Secarral – Capítulo 1 – Un cadáver y una huída.

Secarral, Badajoz, 25 de Agosto de 2016, 09:32 a.m.

Tinín sueña. Imagina un mundo bañado por el sol y el canto de los pájaros invadiendo el prado mientras llueve al otro lado de la ventana. Es una de esas lluvias molestas y entrometidas que no lo dejan salir a jugar al palomar. Pero aunque el sol luciera con fuerza, Tinín no podría entrar en él. La estrecha portezuela, atascada por la maleza y los años de abandono, ya no deja pasar el volumen de su cintura, así que Tinín sigue soñando en un cuarto azul, de paredes forradas con papel pintado y flores rojas y amarillas adornando cada esquina. No le gusta. Aun así, no para de soñar. Sueña con correr por el prado que rodea el pantano, donde nunca lo dejan bañarse. O montarse en el carro viejo y oxidado del tío Ángel, al que tampoco lo dejan acercarse. Por si te cortas, le dicen. Pero él es feliz soñando que acaricia esa superficie áspera e irregular cubierta de mugre y metal corroído por el tiempo, rodeado de espigas y ramas secas. A veces se pincha con virutas de hierro verdoso y bromea con la sangre que brota de sus yemas, roja y brillante, corriendo tras la tía Dora, como si se tratara de un fantasma. Porque ella se asusta mucho cuando esto ocurre, aunque para Tinín resulte divertido. De hecho, se troncha de risa al ver a su tía alejarse del carro haciendo aspavientos.

Esta mañana Tinín sonríe sobre su colchón relleno de bolas enormes y blancas de algodón, comprado a cualquier «gitano verdulero», como dice su tío Ángel. Pero a él le cae bien esa gente de piel tostada y brillante, no entiende por qué los odia tanto. Pensar en ello lo invita a dibujar una mueca en su rostro con los ojos cerrados. A pesar de ello, Tinín sueña. Contento, en su mundo imaginario. Hasta que el grito de su tía Dora le arranca del escenario donde es feliz, cogiéndolo del pelo y dejándolo caer con violencia sobre su cama. Se asusta y respira con dificultad. Comienza a temblar y se acurruca sobre sí mismo como uno de los gatos que viven al lado, en la casa de esa mujer tan mayor. ¿Cómo se llamaba? Lo ignora. Quizá lo tenga apuntado en su cuaderno, pero se lo llevaron.

Tampoco sabe que su vida está a punto de cambiar para siempre.

En el mundo real, Tinín no escucha nada más, salvo un grito. Y decide estirar sus rechonchos brazos hasta alcanzar el batín que descansa a los pies de su cama. Erguido, se prepara para bajar a desayunar. Un leve aroma a perrunillas de anís proviene del otro lado de la puerta, introduciéndose con lentitud entre la rendija que hay entre ella y el suelo, como si de un gas venenoso e invisible se tratase. Una delicada lluvia, suave y constante, se precipita contra el jardín de la familia Terreros. Es agosto en Secarral, Badajoz. La temperatura es muy elevada y la humedad es insoportable. Una sensación agobiante invade el espíritu de Tinín y siente miedo. El calor no le viene bien. Y algo muy grueso le estorba. Al mirarse hacia abajo no entiende por qué vuelve a ocurrir. Como lo vea tía Dora lo obligará a conversar con el señor H. de nuevo. Y Tinín no quiere. Entonces recuerda el palomar, aquel al que ya no puede entrar. Suspira. El aire cebado de su habitación se adentra en sus pulmones sin que él sea consciente. Respira profundamente y se relaja recordando las paredes de aquel lugar, cubiertas de dibujos repletos de colores, fotografías, recortes, ilusiones y recuerdos. Por fin, la erección desaparece y Tinín sonríe y aplaude. Vuelve a estar contento.

Abre la puerta de su cuarto. La lluvia ha cesado y tan solo el repiqueteo de las últimas gotas sobre el pueblo le devuelve a una realidad muy alejada de su refugio en las profundidades de su imaginación, aquel al que le cuesta entrar.

Tinín se dirige despacio hacia el descansillo preguntándose cómo estará el pantano. Quizás está muy alegre de recibir la visita de nuevas amigas desde el cielo, como angelitos enviados por el Señor. Y decide bajar a la primera planta. Su infantil mirada, oculta bajo un cuerpo de cuarenta años, divisa el pasillo en penumbra. Una alfombra beis le indica el camino hacia la cocina, saltando sobre cada escalón que le llevará hasta allí. No escucha nada. Tan solo el golpeteo constante de las gotas de lluvia sobre su casa de tres pisos. Bueno, dos y la buhardilla, donde tampoco lo dejan subir. ¿Que habrá allí arriba?, piensa mientras desliza sus torpes pies por la escalera, alcanza el recibidor y se le nubla la vista. Todo se oscurece y pierde el sentido. Tinín siente que la cocina da vueltas y su tía Dora lo increpa, le grita palabras que no entiende, que no comprende por más que se esfuerza, y una sombra lo empuja hacia atrás. Se hace el silencio de nuevo.

Recupera la vista con las rodillas clavadas en el suelo. Su mirada enfoca unos pies que apuntan al techo. Es la tía Dora. ¿Duerme? No sabe cuánto tiempo ha transcurrido desde que le comenzó a gritar de aquel modo. Tinín masculla entre dientes cuando la ve tumbada sobre las placas de porcelanas negras y blancas, repartidas como un tablero de ajedrez, donde la reina yace. Su bruxismo se acentúa emitiendo un chasquido con los dientes que rechinan sin descanso. Sí, quizá duerme o, ¡qué va! Seguro que está jugando a que roza el carro con el estómago y se llena de sangre». Ya no recuerda la regañina de hace unos minutos.

Tinín se acerca arrastrando sus gruesas rodillas por el suelo húmedo hasta alcanzar el cuerpo caliente de su tía. Despacio, su mano izquierda toca el estómago empapado y su mano derecha sujeta el cuchillo que las tripas de la tía Dora sostienen en posición vertical. Los rayos de luz que penetran por la ventana semiabierta chocan con el filo metálico, emitiendo un brillo que lo deslumbra. Miles de partículas de polvo revolotean sobre el cadáver, moviéndose con rapidez, llevadas por la respiración de Tinín. Él no se mueve y tiembla. No sabe, no comprende qué ocurre y la respuesta no está en su libro, que él se lo llevó. En un arrebato, extrae el cuchillo con las manos rojas. Solo piensa en huir de allí, como si aquel elemento portara el alma de su tía Dora. Abre la puerta principal y corre. Corre muchísimo, bajando las escaleras del porche de un salto, empapándose de barro los pies desnudos. Corre como una gacela hasta el bosque de Cazarubias, que rodea Secarral. Un lugar donde su tía Dora nunca le deja entrar.

 

***

 

Puesto de la Guardia Civil, Secarral, Badajoz ,26 de agosto de 2016, 10:15 a m.

Desayunar botella y media de Fundador empezaba a ser una mala costumbre. Sobre todo cuando tal cantidad de alcohol se ingería dentro del horario laboral. Pero al teniente le importaba tan poco su vida que, minutos antes del estruendo provocado por los nudillos de un agente sobre la puerta de su despacho, sostenía con dificultad el cañón de su revólver sobre la mandíbula inferior. El habitáculo reservado para el máximo responsable de la seguridad de aquel pueblo era pequeño, cuadrado y oscuro. El teniente encargó tapar las ventanas con cartones que permitían el paso de luz en cantidades ínfimas. Una lámpara sobre su escritorio ofrecía toda la iluminación que necesitaba en su lúgubre existencia.

—Señor —dijo una voz joven al otro lado—. ¿Oiga?

El teniente no tenía nombre. Nadie sabía cómo se llamaba. Nunca mostraba su identificación y todos sus registros oficiales los almacenaba bajo llave en su despacho. Así que todos en la oficina le llamaban «mi teniente» o «señor».

Sus ojos soportaban el cansancio con dificultad y el alcohol ingerido no le permitía enfocar más allá de dos metros. Cuando escuchó una voz al otro lado del cristal opaco, dejó el arma sobre la mesa y esperó. Le gustaba hacerse rogar. De nuevo aquella presencia parecía no querer abandonar la puerta y, tras insistir dos veces más, el agente la abrió, liberando un olor a alcohol rancio. Jorge era un tipo menudo, joven e ingenuo en un lugar cuya media de edad superaba los cincuenta años y donde una mala pasada del destino le obligó a cubrir la plaza en aquel puesto de la Guardia Civil.

«Dios mío», pensó al verlo. Él le devolvió la mirada con los ojos inyectados en sangre, un hilo de baba pastosa cayendo por la comisura de los labios y la botella vacía sobre el escritorio, cerca del revólver que le apuntaba directamente. Jorge decidió cerrar la puerta por fuera. Claudia lo observaba desde su mesa situada a tres metros del despacho y se encogió de hombros.

—Nunca había visto nada parecido —se lamentó, dejando caer su cuerpo sobre la silla de confidente que acompañaba el escritorio de Claudia. Sin embargo, el descanso no duraría mucho.

—Vámonos —le dijo. Él obedeció resignado y se dirigieron al vestíbulo.

Durante el corto trayecto, Jorge aprovechó para interesarse por el estado tan deplorable del teniente, sin poder dejar atrás el hedor a alcohol y sudor que persistía en el interior de sus fosas nasales. Pero Claudia se adelantó.

—¿Estaba muy borracho? —preguntó escribiendo algo en un registro que la recepcionista les dejó sobre el mostrador, haciendo oídos sordos a la conversación.

—Como una cuba —respondió él.

Los agentes salieron al porche de la comisaría y miraron al cielo, que empezaba a clarear. Claudia suspiró y Jorge le dijo:

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace seis meses.

—¿Y desde entonces siempre está así?

—Solo cada martes. Es como una penitencia.

—Hoy es jueves —respondió extrañado mientras abrían el coche patrulla.

—Lo sé. Ese es el problema.

—Quizás podríamos hablar con el alcalde.

Claudia lo miró con desdén y se introdujo en el vehículo, situado en una de las pocas plazas guarnecidas por los árboles. Secarral se hallaba en medio de la zona más árida de Badajoz, delimitado por Almendralejo hacia el este, Lobón hacia el norte y Retamal hacia el este, y colindando hacia el sur con Santa María. La vegetación que adornaba las calles y plazas del pueblo se incluyó a propósito. Parte de esa nueva flora consistía en cinco cipreses de altura descomunal y sombra afilada que cubría zonas muy solicitadas en el interior del puesto de la Guardia Civil. Y fuera. Por suerte para Jorge, Claudia era una agente veterana y consiguió la plaza de aparcamiento sin mucha dificultad. Las puertas del vehículo se cerraron a la vez sintiendo un vapor tan caliente como asfixiante. Al sentarse, ella se mordió el labio inferior e hizo una mueca dirigiendo sus ojos hacia las llaves que su compañero había introducido en el contacto del coche. Él entendió e inmediatamente arrancó. A Claudia no le gustaba conducir.

La dirección que los agentes de emergencias les habían facilitado minutos antes se encontraba a dieciocho kilómetros, fuera de los límites de Secarral. Jorge no conocía el lugar. Claudia, sí. Y el teniente. Después de rodear el pantano de Entreabuelas y el cementerio, comenzaron a observar pequeñas fincas ocupadas por chamizos, casas de labranza desvencijadas, aperos oxidados y alguna furgoneta abandonada. Justo cuando pasaron cerca de un carro cubierto de óxido y mugre, Claudia le indicó que redujera la velocidad. Frente a ellos se elevaban diez pinos en hilera, como si se tratase de un escuadrón de soldados que custodiaban la casa situada justo detrás, dando paso al bosque de Cazarrubias. Una vivienda de dos plantas, construida en piedra y ladrillo visto, coronada por una buhardilla y circundada por un jardín que ofrecía un aspecto lamentable, descuidado y repleto de malas hierbas.

El coche se detuvo delante de la puerta principal, abierta varios centímetros. Desde el interior brotaba un olor a perrunillas que invadía todo el porche. Y las huellas de sangre salían desde la casa en dirección este, hacia el carro oxidado. Claudia, de pie junto al coche, metió la mano en su interior y agarró el transmisor para solicitar refuerzos. Jorge había caminado varios pasos hacia la casa, con el arma desenfundada.

—Dora… ¡Adoración Terreros!

Silencio.

Hacia pocas horas que la lluvia había abandonándola provincia de Badajoz para dar paso a un sol radiante y veraniego. Los pájaros deberían estar celebrándolo, pero, en aquella linde del bosque, no se escuchaba ni un alma. La casa de los Terreros parecía mantenerse en pie a duras penas, mostrando en sus grietas de adobe y piedra la huella de los primeros habitantes, que dejaron sangre y lágrimas grabadas en cada columna, pórtico y marco de las ventanas. Hacia el oeste emergía una pequeña cabaña que Claudia divisó nada más posar sus botas sobre el barro que rodeaba la finca. De paredes ocres y tablones podridos atravesados, cayó en la cuenta de que la portezuela se encontraba entornada. Luego de advertir que nadie respondía al nombre de la propietaria, hizo una señal a Jorge para que entrase en la casa y comprobó que continuaba paseando lentamente por el porche de la vivienda. Claudia suspiró al cielo y dudó de si su compañero había entendido el mensaje, al tiempo que su mano abría la puerta de la cabaña por completo. Un chirrido quebró el silencio. Un fuerte olor a pintura la obligó a taparse la nariz. Encendió la linterna con torpeza y el brillo de pequeñas cajas de madera color marrón oscuro la cegaron por un instante, pero se recuperó con rapidez y comenzó a examinar el lugar. El círculo de luz que paseaba por el interior de aquellas cuatro paredes de madera agujereada por la carcoma iluminó un banco de trabajo, varias herramientas colgadas y botes con líquidos de diferentes colores y texturas sobre dos pequeñas estanterías combadas. A su vez, Jorge caminaba por el porche con el revólver apuntando hacia el suelo y observando las huellas dejadas por la sangre, aún visibles gracias a su caída vertical y al tejado que lo cubría. Al ver el rastro que iban dejando, comprendió que se perdían allí donde el agua hizo acto de presencia. Estaba claro que alguien huyó de la casa.

En ese momento, una voz gritó desde el lado oeste de la finca.

—¡Claudia! ¡Claudia! —exclamaba una mujer octogenaria, de abundante melena color marfil y delgadez extrema, que se apoyaba sobre un andador con sus manos huesudas y dedos infinitos, dirigiéndose con decisión hacia los agentes.

—Adela…, espere, por favor, que ya voy —respondió Claudia.

—Ay, hija, cada día estoy más torpe… ¿Ya habéis visto a Dora? ¡Dios mío, qué le han hecho! He llegado esta mañana del hospital de Badajoz… Una radiografía, querida… Ya sabes, los años no perdonan… Me acerqué a ver si Dora había cuidado de mis gatos estos días y… ¡Oh, Dios mío! Pobrecita… —Sus manos pálidas y cubiertas de lunares oscuros taparon un rostro arrugado por el paso de los años. Claudia se giró y gritó a su compañero.

—¡Jorge, entra en la casa y localiza a la señora Terreros! Yo me quedo con Adela.

El obedeció sin rechistar y avanzó por el porche hasta entrar en la casa, donde su sombra se perdió en la oscuridad. En Secarral, Claudia hacía las veces de teniente mientras su recién llegado compañero intentaba comprender la espiral de autodestrucción a la que el verdadero teniente se sometía cada día. No sería lo único de lo que debería preocuparse a partir de aquella mañana.

En el interior del bosque de Cazarubias, alguien tirita de frío. La grasa que rellena su cuerpo no ha sido suficiente para darle calor durante la noche anterior. Secarral es un lugar húmedo cuando el sol abandona el cielo y los animales nocturnos comienzan a dominar el espacio, emitiendo sonidos espantosos y provocando terribles pesadillas. Tinín no ha pegado ojo a pesar del transcurrir de las horas. Sus manos continúan agarrando con fuerza el cuchillo ensangrentado mientras la luz del sol calienta su sien empapada por el sudor. Ya no imagina mundos maravillosos en el palomar, donde no puede entrar. Lo único bueno es que el ruido nocturno ha pasado y ya no tiene tanto miedo. Sin embargo, su mente ha comenzado a recordar. La edad infantil que vive en su cerebro acaba de madurar lo suficiente como para ser consciente de lo que tiene entre las manos. Se asusta y suelta el cuchillo. Intenta levantarse. Pero un dolor agudo resquebraja sus rodillas entumecidas por el tiempo que han permanecido estancas. Sus piernas no responden. Se lleva las manos a la cabeza sintiendo la sangre mezclada con el agua del rocío y comienza a llorar. Tinín se lamenta y solloza tan desconsoladamente que los árboles del bosque de Cazarubias parecieran sentir lástima por él, como si propagaran su llanto hasta llegar a los oídos de Adela y Claudia. En ese instante, un escalofrío recorre sus espinas dorsales y ambas miran en dirección del imponente alarido transportado por los árboles. Ya saben dónde está el pobre Tinín. Varios Jeep de la Guardia Civil aparecen de pronto como si hubieran orquestado su entrada en la finca al mismo tiempo que el grito les ponía a todos en alerta. Se miran y acuden corriendo delante de un monstruo que les invade e hiela la sangre. Un espectro que Jorge ve reflejado en los ojos abiertos de Dora, tumbada en el suelo de su cocina mirando al techo. En ese mismo instante, Tinín escucha numerosas pisadas que se dirigen hacia él y ladridos de perros hambrientos. Su pantalón se humedece de nuevo y calla, esperando lo inevitable.

 

David Verdejo

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