Secarral – Capítulo 5 – Una habitación luminosa.

Hospital de Badajoz, a cuarenta kilómetros de Secarral,30 de agosto de 2016

Una carretera de doble sentido, abrazada por las hierbas secas de los campos de trigo, unía el pequeño pueblo de Secarral con el hospital más cercano. Un edificio singular, al cual nadie quería ir, que se alzaba en plena capital, construido en tiempos pletóricos de árboles que regalaban a la tierra la posibilidad de ver crecer la hierba. Ahora el viento azotaba las paredes pálidas del sanatorio. Contaba con centenares de camas repartidas en varias plantas. El bloque de hormigón que destacaba en aquella ciudad —mucho más grande que Secarral—, soportaba un tejado plano con una cruz roja sobre él, fácilmente visible para los vecinos que desearan solucionar sus problemas de salud.

Allí fue trasladado Tinín el mismo día que fue agredido en el puesto de la Guardia Civil. Y también Hermenegildo, Mel, cuando su cuerpo, grande como una mula, se desplomó en la nave central de Santa María durante el funeral de Dora. Los afligidos vecinos de la señora Terreros recordarían para siempre aquel sepelio interrumpido por el estruendo de ese tipo al quebrar la quietud que acaricia la muerte en el interior de la iglesia, y también la forma estrepitosa con que los técnicos sanitarios se lo llevaron, tropezando con los bancos de la iglesia y el portón de la entrada. Algunos vecinos cercanos a las puertas del santo lugar se llevaron las manos a la boca en más de una ocasión al ver cómo el cuerpo de Mel desafiaba las leyes de la física.

El rostro del padre Jacinto lució, ante los asistentes de las primeras filas, toda la paleta de colores que el ser humano es capaz de mostrar. Solo luego de recuperar el anhelado sosiego, y encontrándose únicamente él y sus feligreses junto al ataúd que contenía el cuerpo sin vida de Dora, pudo continuar el sepelio. Veinte minutos después, los miembros de la comunidad abandonaban la iglesia de Santa María entre susurros, vagos lamentos y alguna extraña risita sin sentido. El párroco acompañó el ataúd con el rostro anclado al suelo, la barbilla rozando su cuello y las manos apretando contra el pecho una pequeña Biblia de tapa blanda. Seis vecinos elegidos transportaron el féretro hasta la fosa que se abrió doscientos metros más al norte, en el antiguo cementerio que protegía la iglesia. Enterrarla allí y no en el nuevo camposanto construido cinco años atrás a las afueras de Secarral, fue decisión exclusiva del padre Jacinto.

Frente al ataúd donde descansaba el cuerpo acuchillado de Adoración Terreros, el sacerdote pronunció las últimas oraciones. El sol calentaba los sombreros y vestidos negros de los vecinos que lloraban amargamente la pérdida de aquella buena mujer, hasta que el ruido metálico de las cadenas y rodamientos que depositaron el ataúd en el interior de la tumba, rompiendo los llantos y el canto de los Chotacabras que habitaban las copas de los árboles alejados unos metros, creó un ambiente siniestro y frío. Con el crujir del mármol sobre mármol se zanjó el asunto del entierro de Adoración Terreros en el viejo cementerio de Secarral, fallecida el veinticinco de agosto de dos mil dieciséis, en extrañas circunstancias.

Mel ha sufrido un colapso generalizado, o algo parecido, le dijeron a Claudia por teléfono aquel tórrido martes. Finalizó la conversación con el funcionario de turno, sintiendo la oreja empapada y pegajosa. La pantalla del móvil mostraba goterones plateados que brillaban bajo los rayos del sol. Alzó la vista y miró al cielo poniendo su mano a modo de visera. Al devolver el brazo a su posición natural, sintió un frescor bajo la axila que, aunque resultase placentero, no anunciaba nada bueno.

—¡Joder, qué calor, por Dios! —dijo su compañero al abandonar el puesto de la Guardia Civil y sentir el fuego en su sien.

—Hola, Jorge. ¿Tienes el informe? —le preguntó con un suspiro.

—Aquí está.

Ambos entraron en el vehículo oficial y dejaron la carpeta marrón que contenía las pistas para resolver el crimen de Dora en el asiento trasero. Bajaron la ventanilla al máximo. Gracias al movimiento del coche, la brisa que entraba por las ventanillas les despertó del letargo provocado por los cuarenta grados que caían, uno a uno, como puñales sobre Secarral. Claudia aprovechó para reproducir la conversación con el funcionario del hospital respecto al estado de Mel.

Durante el trayecto, Jorge se estaba poniendo al corriente de los últimos datos sobre la salud de aquel individuo cuando Claudia le preguntó algo inesperado.

—¿Qué tal con Sandra?

Él tragó saliva y sintió un picor intenso bajo la barbilla. En ese instante, ni el frescor que acariciaba su pelo ni los pocos árboles del paisaje le hicieron sentir mejor.

—¿Qué quieres decir?

—Venga, Jorge. Vi cómo coqueteabas con ella en el Ruta de la Plata, o ¿me lo vas a negar?

—Fue ella la que se sentó en la mesa cuando saliste. Yo solo quise ser amable.

La conversación se detuvo bruscamente en un cruce cuando una furgoneta verde se saltó una señal de stop y colisionó con el vehículo de los agentes. El golpe fue tan fuerte que el coche se clavó en el asfalto rebajando la presión del aire de las ruedas. El cinturón de seguridad de Jorge no reaccionó con la rapidez que debería y se precipitó contra el salpicadero gritando y asustando aún más a su acompañante. Claudia dudó un segundo entre atenderlo o salir del coche y acribillar a balazos al conductor de la furgoneta. Actuó rápido. Le preguntó cómo se encontraba, él contestó que bien y ella salió disparada hacia el otro vehículo agarrando el revólver con su mano derecha y apuntando al habitáculo del conductor temerario.

—¡Baje del coche, maldito hijo de puta!

Cuatro grillos cantaban ajenos al accidente que acababa de ocurrir frente a ellos. El viento detuvo su caminar por los campos de Secarral dejando las espigas de trigo rectas y amenazantes. El motor que rugía en el interior de la furgoneta verde se caló sobre el asfalto, dejando un rastro de arena tras de sí. El silencio reinó bajo un calor sofocante. Claudia respiraba profundamente. Sus fosas nasales recalentadas introducían un aire irrespirable en sus pulmones. Su pecho se expandía bajo su camisa azul claro amenazado reventar los botones mientras la tensión arterial aumentaba considerablemente y el sudor empapaba las axilas.

—¡He dicho que baje del coche!

Tres grillos continuaban cantando. Una suave brisa recorrió Secarral, acariciando el flequillo empapado de Claudia. Jorge abrió la puerta con la mano derecha mientras con la izquierda sostenía sobre su frente un sucio pañuelo encontrado bajo el asiento del coche. Sus párpados, casi cerrados, miraban la escena con estupor.

Claudia alcanzó el portón derecho de la furgoneta. Una intensa humareda comenzó a salir del motor cuando ella la abrió y guardó silencio. Jorge comenzó a asustarse: el humo, el calor, Claudia al lado de la furgoneta… Y un tremendo olor a gasoil. Claudia metió la cabeza en la cabina de la furgoneta para cerciorarse que se encontraba vacía y observar su contenido: recortes de periódico, sobras de comida rápida y alguna lata de cerveza. Jorge prestaba atención al lateral del vehículo y sintió un escalofrío. Sobre la puerta, volvió a ver el símbolo que acertó a situar en el puesto de la Guardia Civil, cuando Tinín fue atacado. Sin embargo, una imagen más grave desvió su mirada al suelo. Sus pulsaciones aumentaron y su respiración entrecortada se aceleró.

—¡Claudia, sal de ahí!

Un charco verdoso se expandía cada vez más desde los bajos de la furgoneta, apareciendo como un mal presagio. Claudia estaba mirando en el pequeño espacio que dejaban los asientos y la pared de la furgoneta cuando escuchó gritar a Jorge. Se asomó y tan solo alcanzó a ver los brazos de su compañero moviéndose compulsivamente, hasta que un olor insoportable la invadió.

—Vámonos, joder, ¡vámonos!

Claudia reaccionó corriendo hacia Jorge y él se situó en paralelo, abandonando el coche oficial a la carrera. Ella se detuvo y regresó al vehículo, abrió la puerta, agarró el informe y volvió a correr tras su compañero. Este la estaba adelantando varios metros cuando dio media vuelta y se quedó petrificado observando la furgoneta. De repente, una explosión añadió más conmoción a la escena. Los grillos dejaron de cantar y el viento se entretuvo moviendo las llamas de un lado al otro. Jorge perdió el conocimiento a la vez que Claudia agarraba su móvil con torpeza, observando con resignación los folios que salían volando de la carpeta hacia el cielo, perdiéndose en los campos de Secarral.

Dos horas después, Jorge despertaba en una cama del hospital de Badajoz. Claudia, sentada en una incómoda silla, con vendas en los brazos y las rodillas, mostraba una herida en la frente mientras miraba con cierto sentimiento fraternal a su compañero.

Los párpados le pesaban una tonelada. La espalda crujía tan solo con pensar un movimiento y las piernas le temblaban sin razón aparente. Ante él, una enfermera redonda como la rueda de un carro lo miraba con cara de pocos amigos.

—¿Cómo se encuentra?

Jorge intentó emitir alguna palabra que pudiera entender aquella mujer embutida en un uniforme de batín y pantalón blanco. Pero no tuvo éxito.

—Oiga, amigo, ¿me oye? ¿Cómo se encuentra?

—Señora, ¿podría hablarle con delicadeza? Acaba de…

La enfermera giró noventa grados, lentamente, su enorme cabeza sobre su grueso cuello. Sus pupilas se esforzaban por detener la dilatación, al tiempo que las paredes de su nariz se expandían y aspiraba una gran cantidad de aire. Un paso, dos más y se situó a escasos centímetros de Claudia, que viendo cómo aquella mujer había cambiado el rostro ante su petición, decidió ponerse en pie.

—Oye, guapita, llevo más de treinta y seis horas despierta, he atendido a tres borrachos apaleados por unos municipales, un violador pillado in fraganti, un chaval con la cabeza reventada en un accidente de coche y tres críos que se quedaron encerrados en un ascensor al salir de su casa. En esta planta tenemos solo dos auxiliares más y no hay médicos suficientes para atender a los más de cien pacientes que se hacinan en las habitaciones y pasillos. No recuerdo la última vez que me tomé un puñetero café, así que déjame hacer mi trabajo como se me antoje, ¿de acuerdo? Dile a tu amiguito que rellene esto cuando se le pase la jaqueca y me lo entregas en el puesto de control.

Y se marchó de la habitación, dejando caer un formulario vacío sobre los pies de Jorge.

—Madre mía con la señora, ¿eh? —confesó luego de un carraspeo.

Claudia permaneció en silencio mirando la espalda de la mujer salir de la sala. Una mano cogió el formulario.

—Parece que quiere esto rellenado. Voy a por un café.

Jorge cogió el papel y se incorporó. Lo leyó y buscó un bolígrafo para comenzar a responder cada pregunta. Claudia abandonó la habitación con la sensación de estar cargando una mochila llena de piedras. A cada paso que daba sentía como si se hundiera en el suelo, hasta que una puerta al final del pasillo la hizo detenerse. Permaneció inmóvil varios segundos observando aquella habitación de cuyo interior emanaba una luz blanquecina muy fuerte. Se asustó. Su cuerpo brincó hacia atrás, consciente del origen del sobresalto.

—¡Bernardo! Joder, qué susto me has dado.

—Perdone, señorita Sebastián, pensé que me había visto.

—No te preocupes. Estaba embobada mirando aquella puerta. ¿Vienes del cuartelillo?

—Sí, señorita. Vengo para hacer el relevo.

—¿Relevo?

—En aquella habitación están ingresados los señores Tinín y Hermenegildo Contreras. Los compañeros que les custodian necesitarán descansar.

—¿Hermenegildo?

Bernardo sonrió. Era un tipo grande y patoso cuyo corazón era de tamaño proporcional a su abdomen.

—Mel, señorita. Hermenegildo siempre ha sido conocido como Mel, el mismo que perdió el conocimiento en la iglesia de Santa María, durante el funeral de Dora Expósito, ¿recuerda?

—¡Ah! Sí, sí, perdóname.

Un ruido metálico detuvo la conversación abruptamente. Bernardo y Claudia dirigieron sus miradas a la habitación de la cual emanaba esa luz tan extraña. Entonces Claudia cayó en la cuenta de que ningún compañero estaba a los lados de la entrada vigilando el interior.

—Dios mío.

Corrieron como si los persiguiera una manada de búfalos rabiosos y, cuando abrieron la puerta de la habitación de par en par, Bernardo se llevó las manos a la cabeza y Claudia desenfundó su arma.

 

***

 

Tinín se tapa los oídos.

—Eres el tonto del pueblo, Tinín. Nadie te quiere y tú lo sabes, eres la desdicha de tu familia, la vergüenza del pueblo. Los críos se burlan de ti cada vez que te atreves a pisar la calle. La señora Palmira no quiere venderte pepitos rellenos de crema porque pones pringando el suelo de la tienda, y el señor Benito ya no te fía ni para el periódico de tu tía. ¡Eres un puto desastre!

Tinín llora, se lamenta y se golpea la frente con los puños cerrados. No quiere escuchar esas voces que le gritan y cree que el dolor que le producen sus propios nudillos sobre la sien aplacará el que le provocan esas palabras tan feas. «Son malos —repite a cada golpe—. No les creo, la gente me quiere, me dan caramelos y me regalan revistas, revistas de coches y de juguetes».

—Eres un estorbo, Tinín. No vales ni siquiera para que tu tía reciba una pensión de invalidez y, mientras, ¿qué haces? ¡Mírate! Tan solo te golpeas, te escupes y babeas como un crío. ¡Espabila! ¿A qué esperas para morirte de una vez?

Tinín se encoge sobre su cama, adopta una posición fetal que le regala unos segundos de protección antes de recibir el primer golpe. Luego viene otro más y después un tercero. Y cuarto. Tinín se cae de su cama cuando un pie desnudo le pisa las costillas y Tinín se retuerce de dolor sin entender qué está pasando. No sabe por qué recibe esa paliza: lleva sin tocarse una semana entera, ya no ve las revistas marcadas con la «H» del señor H e, incluso, ha logrado aprenderse todas las oraciones que tenía pendientes. Y, sin embargo, Tinín no grita a pesar de cada golpe. Algo se lo impide.

—Idiota… ¡Haznos un favor a todo el pueblo y tírate por la ventana! Suicídate o, mejor, que te saquen los intestinos como hizo el viejo con la puta de tu tía.

Tinín detiene su respiración. Desde el suelo, mira la lámpara que ha caído sobre la bolsa de plástico que contiene su ropa. No ha producido ningún ruido. Ha dejado de llorar y repite mentalmente la palabra prohibida. A su tía no, nadie le dice eso a su tía Dora. Cuatro dagas se clavan en su corazón y hacen cada agujero más grande. La vuelve a escuchar una y otra vez, recordando el camino que le obliga a cruzar el señor H cada vez que él dice una de las palabras prohibidas y la oscuridad se cierne sobre su conciencia, surgiendo un calor infernal de lo más profundo de su pecho. Pero esta vez no es él quien las pronuncia. Y a tía eso no se lo llama nadie. Sus puños se cierran sobre la palma de la mano, sus piernas se expanden, se pone en pie y arquea las cejas. Las voces se han detenido.

—¿Pero qué haces, imbécil?

Tinín no puede contener la furia que se ha liberado en el interior de su cuerpo. La última frase que sale de aquel individuo lo empuja a enganchar con sus manos un vaso de vidrio que no duda en romper sobre el canto de la mesita situada a su lado. La lámpara en el suelo apunta hacia la entrada de la habitación y los miles de cristales brillan en el aire mientras caen al suelo con una lentitud extrema Una, dos, tres y hasta siete veces. Tinín siente placer. Una más, solo una más. Eleva el brazo cuya mano aprieta con fuerza el vidrio resquebrajado. La sangre de su propia extremidad abierta recorre el brazo y siente una erección que lo perturba durante unos segundos. Tiempo suficiente para escuchar una voz que le grita desde el umbral de la puerta.

—¡Las manos en alto y no te muevas!

 

David Verdejo

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