Secarral- Capítulo 12 – Confiésame, padre

Iglesia de Santa María, Secarral, Badajoz, 1 de septiembre de 2016, 8:20 p.m.

La Iglesia de Santa María perteneció a la Diócesis de Coria-Badajoz desde sus inicios. Sin embargo, la historia del templo y su actual afinidad nostálgica con el antiguo régimen no era del agrado del obispo, que veía con reticencia el apalancamiento del padre Jacinto, del cual daba buena cuenta de ello a sus feligreses siempre que le preguntaban los orígenes de aquel pequeño rincón espiritual, erigido en una colina al noroeste de Secarral. El párroco era un entusiasta de la historia de España y europea. Y uno de sus placeres, y que cada año vaciaban las arcas, eran los objetos relacionados con la época victoriana.

En el despacho de la sacristía, donde descansaba su tesoro personal en forma de mueble victoriano, el retrato de José Antonio se situaba a la derecha de la escultura de Cristo crucificado. Le admiraba incluso más que al propio Jesús. Todas las mañanas daba gracias a Dios por un nuevo día y al fundador de la Falange, mediante oraciones matinales, le agradecía la inspiración que le brindaba para realizar su labor en la diócesis. Y allí se encontraba, contemplando esa fotografía en sepia cuando escuchó golpear la puerta principal de entrada a la nave central. El padre Jacinto se apresuró a salir del despacho y alcanzó el altar custodiado por dos ángeles que rezaban incansables, uno frente al otro, a la Virgen María. Delante de las esculturas blancas y puras, el cura miró hacia la entrada, forzosamente iluminada por las seis débiles lámparas de latón y vidrio mateado que colgaban de nave central, cuyos arcos de medio punto soportaban el tejado de la iglesia románica, estirando las ventanas estrechas y delgadas como vainas vacías.

Frente de la puerta principal medio abierta, la silueta de una mujer joven, vestida con ropa ajustada, se vislumbraba gracias a la luz del sol que invadía los primeros bancos como un soplo de aire fresco ante tanta oscuridad bajo el palco donde descansaban los tubos dorados del órgano.

—¿Quién se presenta en la casa del Señor provocando tal algarabía? —el padre Jacinto alzó la voz y la palabras rebotaron en el tejado y en las naves laterales hasta llegar a oídos de aquella mujer.

—Necesito ayuda, padre.

El padre Jacinto tembló por un segundo. Se santiguó y sus zapatos negros comenzaron a bajar los escalones del ábside moviendo la sotana oscura con extrema lentitud. Ella hizo lo propio acercándose hacia él. El cinturón que sostenía el revólver provocaba un sonido desagradable al rozar con el uniforme. Una vez situado cerca de ella, escuchó:

—Tengo miedo, padre.

El cura la observó como quien desconfía de las visitas inesperadas. Él era un clérigo conservador, de esos que tienen clientes fijos entre sus feligreses. No le gustaban las sorpresas ni los recién iluminados por el Señor. Tampoco los niños que recibían la carne y la sangre de Cristo por primera vez y jamás volvían a pisar la iglesia. Ni siquiera los jóvenes. Sobre todo si se trataba de chicas, y mucho menos si llevaban pistola y representaban a la ley. Pero algo le decía que debía ofrecer otra cara.

—¿Qué ocurre, hija mía? —dijo mostrando sus manos abiertas hacia el cielo. Claudia posó sobre ellas las suyas y lo miró. Una lágrima furtiva logró escapar del ojo derecho y resbaló por el pómulo sonrosado. Al darse cuenta, apartó la mano y se secó. El sacerdote hizo lo propio y, girando sobre sí mismo ciento ochenta grados, bajó la cabeza y se agarró las manos a la espalda. Comenzó a caminar hacia el ábside.

—Nunca te he visto por aquí. Sin embargo, sé quién eres. Claudia Sebastián.

Claudia respiró profundamente.

—Hija de Manuel y Antonia Sebastián, ambos de origen Cántabro. Acudían a misa todos los domingos desde que se establecieron en Secarral. Participaban en todos los eventos que se organizaban en beneficio de la comunidad: recolectaban fondos para los más necesitados, recogían ropas y libros, ofrecían su casa durante la cena de Nochebuena. —El padre Jacinto dio media vuelta de repente—. ¿Qué pasó contigo, Claudia?

—¿Cómo dice?

Volvió a caminar en dirección a la sargento.

—Recuerdo el día de tu primera comunión. Lloraste como un alma poseída por el mismísimo diablo. Lucifer habría sentido auténtico pánico al verte jadear así sobre el altar. ¡Qué vergüenza!

Claudia le interrumpió.

—Padre, creo que ha sido un error venir. Mejor me voy —Y giró en dirección a la puerta.

—¡Espera! —escuchó—. Perdóname, hija mía, nadie debe ser rechazado en la casa del Señor. Debo aprender de su eterna misericordia para con los afligidos y pecadores. Ven conmigo, te lo ruego.

Claudia advirtió arrepentimiento en aquellos ojos cansados por el tiempo y caminó detrás de él. Las columnas ocres les acompañaron hasta el altar mientras esquivaban minúsculos rayos del sol que penetraban a través de las enjutas ventanas, dibujando líneas doradas como cuchillos luminosos sobre los bancos de madera que poblaban la nave central. En el altar, se pararon, y el padre Jacinto hincó su rodilla derecha sobre el mármol gris del ábside. Se santiguó una vez más y continuó su caminar hacia la sacristía, situada a la derecha y custodiada por otra escultura de María con el niño Jesús, a la izquierda de la puerta, y Cristo acompañado de otras dos figuras a la derecha. Al pasar cerca de una estructura de madera tallada con forma de peonza y unas figuras que lo adornaban, Claudia no pudo evitar preguntar por aquello. El cura frenó en seco con la mano apretando el pomo de la puerta y se giró.

—Ah, eso… Es un relicario, hija mía.

Ambos entraron en la sacristía despacio. El padre Jacinto ofreció asiento a Claudia a uno de los lados de un escritorio enorme de madera maciza color ocre. Cuando se sentó sobre una incómoda silla que crujió tímidamente, el religioso hizo lo propio sobre un sillón de cuero negro. A su derecha, una pantalla plana de veinte pulgadas mostraba una fotografía de su mentor. Frente a él, un teclado y ratón inalámbricos creaban una frontera virtual entre el sacerdote y su confidente. Detrás, una estantería repleta de libros escondía la pared, y a su izquierda, un armario que contenía su vestimenta para las liturgias protegía un precioso escritorio victoriano con multitud de cajones y portezuelas.

—Un mueble muy bonito, padre.

—¿Verdad? Dora hacía maravillas con la madera.

—¿Qué quiere decir?

—Una de tantas virtudes que colmaban el alma cristiana de aquella mujer, Dios la tenga en su gloria —se santiguó una vez más— era la restauración. Sus manos divinas y su talento debieron ser obra del Señor, sin duda… Restauraba todo tipo de objetos de madera, los barnizaba con exquisito cariño y paciencia, aplicándoles betún o qué se yo… Los dejaba impecables… Allí, en su cobertizo.

—¿Restauró este allí también?

El padre sonrió orgulloso de que alguien se fijase en su maravilloso escritorio de madera de nogal.

—En efecto. Esta fue su mejor obra. Y la última.

—Pero la cabaña no era un lugar muy grande, ¿cómo pudo…? —El padre la cortó clavando sus ojos en ella.

—Fue aquí.

Claudia lo miró extrañada y él señaló el suelo de la sacristía.

—¿Lo restauró aquí dentro?

—Eso es. Este mueble es una reliquia, una joya del diseño, no podía salir del templo. Una mañana de abril, durante una de mis visitas semanales a su casa, le comenté mi desazón al ver el escritorio en un estado cada vez más deplorable. Le pregunté si podría hacer algo con él y aceptó mi propuesta.

El curase inclinó hacia delante y cruzó los dedos entre sí. Miró a Claudia con fijación cambiando el rostro.

—¿Qué has venido a buscar a la casa del Señor, hija mía? —le preguntó en tono suave y directo.

Claudia volvió a sentirse insegura, temerosa, como si su alma estuviera a merced de los demonios que ahí fuera amenazaban.

—Tengo miedo, padre —dijo agachando la cabeza.

—¿De qué temes? Eres un agente de la ley, llevas arma y tienes licencia para disparar. Puedes defenderte… ¿De quién se trata?

—Ese es el problema, padre. Alguien asesinó a mi compañero, Jorge Rodríguez, y a Sandra, la camarera del Ruta de la Plata, anoche, en el apartamento de ella. Él me llamó cuando aún estaba vivo y algo reclamó su atención porque, cuando descolgué, escuché su respiración al otro lado de la línea, pero no hablaba conmigo. —Sollozó.

—Continúa, hija mía.

—Intenté que me respondiera, pero debió dejar el teléfono sobre la mesa y no colgó.

—¿No colgó?

—No.

—Sabes que no está bien escuchar conversaciones ajenas.

Claudia abrió la boca con indignación.

—Padre, ¡escuché a quien le disparó!

Un ligero temblor se sintió a lo largo del tablero donde se apoyaban las manos del padre Jacinto, como si una de sus piernas rozase, compulsivamente, una de las patas.

—Hija, si no fueras Guardia Civil, te diría que acudieras al cuartelillo, pero que estés aquí, en la casa del Señor, confesando la autoría de un crimen a un siervo de Jesús sin haberlo denunciado previamente, me asusta.

—Padre… —dijo inclinándose sobre el escritorio—. ¡Juraría que escuché al teniente!

El párroco se mordió el labio inferior y respiró profundamente. Un halo de furia manchó su aura y se levantó con violencia. Alzó la mano en señal de desaprobación y gritó.

—¡Imposible! ¿Quién crees que eres tú para hablar así de un miembro respetado de la comunidad? ¿Quién profiere ese tipo de calumnias a quien se siente perdido por la ausencia de su esposa y, aun así, continúa sacrificándose cada día para protegernos de malhechores y delincuentes?

Claudia no daba crédito. El padre Jacinto abrió el armario situado junto al mueble victoriano con tanta fuerza que la puerta derecha lo golpeó, provocando un ruido metálico seco. Agarró del interior un cuello morado y lo dejó caer sobre los hombros.

—Ahora tengo que dar misa. Quédate aquí o márchate, tú decides, pero no puedo escucharte.

—Espere un momento.

—¿Qué más deseas? ¿No han sido suficientes tus calumnias?

—Dora, su depresión… ¿cómo consiguió curar a Tinín?

El padre palideció. Estaba visiblemente molesto y Claudia se dio cuenta que había cometido un error.

—Lo que tenía que hacer.

Salió de la sacristía dejando a Claudia en su interior.

Al cerrar la puerta por fuera, el silencio llenó la estancia. Segundos después, un leve chirrido procedente del armario obligó a Claudia a girar la vista hacia allí y vio que la puerta derecha comenzaba cerrarse, despacio, por la acción de la gravedad y un mal ajuste de las bisagras. A medida que el ángulo formado por la tabla vertical y el armario se iba haciendo más pequeño, tras él se descubría el querido escritorio victoriano del padre Jacinto. En el plano horizontal del tablero decorado con exagerados motivos, apareció un hueco. Al verlo, Claudia entendió aquel chasquido metálico que escuchó cuando el padre abrió la puerta con fuerza. Se acercó y, en el interior, encontró un libro pequeño. Lo abrió y comenzó a leer abriendo los ojos al máximo. Tenía que actuar con rapidez, así que guardó el libro en su bolsillo, cerró la compuerta oculta donde se almacenaba y salió de la sacristía. De reojo, el padre Jacinto la miraba sin perder el ritmo del sermón que estaba ofreciendo a sus fieles. Al alcanzar la puerta principal, la abrió y salió a la calle. El sol la cegó durante unos segundos, pero pudo llegar a su coche.

En el interior del vehículo respiró profundamente. Espiró y acarició el libro que tenía entre las manos. Lo abrió y comenzó a leer. Su corazón latía con fuerza cuando una palabra abandonó su garganta rozando los labios húmedos por la emoción.

—Tinín…

 

David Verdejo

Compartir entrada:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *