Secarral- Capítulo 14 – El señor H

Sótano de la vivienda de los Terreros, Secarral, Badajoz, 1 de Septiembre de 2016, 1:14 a.m.

Una voz ronca se escuchó en la lejanía.

—Al fin has despertado.

Claudia se restregó los ojos y empezó a distinguir un foco de luz en el horizonte. Se encontraba en una especie de túnel, rodeada de extraños símbolos pintados sobre paredes desnudas, frías y grises. Sus manos intentaban posarse en el suelo húmedo.

—Creo que necesitamos más luz, ¿verdad?

Un chasquido metálico se escuchó y varias fuentes de luz blanca cubrieron el largo pasillo en el que Claudia se encontraba. Al fin pudo verle.

—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —dijo incorporándose.

—Soy el señor H —dijo un tipo vestido con una capa negra, una máscara de carnero con grandes cuernos que ocultaba su rostro y un látigo en la mano.

—¿Quién coño es usted? —gritó echando mano a la cartuchera vacía. Sus pies caminaron hacia atrás y tropezaron con un trozo de madera. Se giró y vio un agujero enorme flanqueado por una escalera de mano tumbada de extremo a extremo. En el fondo, criaturas brillantes y largas siseaban emitiendo un silbido terrorífico.

—Pero, qué cojones…

—No, no, no. No se habla así —dijo el señor H soltando un latigazo sobre el suelo—. Estás en el «Camino al Señor» y tendrás que rezar tus plegarias para cruzarlo y salvarte.

—Pero ¿de qué narices está hablado? —gritó aún más agarrándose a la escalera. En ese instante recordó las palabras escritas por Tinín a cerca de un pozo—. ¡Dios mío! ¿Qué hay abajo?

—¡El señor Horrendo te ordena que cruces el Pozo del Arrepentimiento para curar tu alma, o caerás en él! —dijo el tipo del disfraz acercándose y empujando la escalera con el pie. Claudia intentó mantener el equilibrio, pero sin éxito, y cayó al vacío junto con la estructura de madera. Durante la caída calculó que habría unos tres metros de alto. Las criaturas que poblaban el fondo del pozo amortiguaron el golpe y Claudia gritó desesperadamente hasta que se dio cuenta de que las serpientes que pisaba no mordían ni se defendían. Entonces volvió a mirar hacia arriba.

—Ese era el significado de la letra H… ¡Usted es quien castigaba a Tinín!

El señor Horrendo respiró profundamente.

—No llames castigo a los caminos marcados por el Señor, Claudia. Tinín poseía el alma contaminada por el mismísimo diablo, el espíritu malvado del viejo Sánchez. Bendito sea el Señor, que su alma descanse eternamente en lo más profundo del pantano.

Claudia no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Nadie podía hacer nada por él. Dora y su hermana lo intentaron. ¡Hasta que llegué yo! —dijo y se retiró la máscara. El rostro sudoroso del padre Jacinto emergió de la oscuridad mostrando un rostro siniestro.

—Usted está loco. —dijo sollozando. No podía ni imaginar el horror que Tinín debió vivir en aquel lugar aunque, por el olor y los colores de las paredes que revestían el pozo, consiguió hacerse una idea.

El señor Horrendo se acercó al borde del agujero. Claudia escuchó un sonido de pisadas más alejado, pero no movió ni un músculo. Respiraba con dificultad.

—Tinín fue fruto de la vergüenza, de la más absoluta aberración perpetrada por Armando Terreros y Gloria. ¡Maldito hijo del diablo! Ese tipo nunca tendría que haber parido a tres chicas, ni siquiera a un hombre. Pobre Sara, aquella chica con tan solo dieciocho años recibió el estigma de ser ultrajada, madre sin marido que la cuidase, pero tuvo a Clarisa, mi amada Clarisa…

—¿Su amada Clarisa?

El padre se relajó mirando al fondo del túnel.

—Recuerdo aquel verano de mil novecientos sesenta y seis. Yo tenía tan solo veinte años y ella quince, pero nos cegó el amor y se quedó embarazada de mellizos. Unos niños preciosos, aunque con la piel más oscura que el mismísimo anochecer de los tiempos… No sé cómo me enamoré de una esclava, pero así fue, no pude evitarlo. —De pronto cambió el semblante y sacó un arma del interior de la capa. Claudia abrió la boca unos centímetros al ver el cañón apuntándole directamente. Con valentía exclamó:

—¡Los mellizos son el teniente y Sandra! Ahora lo entiendo —dijo sin temer que el padre disparase—. Así que tuvo que vivir su relación con Clarisa en secreto sin poder ver a sus hijos.

El padre temblaba. Una voz se escuchó tras él.

—Todo ha terminado, padre. ¡Baje el arma!

Él se giró.

—¡Armando! Eres clavado a tu abuelo.

Claudia juraría que la voz pertenecía al teniente, pero decidió guardar silencio.

—No puedo más. Mi alma ya está condenada desde el crimen de Dora, así que me da igual morir aquí o en la cárcel —dijo apuntándole con un arma—. ¡Te dije que teníamos que quemar el puto diario! —gritó sollozando—. Pero me lo enseñaste y obligaste a conocer la verdad sobre mi abuelo, el bastardo de Armando Terreros, un violador y borracho que dejó preñada a una cría de tan solo dieciocho años, aunque… —hizo una pausa para acercarse un poco más— tú sabes de qué va eso, ¿verdad? Porque tu historia de amor con Clarisa no es tan bonita como la pintas. De hecho, ¡eres igual de culpable que Armando Terreros!

Claudia intentó caminar hacia el lado más alejado del pozo para ver la escena y escuchar toda la conversación. Cinco pasos hacia atrás sobre una cantidad ingente de culebras seseantes le permitieron llegar a la pared que, al pegar la espalda, sintió helada y húmeda. El olor que desprendía era insoportable, pero podía escuchar y ver lo que ocurría.

—Yo no te obligué a hacer nada.

El teniente gritó.

—¡Claro que sí! ¿Cómo ocurrió? Ah, sí… Te dije que Dora encontraría el diario del chico si le permitías a restaurar el jodido escritorio. —De pronto, se dirigió a Claudia—. Escuche esto, sargento, le va a gustar. Dora era una cotilla de cuidado, y cuando leyó las páginas que el atontado de su hijo había escrito sobre todo lo que este cabrón le hacía aquí abajo, se dio cuenta del daño que le estabas provocando. Estaba dispuesta a denunciarte, pero eso ya lo sabías —continuó dirigiéndose al padre Jacinto, que se aproximaba al borde del pozo—. Sería una entrometida, pero tenía más dignidad que tú y, en el fondo, quería al chico. Acudió a la hemeroteca del Heraldo de Badajoz y descubrió lo de Clarisa. Si aparecía con el cuento en mi oficina, sabes que todos iríamos detrás.

El teniente comenzó a respirar con torpeza. El sonido de sus botas arañando el suelo alertó a Claudia, que solo alcanzaba a ver la espalda del párroco y sus pies al borde del pozo. Se hizo el silencio y el teniente exclamó:

—¡Ahora te toca pagar por ello!

Un disparo y el padre Jacinto cayó lentamente a un metro de Claudia. Ella gritó sin poder evitarlo y, cuando el teniente la vio allí abajo, le apuntó. Ella le devolvió la mirada. Rápidamente, alzó la pistola hasta su sien y apretó el gatillo, justo cuando varios agentes de la oficina entraban en el sótano.

El cuerpo inerte del teniente se precipitó hacia el fondo del pozo. Cayó sobre el padre Jacinto formando una cruz.

 

David Verdejo

 

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