Secarral- Capítulo 11 – El recorte

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Secarral, Badajoz, 31 de Agosto de 2016, 22:10 p.m.

Jorge volvió a la calle Santa Vigilia sobre las diez de la noche, la con intención de entrar, al fin, en el piso de Sandra. Una suave luz amarillenta acariciaba las cortinas del salón situado en la segunda planta, pero, esta vez, decidió hacerse pasar por un vecino despistado para poder entrar. La estrategia no falló, y una amable anciana del primer piso le abrió el portal. Jorge, sigiloso, estaba subiendo las escaleras que conducían al segundo piso cuando lo sorprendió un carraspeo. Se detuvo. Juraría haber sentido una respiración cerca, pero desistió de seguir esperando a entender el origen de aquel sonido y continuó su camino.

Al llegar al apartamento, encontró la puerta entornada y desenfundó su revólver. Pensó en llamarla, pero quizás el ladrón seguía allí dentro. La abrió despacio y encontró una lámpara tirada en el suelo junto a multitud de papeles y periódicos esparcidos sobre la mesa, además de varios cajones abiertos cuyo contenido cubría el suelo de parqué. «¿Qué ha pasado aquí?», susurró. Con el revólver apuntando al horizonte, tras de sí empujó la puerta con el talón, sin llegar a cerrarla, y caminó hasta el pasillo que hacía las veces de distribuidor. No conocía la casa. Repasó cada objeto que allí se encontraba, hasta que dio con lo que estaba buscando. Sandra yacía sobre su cama, boca arriba y con el cable de un secador de pelo enrollado al cuello. Jorge guardó su revólver y comprobó que estaba muerta. Su rostro, bello como él lo recordaba, mostraba sobre su piel oscura diversos moratones y golpes. Entró en cólera, gritó y sollozó golpeando la cama, provocando que el cuerpo de Sandra se tambalease sobre el colchón como un muñeco a merced de las olas. A los pocos minutos, cuando consiguió calmarse un poco, sus pasos le llevaron al salón. Sacó su móvil y llamó a Claudia. Un tono, dos tonos. Nada. Miró la pantalla del dispositivo y volvió a marcar el número de su compañera mientras repasaba recortes de periódico tirados sobre la mesa. De pronto, lo dejó sobre el tablero sin hacer caso a la voz femenina que se escuchaba al otro lado de la línea porque algo lo dejó con la boca abierta. Jorge agarró con las manos un recorte de periódico de mil novecientos setenta y seis:

«Bella estampa donde observamos al misericordioso padre Jacinto León junto a dos hermanitos huérfanos e inocentes, abandonados por sus padres pecadores, que acudieron a la iglesia de Santa María durante el día de la Victoria…»

Y dejó de leer. La noticia no le causó ninguna extrañeza, pero la fotografía que se mostraba debajo le produjo un vértigo incontrolable. Volvió a doblarlo y lo introdujo lentamente en el bolsillo de su pantalón. Claudia escuchaba su respiración desde el otro lado mientras arrancaba la aplicación que la ayudaría a localizarlo. Sabía que el programa tardaría varios minutos en encontrarlo, pero no se imaginaba que serían insuficientes.

La boca de un cilindro frío y suave presionó la nuca de Jorge. El programa que Claudia había arrancado no lograba dar con la ubicación de su compañero.

—Te dije que la dejaras en paz. Ahora, atente a las consecuencias.

Jorge se giró.

—¿Eres tú el de la foto?

—Creo que no me has entendido.

—Maldito hijo de puta.

—No pienso discutir contigo. Te dije que no la tocaras y no me has hecho caso —afirmó con seriedad, rodeando a Jorge sin dejar de apuntarle a la frente—. Primero voy a detenerte por asesinato. La declaración será fácil: se te fue la mano, chaval, y la mataste con el cable del secador. Un tipo vicioso este nuevo Guardia Civil venido de la ciudad, ¿verdad? Segundo, te pudrirás en alguna cárcel sucia y atestada de chicos malos que desearán conocerte. ¿Te parece buen plan? Pues andando, vas a venir conmigo afirmar el maldito documento.

Claudia escuchaba al otro lado de la línea mientras sus dedos temblaban. La voz estaba distorsionada por la distancia al micrófono, pero podía escuchar frases sueltas que le indicaron la gravedad de la situación. Hasta que gimió en protesta al ver que la aplicación no devolvía la ubicación de su compañero.

—¿Estás grabando esto? ¡Maldito cabrón! —dijo al escuchar el lamento proveniente del dispositivo tumbado sobre la mesa.

Un disparo se escuchó en el número cuatro de la calle Santa Vigilia. Jorge esquivó la bala que se dirigía directamente a su pecho, pero penetró en el hombro derecho provocándole un dolor intenso y caliente. Su mano izquierda intentó golpear a su agresor sin éxito y comenzó a recibir multitud de golpes, hasta que este se hartó y colocó el revólver sobre la frente. Jorge pronunció sus últimas palabras.

—Mataste a tu hermana. Eres un puto loco y pretendes cargarme a mí el muerto. Ni lo sueñes.

—Tú lo has querido.

Claudia vio sobre la pantalla de su móvil la ubicación de su compañero y escuchó dos disparos más con espeluznante claridad. Después, silencio.

 

*

 

Tras un par de horas, el apartamento de Sandra se encontraba repleto de agentes y técnicos forenses. Claudia miraba el cuerpo de Jorge tirado sobre el suelo del salón, inerte, abatido. Abrazada a sí misma, no despegó la mirada de él hasta que el teniente entró en el apartamento.

—¿Qué ha pasado?

—Han asesinado a Jorge y a Sandra, señor.

—Una tragedia, sin duda.

Claudia lo miró con incredulidad.

—Quédese aquí hasta que esto se vacíe, asista a la clausura del apartamento y mañana quiero un informe a las dos, ¿entendido?

—Pero, señor…

—¡No le he hecho una pregunta! Limítese a obedecer, ¿quiere?

Claudia asintió con una mueca en la nariz al sentir el olor a pólvora quemada en los dedos del teniente cuando este la señaló muy de cerca. Al verle desaparecer, se acercó al cuerpo de Jorge. Sus facciones atléticas parecían pertenecer a un maniquí perfecto recién salido de fábrica. Los ojos abiertos y las pupilas dilatadas le conferían un aspecto pétreo decorado con las mejores pinturas. Dos técnicos forenses estaban en el cuarto examinando el cuerpo de Sandra. Claudia bajó la mirada desde el pecho hacia la cintura y vio un pequeño papel amarillento sobresaliendo del bolsillo de su compañero muerto. Miró de reojo para comprobar que los técnicos seguían ocupados en el cuerpo de Sandra y sacó el recorte de prensa para esconderlo en su propia mano, justo cuando los técnicos se personaron delante de ella para realizar los exámenes pertinentes. Claudia se levantó y les dejó hacer, arrinconada en un extremo del salón.

A las tres de la madrugada, acabó todo. Claudia se encendió un pitillo de camino de su apartamento. Al llegar, se dirigió directamente al cuarto de baño. Lentamente, se quitó la camisa y los pantalones. Tiró la ropa interior a un cesto lleno de prendas de vestir. Su cuerpo se introdujo en la ducha como la carrocería de un coche lo hace en el interior de una cadena de montaje, sin importarle lo que le fuera a caer encima. El agua resbalaba por su piel suave y tersa en una frenética carrera por alcanzar la plaqueta del suelo y aventurarse en llegar al mar mientras su mente jugaba con todos los acontecimientos sin sentido acaecidos en aquel pequeño pueblo de Badajoz llamado Secarral.

Cuarenta minutos después y con las manos arrugadas como las del viejo señor Muñoz Robledo, Claudia salió de allí empapada. Alcanzó una toalla que se anudó al pecho formando una cascada de algodón que la cubría hasta las rodillas. Para el pelo eligió otra y consiguió crear un turbante milagrosamente estable sobre la cabeza. Al verse las manos, recordó lo que el señor Muñoz Robledo le había dicho: «Armando Terreros, mil novecientos cincuenta y uno, Sara».

Esos datos la llevaron a otros y a otros más, hasta la conversación con su compañero Bernardo en el hospital, momentos antes de que Tinín clavase aquel vaso de vidrio roto sobre el pecho de Mel. ¿Qué tiene que ver todo eso con el recorte de periódico que guardaba Jorge? Se alarmó al ver que lo había dejado dentro de su bolsillo. Metió la mano en la cesta de ropa para comprobar que la humedad del baño no lo había estropeado y salió con el papel intacto hacia el salón. Una vez allí, lo desplegó y la luz hizo el resto. Vio la fotografía y lo reconoció. A ella, también.

—Dios mío —exclamó.

Enseguida llamó al teniente, pero su móvil no devolvía la señal. Pensó en enviarle un mensaje, pero desistió. Miró a la ventana y el reflejo del reloj situado al otro lado le devolvió la hora al revés, aunque supo interpretarla y, al comprobar que ya eran cerca de las seis de la mañana, decidió intentar dormir un poco. Ya tendría tiempo, al día siguiente, para preguntar al teniente si él era el niño de la foto.

Y si la niña que le acompañaba era Sandra.

 

David Verdejo

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