Secarral – Capítulo 10 – La advertencia

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Secarral, Badajoz, 31 de agosto de 2016, 15:00 p.m.

Las manos apretaban con furia el volante. Hubiera deseado sacar el revólver allí mismo, metérselo en la boca hasta que se ahogase y apretar el gatillo grabando la marca del odio en la pared. «Maldito cabrón», se repetía una y otra vez mientras atravesaba las calles de Secarral a toda velocidad. Al salir del pueblo, tomó la Ex-A1 en dirección a Toledo. Diez kilómetros después, detuvo el vehículo. Las ventanillas bajadas dejaban pasar los rayos de sol que apretaban sus dientes dejando sin respiración a toda alma viviente que caminase sobre aquel desierto de fuego. Su ira se transformó en dolorosa resignación al cabo de unos minutos, pero no fue  suficiente para tranquilizarlo. Sabía quién podría ayudarle.

Transcurrido un tiempo indeterminado, decidió regresar a Secarral.

Llegó a su destino y, aparcó el coche sin ningún cuidado. Cuando entró, rezumaba nerviosismo y los pocos clientes que se encontraban en el Ruta de la Plata, al verlo, sintieron miedo. Jorge observó en un espejo la imagen de un agente de la ley fuera de sí y reaccionó calmándose. Pero volvió a ponerse nervioso de inmediato.

—¿Dónde está?

—¿Dónde está quién, hijo? —le contestó una mujer oronda, bajita, de pelo canoso, que llevaba el mandil reglamentario atado a la cintura con tanta fuerza que los cordones laterales se escondían bajo sus michelines.

—¡Sandra! ¿Quién va a ser?

La mujer se paralizó. Un señor que vestía una camisa de cuadros verdes y azules les miró de soslayo, sosteniendo una taza de café en la mano. Jorge le devolvió la mirada con desprecio y este se concentró en su bebida. La televisión emitía una película del oeste a un volumen tan bajo que podía dormir a cualquiera.

—¿Qué está pasando?

La mujer miró el reloj, nerviosa. Y decidió arriesgarse.

—Ven conmigo, chico. —le respondió mostrando una preocupación inusual en el rostro de alguien cuya única labor es servir café y pastel de manzana.

Ella se dirigió hacia el fondo de la barra donde una ventana sin portezuelas comunicaba directamente con la cocina. Jorge la siguió y observó que se encontraba a oscuras. Muy extraño a esas horas.

—Verás, esta mañana Sandra me llamó desde su apartamento. Está enferma.

—¿Enferma? ¿Qué le ocurre, exactamente?

La señora comenzó a temblar. Jorge sudaba de puro nervio provocado por aquella mujer que no sabía mentir y comenzó a jugar con un palillero hasta que vertió su contenido sobre la barra. Decenas de palillos se desparramaron y pidió disculpas. Al recogerlo, lo volvió a mirar y le dijo.

—Mira, yo no sé nada, ¿entiendes? Eso me dijo, que estaba malita y no podía venir. Si quieres, ve a verla y compruébalo por ti mismo.

La mujer, de mediana edad, se mordió el labio inferior y Jorge respiró profundamente.

—Deme la dirección.

—¿Cómo dice?

—¡Que me dé la dirección!

—Mira hijo, yo no quiero problemas y, a decir por la sangre que te sale por la nariz, tú tampoco deberías buscarlos de nuevo.

Jorge se acarició con la yema del dedo índice y enfocó su mirada sobre el punto rojo que apareció en ella. De inmediato, enganchó una servilleta de un dispensador y se taponó la fosa nasal.

—Ese es problema mío, señora. Deme la dirección de una vez.

—Está bien, pero ¡yo no te he dicho nada!

Una mano rechoncha abrazó un bolígrafo situado detrás de la barra y garabateó un bloc de notas. La mujer cortó la hoja y se la entregó a Jorge. Él cogió el papel sin despegar la mirada de la mujer y abandonó la cafetería.

Al salir, el sol clavaba sus rayos sin piedad sobre cada milímetro de la calle Ruta de la Plata. Hacia la plaza del Generalísimo, un griterío de niños cantaba una típica canción infantil mientras caminaban hacia el parque situado detrás de la plaza. Un señor con una gorra del Atleti paseaba a un perro de raza indefinida, que bien podría ser confundido con un caballo, y una abuelita esperaba a que el semáforo cambiara de color para permitirle seguir con su lento caminar. Jorge se sentía como viviendo tras una pantalla de plasma gigante. Le dolía la nariz, la mejilla y el pecho. Miró el papel y leyó la dirección del apartamento de Sandra, pero no tenía la más remota idea de cómo llegar hasta allí. Observando los alrededores, encontró el kiosco de prensa. Se acercó sin la servilleta de papel en la nariz y le preguntó al dependiente. Este le explicó cómo llegar y Jorge se despidió amablemente.

La calle Santa Vigilia se encontraba justo al lado de la carretera de Torrijos, al este de Secarral, cerca del colegio. No era una calle demasiado larga, pero albergaba edificios de cuatro plantas a ambos lados, con escaleras que subían a cada portal y otras que bajaban a los sótanos. A Jorge le recordó las típicas casas americanas, con esos edificios de ladrillo marrón. Sonrió. Una sonrisa que duraría muy poco.

El apartamento de Sandra, situado en la segunda planta del número cuatro, mostraba en el balcón multitud de flores de colores. Llamó al portero automático pero no contestó nadie. Entonces decidió bajar unos pocos escalones y mirar las ventanas del piso. La cortina se movió despacio y unos dedos oscuros desaparecieron en la penumbra. Un coche granate con una pegatina de un zorro enorme estampado en la parte trasera pasó a escasa velocidad, y cuando Jorge se giró por instinto para ver quién era, aceleró perdiéndose en la desviación de Santa Vigilia con la carretera del Cura. Jorge volvió a mirar la ventana y la cortina tembló otra vez. Subió las escaleras y repitió la acción. No contestó nadie. Bajó varios peldaños y comprobó que alguien estaba mirando por la ventana del segundo piso Miró su reloj. Sacó el móvil del bolsillo y escribió un mensaje: «Volveré más tarde». El símbolo que mostraba que el texto había sido enviado apareció en la pantalla. Continuaba nervioso. Una farola se encendió y comenzó a iluminar tímidamente el portal de Sandra. El símbolo de recepción del mensaje apareció en la pantalla. Tres segundos después, que le parecieron eternos, el color de los símbolos cambió a azul. Y el texto «escribiendo» se mostró en la parte superior de la pantalla. Tras un instante, pudo leer el texto recibido: «Ok».

Tinín, despierta. «¡Despierta, Tinín! ¿No sabes dónde estás? Siempre fuiste un inútil». Tinín consigue abrir los ojos. Todo es blanco. Las paredes son blanditas. La cama está pegada al suelo. ¡Qué divertido! Tinín piensa que podrá saltar todo lo que quiera. Pero ahora le viene otra cosa a la mente. Algo muy feo. No le gusta y grita. Grita mucho y nadie le oye. Pero¿ dónde estoy? Quiere golpearse la cabeza con sus manos, pero no puede porque las tiene atadas. Vuelve a estar encadenado, esta vez con dos grandes cables de acero que nacen desde la pared hasta su espalda. «¿Quién es ese?» Tinín acaba de escuchar que abrían la puerta. Esa puerta tan chula, tan blanca y tan blandita. ¿Quién es? Tinín se repite, quiere saber, quiere entender, pero parece que aquel señor calvo, también de blanco, no lo escucha. ¿Y quién le acompaña? Ah, a ese otro señor, le conozco, pero no me acuerdo. Tinín quiere saber, Tinín quiere entender y escucha una voz familiar. ¿Usted? ¿Qué hace aquí?, Tinín pregunta asustado y comienza a recordar. Siente una punzada en el brazo, un gusano que se introduce por su cuerpo y le carcome. Recuerda el sótano, oscuro… ¿Usted? Tinín cree que algo malo ha hecho porque si él está aquí, si él ha venido hasta esta habitación tan chula. «¡El señor H… ¡No! Por favor… no quiero bajar otra vez. Por favor». Tinín llora y jadea. Siente un hormigueo en el cuello que lo paraliza. El señor de blanco sonríe delante de la pared blanca, cerca de la cama en esta habitación tan chula. Tinín se apaga. Su último recuerdo es el pozo. Tinín piensa que las serpientes se han metido en su interior y se rasca. Se sorprende porque ya no está atado, pero no quiere golpearse. Tiene las uñas largas y se araña el brazo. Pero Tinín se apaga. Comienza a elevarse y siente que puede volar. Ve su propio cuerpo tendido en esa habitación tan bonita y al señor de blanco delante de la pared blanca y al lado… al lado un señor de negro, con levita, reza.

Claudia recibió la llamada del doctor Lawrence Schneider a las siete de la tarde. Aún se encontraba en el puesto de la Guardia Civil. Tinín había fallecido. El doctor le explicó los hechos y ella escuchó con la mano masajeándose el cuello. Colgó diez minutos después.

—¿Hay alguien en el hospital de Badajoz? —preguntó al aire.

—Sí, dos patrullas y los de la científica. Llevan varias horas allí.

—¿Y por qué no se me ha informado?

Nadie respondió. Cada una de las bocas adheridas a los cuerpos que allí se encontraban se cerraron en banda, como si una cremallera gigante las hubiera clausurado, una tras otra. Claudia sintió una punzada en el pecho y se levantó rumbo al despacho del teniente. Pero estaba vacío. En vista del sentimiento de traición que se instaló en su interior, decidió irse a casa, darse una ducha y llamar a Jorge para anunciarle la muerte de Tinín con una cerveza en la mano y un pitillo consumiéndose en algún cenicero sucio y solitario.

Caminó despacio por la calle Primera mientras el sol abandonaba Secarral y dejaba pasar a la luna para que iluminase, en la medida de lo posible, aquel pueblo adormecido. Los restaurantes y bares mojaban las aceras con su luz. Los vecinos se amasaban la frente y resoplaban de alivio al sentir un poco de frescor en el aire.

El mes de agosto estaba resultando cruel, devastador. Decenas de cosechas se perdían cada día y el número de familias que se echaban a la carretera, abandonando sus cultivos, aumentaba sin cesar. Un día los Sánchez, al día siguiente los López Izquierdo. Los ancianos del lugar, acomodados sobre los bancos metálicos de la plaza del Generalísimo, discutían entre ellos lanzando comentarios como: «Oh, Dios mío, ¿sabes que la viuda de Mateos se ha marchado a casa de su madre, en Córdoba? Dice que aquí no hay nada que hacer, que la tierra está más muerta que su propio vientre», o «El joven Ferrán ha cogido a su mujer y sus cuarto chiquillos, los ha metido en un camión y se ha largado al norte… Hacía treinta o cuarenta años que esto no pasaba».

Hubo un tiempo de prosperidad. Una época en la que el destino de la región cambió para siempre y no a mejor. Los viejos de Secarral recordaban las historias de sus abuelos y el lugar concreto que cambió el mapa de Badajoz para siempre: Aldea Moret. Contaban que por el año 1864, un comisario de policía llamado Francisco Lorenzo y un tal Diego Bibiano González encontraron una piedra blanca en las lomas del cerro Cabeza Rubia. Dicho mineral resultó ser fosfato de cal al sesenta y dos por ciento de riqueza. Aquel hallazgo encumbró la región hasta ser exportadores mundiales del preciado mineral, provocando, incluso, la construcción del ferrocarril desde Lisboa a Badajoz en el año 1886.

Las conversaciones entre los ancianos de Secarral iban y venían. Daban saltos temporales, se comían historias y se inventaban otras. Algunos sentían verdadera nostalgia de la época anterior al cierre de la explotación minera de fosfatos, allá por el año 1960 y otros maldecían el descubrimiento de los fosfatos en el Sahara Español y norte de África, causante de la disminución de actividad y la caída en picado hacia la pobreza. Otros lloraban por no sentir más el olor de la pólvora en las minas de La Esmeralda, Abundancia o Labradora. Otros repetían «fosfatos», una y otra vez, como si aquella palabra relacionada con el preciado mineral fuera una tabla de salvación para su aburrida e insignificante vida. El ferrocarril, la Guerra Civil, el franquismo después, todo comenzaba en un punto y desvariaba hacia otros temas a voz en grito. Hasta que uno de ellos se detuvo en un recuerdo. «¿Os acordáis del cabrón de Armando Terreros, el que casi compra la explotación de La Malquerida?», dijo un abuelo calvo cuyas grandes gafas de pasta negras se tambaleaban sobre el puente de su nariz. Cerca de él, un bastón golpeó el suelo. Claudia estaba situada bajo el reloj del ayuntamiento y escuchó aquel golpe. Se giró y prestó atención.

—¿Quién te ha preguntado sobre ese tipo?

—Nadie. Me ha venido a la memoria. —respondió con temeridad.

—¿Y por qué, si puede saberse? ¡No sabes nada de Armando Terreros ni de La Malquerida!

—Oye, oye, a mí no me hables así. —El abuelo se levantó y sus gafas cayeron al suelo—. Tengo tanto derecho de hablar de ese maldito bastardo como tú. Además, me he acordado de él porque estabas hablando del Sahara y sus minas, cuando todo esto se fue al garete y, después, la guerra que acabó arrasándolo todo, cubriendo de polvo y muerte los pastos y cultivos. ¿O no es cierto que hablabas de todo eso, eh?

—Sí, claro que sí. Y me acuerdo de cómo abandonaron todo al marcharse, de las cosechas secas y el pueblo muerto de hambre después de la guerra, como tú dices. Pero nada tiene que ver eso con Armando Terreros, ¿te enteras? Así que cállate de una vez.

—¡Yo hablaré cuando me dé la gana y de quien quiera!

Claudia, al ver un bastón en alto, precipitándose contra la cabeza de un compañero octogenario, sintió la necesidad de intervenir.

—¡Cálmense, señores, por favor! —les dijo al alcanzar con su mano la vara de madera—. ¿Qué ocurre, caballeros?

—El imbécil este, como siempre, mandando. Será que en su casa solo lo hace su mujer.

Los hombres rieron. Claudia guardó silencio.

—Me voy. Está claro que con vosotros no se puede tener una charla agradable.

Tres abuelos se marcharon y Claudia permaneció junto al anciano que había nombrado a Armando Terreros. Se sentó a su lado.

—¿Cómo se encuentra, señor Muñoz?

—Bien, querida, bien.

El señor Muñoz Robledo bajó la vista apesadumbrado. Sus ojos vidriosos se perdieron en los pliegues de sus arrugadas manos que descansaban sobre la bola de su bastón. Sacó el labio inferior hacia afuera y dijo en voz casi inaudible.

—Está volviendo a ocurrir, querida.

Claudia lo miró extrañada. Varias decenas de pajaritos levantaron el vuelo hacia el norte y una ligera brisa fresca les acarició las mejillas. Las farolas de la plaza ya se encontraban irradiando su luz más potente.

—Te digo que se están marchando. Huyen a Madrid, Barcelona y Bilbao. La tierra no da para más y nadie ha vuelto a excavar de nuevo. Se ha secado, por dentro y por fuera.

—Los tiempos han cambiado, señor Muñoz. La agricultura ha resurgido y cerca de aquí existen zonas fértiles: encinares, pastizales regadíos. No hay escasez y… —El viejo giró la cabeza y la miró con seriedad.

—¡Que está volviendo a ocurrir! Cuando él llegó, todo se fue al traste. Este maldito pueblo nunca ha vuelto a ser lo que fue desde que apareció con sus aires de señorito y su dinero manchado de sangre.

Claudia tragó saliva. Aquel salto en la memoria del viejo la asustó.

—¿De qué está hablando?

—Sara. Se llamaba Sara. —El señor Muñoz Robledo se levantó y comenzó a caminar.

—¿Qué quiere decir? ¿Quién es Sara? ¡Dígame algo más! ¿Tiene que ver con Armando Terreros?

Las farolas de la plaza se apagaron por un segundo. Cuando volvieron a ofrecer luz a los adoquines de la plaza del Generalísimo, el señor Muñoz Robledo la miraba a dos metros de distancia. Su bastón temblaba bajo la mano derecha. Abrió la boca y susurró. Claudia leyó sus labios. Uno, nueve, cinco, uno.

Minutos después lo vio alejarse. Al perderle bajo los pórticos de la plaza, Claudia comenzó a caminar cabizbaja hasta su apartamento, jugando con los números que el señor Muñoz Robledo dijo en voz baja. «Si es el año 1951, coincide con la noticia del periódico, pero necesito más información», pensaba cuando una vibración le pilló por sorpresa dentro del bolsillo del pantalón. Ajena al transitar de los pocos vecinos de Secarral que circulaban por las calles a esas horas, sacó el móvil y vio el mensaje del teniente.

—¡Joder! —exclamó. Una mujer que paseaba con un crío de la mano y mucha prisa la miró sorprendida. Claudia sonrío y volvió a leer el texto: «Quiero un informe mañana a las dos sobre el estado de la vivienda de Adoración Terreros. No se demore». Claudia se lamentó una vez más, pero intentó volver sobre sus pensamientos, obviando la última interrupción.

Al llegar a su apartamento, depositó las llaves sobre el aparador y se dirigió lentamente hasta el salón. Abrió el paquete de tabaco que descansaba sobre la mesa y encendió un pitillo. En su soledad, mirando por la ventana la oscuridad que se cernía sobre el bosque de Cazarubias, Claudia volvió a sentir la necesidad de tener algo que abrazar en momentos como ese. Alguien a quien acariciar. Quizás una mascota peluda y entrañable. ¿Un gato?, o una gata. Pensar en aquello le dibujó una sonrisa, al ser una mascota y no un hombre a quien necesitaba en esos instantes. Pero recordó enseguida por qué la segunda especie animal no era bienvenida en su casa. Tragó el nudo de la garganta que se le acababa de formar, giró, dejó el pitillo humeante sobre el cenicero y se acercó a la nevera. Minutos después saboreaba un sándwich de pavo y una cerveza mientras anotaba en un papel el orden del día siguiente:

* Visitar la hemeroteca de Houston.

* Informe del teniente incendio casa Dora.

* Hablar con Jorge.

Claudia buscó una película antigua en YouTube sin ser consciente de que no sería posible cumplir una de las tareas.

 

David Verdejo

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