Secarral – Capítulo 13 – Algo que decir

Apartamento de la sargento Claudia Sebastián, Secarral, Badajoz, 1 de septiembre de 2016, 18:21 p.m.

El diario de Tinín podría contener, a primera vista, unas doscientas páginas tamaño cuartilla. De ellas, el veinte por ciento mostraba multitud de garabatos, otro quince de frases inconexas y el resto eran relatos. Todos los registros comenzaban con un código, por ejemplo, 13j02 o 15m21. Claudia dedujo que se trataba de la fecha. Tampoco revistió un esfuerzo enorme entender por la letra cuándo Tinín se encontraba feliz, ya que estaba formada por trazos redondos y grandes. Los días que el chico se encontraba estresado o preocupado, lo manifestaba con letras estiradas, geométricas, incluso ilegibles.

Caía la tarde en Secarral. Los pájaros descansaban y los niños abandonaban las calles como hormigas que se introducen en sus huecos excavados en la tierra. Los coches aparcados en las aceras se enfriaban al igual que los aperos de labranza abandonados en varios solares contiguos. Los vecinos acudían a sus casas esperando una reconfortante cena después de una dura jornada entre trigales o un largo viaje desde la capital, y algo que ver en la televisión aunque, ese día, no había partido de futbol u otro deporte de masas. Tampoco algo que celebrar en el calendario. El pueblo no lo tenía apuntado como un día para permanecer en la calle, así que el espíritu de la soledad se adueñó de Secarral. Además, el único bar abierto en todo el pueblo, ese mismo día cerró por motivos familiares.

 

Es de día ya. Me he levantado temprano y no oigo nada. La tita no sé dónde está. He sacado la cabeza por la ventana y hace sol. Mucho sol. ¿Podré ir a jugar al carro del tío Ángel? Seguro que la tita se enfada. Hoy es sábado. Mañana domingo y los domingos vamos a misa. Eso ya te lo he dicho muchas veces. Antes me gustaba ir: comía galletas ricas y blanquitas, pero tenía que esperar una cola tremenda para que me dieran solo una. El padre Jacinto se ponía muy serio siempre que me la daba, y yo intentaba no babear mucho. Por eso la tita me compró un pañuelo. A veces, cuando babeaba mucho, el padre Jacinto me castigaba en su cuarto y me daba vino. Muy poco, porque decía que no debía ser como los mayores que beben hasta caerse redondos al suelo. Eso me dijo la tita que le pasaba al tío Ángel muchas veces. Bebía y bebía hasta caer al suelo. Cuando la tita se enfada dice que bebía por mi culpa…

 

Claudia sostenía un cigarrillo en la mano mientras pasaba una página tras otra. Saltaba los párrafos que no aportaban ningún dato interesante, pero clavaba su lectura en aquellos cuyo mensaje solía ser desolador.

 

[] y hoy ha vuelto a pasar. He hecho lo que el padre Jacinto me ha dicho: ver las fotos y aguantarme las ganas, pero no he podido. Cuando se ha ido y me he acostado, he manchado las sábanas otra vez y la tita se ha dado cuenta y me ha golpeado en la cabeza, muy fuerte. Me duele mucho. Le he pedido al padre Jacinto que se lleve las revistas, pero dice que no, que tengo que vencer al demonio y para eso ha escrito una H en todas ellas. Esa H tan mala y tan fea, para que me acuerde del Señor H.

 

Una pandilla de chiquillos gritaban en la calle. Era tarde. Los maullidos de los gatos anunciaban una persecución entre el grupo de niños cuyos padres son bien conocidos en Secarral y los gatos callejeros a los que todos odian. Alguno volvería a su casa con arañazos y su padre, con varias cervezas de más, le daría una paliza mientras su madre se aplicaba alcohol a las heridas infligidas por este durante la bronca.

 

Domingo. Día de galleta. Pero tengo miedo. Esta noche he vuelto a soñar con el señor H (casi escribo su nombre). Seguro que hoy me olvido del pañuelo o tropiezo con Pepín, que siempre me está chinchando y el padre Jacinto me envía a verle. He soñado con el «Pozo del arrepentimiento»… y me he puesto nervioso hasta hacerme pis encima. No quiero volver. No quiero. Hoy es día de galleta.

 

Un sonido en el descansillo detuvo a Claudia. Parecía un paso. Apagó el cigarrillo y avanzó sigilosamente hasta la mesa que reinaba en el centro del salón. Dos pasos más. Alguien acarició su puerta. Se detuvo. Volvió a arañar la madera. Claudia sostuvo el revólver entre sus manos.

De pronto, un disparo atravesó la cerradura del apartamento de Claudia y alguien entró con violencia. Para cuando ella intentó apuntarle, un golpe certero en una pierna precipitó su cuerpo al suelo. Un hombre se le abalanzó, pero Claudia rodó y le arrojó un jarrón mientras, sin pensarlo, decidió saltar por la ventana de su primer piso.

Su cuerpo menudo y atlético cayó sobre la tapadera de un contenedor de basura. Sintió un crujido en un costado y un grito ensordecedor fue expulsado desde su vientre. El hombre asomó su rostro desde la ventana y se introdujo de nuevo en el apartamento. Claudia llevaba aún el uniforme y las llaves de su coche en un bolsillo con cremallera, así que bajó del contenedor y, a duras penas, entró en su vehículo, aparcado diez metros más allá. Al entrar, vio al hombre salir de su apartamento y montarse en una moto de gran cilindrada. Ella arrancó. El también. No tenía tiempo para pensar un destino, pero la lectura del diario de Tinín la había inspirado y condujo hacia la casa de los Terreros. Tomó la setenta dirección noroeste con la moto a escasos metros tras ella. Con una mano consiguió acceder al móvil y arrancar una aplicación de la Guardia Civil. Cuando volvió a mirar por el retrovisor, no vio la moto, pero un golpe en el cristal le dio a entender que se encontraba a su lado izquierdo. El móvil cayó al suelo y aceleró. El agresor aumentaba la velocidad a escasos centímetros del vehículo y Claudia divisó los diez árboles que anunciaban la finca de los Terreros. El coche derrapó cerca de las ruinas del incendio levantando una manta de hojas secas que volaron en remolino. Claudia se bajó y comenzó a correr sin rumbo hasta que tropezó con un agujero situado en el ala este y cayó por unas escaleras oscuras.

 

David Verdejo.

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