿Qué pasó con Lola? No lo sé. Recuerdo una vez más sus palabras átonas de esa tarde en el parque, cuestionando mi parsimonia ante la vida.

 

Cuando regresé a la cochera, encontré la pistola y el cuaderno de Chester Cheetos en el mismo cajón donde los había dejado. La pistola es la segunda opción que me deja Dios. Espero que para tirar del gatillo sí tenga un poco de talento. Pego el cañón del arma a mi sien suavemente, mientras miro a Chester y la libreta.

«Uno…»

Cuento «dos» y mi dedo acaricia el gatillo. Entonces surge algo dentro de mí. Me obligo a mirar con mayor detenimiento la libreta. Es el mismo chita Chester, con sus lentes, sobre una patineta y con una cadena de oro inmensa colgándole al pecho. Separo el cañón tembloroso de mi cráneo y me descubro sudando copiosamente.

Abro el cuaderno; ahí está mi texto, salpicado con manchas de cerveza antediluviana.

Conecto la polvorienta computadora, esperando un chispazo o vapor saliendo del cpu. Por increíble que parezca, a pesar del abandono y la humedad, funciona, y puedo conectarme a internet. Saco una foto a la libreta con el móvil, me tomo una selfie con ella, y subo los datos y las fotos a un conocido portal de subastas en línea.

Bastaron treinta minutos para que las letras originales de «una de las canciones más populares del siglo», mis letras, se empezaran a tasar en cifras increíbles. Mi teléfono suena y en su pantalla aparecen números que me son desconocidos. Por curiosidad contesto una de las llamadas, y resulta ser la BBC de Londres.

 

La puja alcanza los millones de dólares y es cuando, mientras el mundo, el mismo mundo que mando a la mierda cada segundo de mi vida se pelea para hacerse con la libreta, pienso en que aún hay una salida, y su puerta la sostiene Dios y el Diablo por igual, solo alternándose a conveniencia. Por alguna razón imagino a Lola y Di Marco, perdidos en algún lugar del mundo, haciendo el amor y escuchando mi canción mientras ella se corre, crispando el pecho de Marcelo con sus uñas. También pienso —y me es difícil saber si es Dios quien me lo dice al oído— en que la pistola tiene dos balas, siempre las ha tenido.

«No hay nada seguro en esta vida, solo lo que tú creas».

La canción termina. Sonrío y pulso «Stop» al reproductor.

 

Mauro Barea

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