Secarral – Capítulo 6 – La historia pendiente.

Hospital de Badajoz, a cuarenta kilómetros de Secarral, 30 de agosto de 2016

Tinín fue trasladado a la unidad de Psiquiatría del hospital. Una vez establecido en su habitación, Claudia regresó con Bernardo, que descansaba sobre un sofá situado en la salita de espera próxima a la habitación donde se habían producido los hechos. Al entrar, lo encontró con la cabeza oculta entre sus brazos y se sentó a su lado. El brazo de Claudia intentó abarcar la enorme espalda del compañero, afligido por el espectáculo que acababa de presenciar. La imagen de Tinín apuñalando repetidas veces el cuerpo de Mel sobre la cama, junto a grandes charcos y salpicaduras de sangre esparcidos por el suelo, se repetía en su mente.

—¡Cielo Santo, Claudia, pobre chico!

—¿Qué ha podido ocurrir? Tú lo conoces desde que era un crío, ¿verdad?

Bernardo sintió que el tiempo se detenía. El silencio los cubrió, aislándoles del mundo real hasta que él reunió las fuerzas suficientes para continuar hablando, con la mirada perdida en algún punto de la pared.

—Todo se torció el verano de 1984. Tinín y los chicos jugábamos a la pelota frente a la tapia de los Sánchez hasta que se rompió la ventana del almacén. El viejo Alberto, como todos llamaban a Al, salió detrás de nosotros con una escopeta en la mano, escupiendo por su boca decenas de improperios. Gritaba y se paraba. Volvía a gritar y volvía a correr de nuevo, hasta que comenzó a disparar al aire. Nos refugiarnos donde pudimos al escuchar los disparos, pero, ni sé en qué momento, el arma apuntó al horizonte y acertó en una rama que golpeó a Tinín. —Bernardo sintió humedad en sus ojos y sacó un pañuelo de papel para secarlos—. Hasta ese mismo instante, era un niño alegre, simpático e inteligente, aunque un poco travieso.

—¿Que ocurrió después?

—Nunca regresó. El chaval que conocíamos todos se perdió en algún punto de su mente y tan solo quedó a la vista un niño tímido y retraído, temeroso incluso de la brisa que acaricia el campo durante las noches de verano. Su tía no lo llevó nada bien. Estaba acostumbrada a las preocupaciones normales de un crío, no a lo que vino después. Antes de aquel suceso, Tinín entraba y salía de la casa de los Terreros cuando le daba la gana. Acudía al pantano de Entreabuelas cuando le apetecía e incluso robó una caña para ir a pescar. Su tío Ángel ya no hacía carrera de él y eso que contaba con solo siete años. Estaba hecho un trasto. Cuando la rama del árbol le cayó en la cabeza, todo cambió.

—¿Qué pasó con el viejo Sánchez?

—Bueno. Dicen que Ángel, al ver que su Tinín había desaparecido y lo habían cambiado por «un saco de heno», cómo siempre decía, le hizo una visita. Cuentan que se citaron a la orilla del pantano, el mismo donde el niño estaba aprendiendo a pescar, y que solo uno de ellos volvió de aquel lugar. Ángel, por supuesto, siempre mantuvo que dejó al viejo Sánchez mirando las aguas con el rostro afligido, pero nunca más volvieron a saber de él.

—¿Y Dora?

—Dora entró en una depresión tremenda. Su cuerpo y su ánimo se fueron degradando con los años hasta llegar a un punto tal que ya no hablaba, no comía, se hacía sus necesidades encima y nadie la limpiaba, porque ni su hermana ni Ángel, el marido de esta, tenían el valor suficiente para cuidar de ella o las ganas.  El accidente de Tinín sumió a la pobre mujer en un profundo dolor que solo el padre Jacinto supo aliviar.

Bernardo se puso en pie y ofreció la mano a Claudia para que le acompañase.

—Como ya sabe, Dora tenía dos hermanas más, Ángela y Sofía. La última murió a los pocos años de nacer, y tanto ella como Ángela permanecerían en la casa familiar con sus padres, Armando y Gloria. El padre de las chicas era un señorito de los de antes, defensor a ultranza de los valores absolutos de la familia y un anticomunista declarado… Ya sabe, un provocador que comulgaba con esas barbaridades que llevaron a este país a la guerra. Incluso se rumoreaba que durante su juventud formó parte de grupos de ultraderecha que salían a «cazar rojos». Dese cuenta de que hablamos de los años cuarenta, en pleno apogeo del franquismo. Y así pasó.

—¿Qué quieres decir?

Bernardo empezó a caminar hacia las máquinas de bebida caliente y sándwiches frotándose el rostro desencajado con sus grandes manos.

—Pues, que Armando se casó con Gloria en el año 53, una cría de tan solo dieciocho años a la cual maltrató hasta la muerte. El odio rebosaba por los poros de su piel. Siempre que tenía ocasión, escupía sobre las fotografías de dirigentes de izquierdas. Él tenía treinta y dos años y decenas de hojas llenas de delitos menores… y una violación. Pero nada le detuvo y transformó la casa en su propio campo de concentración, estableciendo reglas muy severas. Creo que ya conoce la condición impuesta a las chicas para recibir la herencia, ¿verdad? Todo el pueblo habló de ello cuando el rumor corrió por las calles de Secarral como una serpiente asustada. Pero la vida es como es y no se puede luchar contra los sentimientos. Ángela conoció a Ángel durante un baile y se quedó embarazada de Tinín esa misma noche. Ella intentó, por todos los medios razonables, convencer a su padre para que le permitiese contraer matrimonio, pero ante su rotunda negativa, y más de una paliza, no tuvo más remedio que ocultar el embarazo simulando diversas enfermedades o vistiendo ropas cada vez más anchas. Cuando la naturaleza reclamó al crío, Ángela parió en medio de un pajar, atendida por la señora Sagrario, la que vendía huevos en la plaza; resulta que era una mujer con estudios, ¿sabe? ¡La primera veterinaria de Secarral! El caso es que el niño nació sano pero sin futuro, hasta que la propia Ángela trazó un plan: confabularse con su hermana para simular que le entregaba el niño como si lo hubiera encontrado en la parroquia. De esta forma, lo cuidaría y viviría con él, en la misma casa que su hermana Dora, aunque esta nunca pudiera comportarse como una madre. Finalmente, Ángela consiguió casarse con Ángel en 1975.

—Entonces, ¿Armando dio su brazo a torcer al saber de la existencia de Tinín?

—No. Murió algunos años antes de la boda. Su esposa falleció incluso antes que él. En aquellos días, Ángela se veía con Ángel a escondidas. Cuando Dora apareció con el pequeño Tinín en sus brazos, el viejo Armando quedó paralizado. El tipo, aparte de ser un inútil que no sabía ni freír un huevo, sirviéndose de Gloria para todas las labores de la casa, sintió que criar a un bebé fuera del matrimonio, de una cualquiera, era una terrible maldición, algo que no podía tolerar de cara hacia dentro de su casa y, sobre todo, hacia fuera. Cuentan que, mirando al bebé en los brazos de su hija, susurró por última vez el nombre de Gloria con algo de ternura, pero debió perder por completo el control y, ese mismo día, se levantó la tapa de los sesos con su escopeta, en el sótano de la casa.

—¿Por eso la entrada está tapiada? —preguntó Claudia con incredulidad.

—Dicen que el cadáver sigue allí abajo —dijo suspirando y mirando al techo—. Al poco tiempo, Ángela y Ángel se casaron y alquilaron una pequeña vivienda cerca de Secarral, mientras Dora seguía haciéndose cargo de Tinín, haciéndole creer que sus verdaderos padres eran también sus tíos.

Ambos caminaron despacio hacia una sala que se encontraba al otro extremo de la planta, donde podrían servirse café en unas máquinas encastradas en la pared.

—¿Qué quieres?—preguntó Claudia.

—Un cortado, gracias. Cuando ocurrió el accidente de Tinín, Dora enfermó y Ángel y Ángela decidieron mudarse a la casa familiar para estar con ella, con el niño, y encontrar una solución a su depresión. Aunque para su cuidado físico contrataron a un chico del sur que la aseaba con esmero, nada de lo que pusieron en práctica para solucionar su depresión funcionó. Dora mejoraba y Tinín se encontraba cada vez más ausente y apagado. Entonces, después de varios años desesperantes, apareció el padre Jacinto.

Claudia y Bernardo volvieron sobre sus pasos en dirección a la habitación de Jorge.

—¿Consiguió algo?

—Eso parece.

—No lo dices muy convencido.

Bernardo dudó, amasando su barbilla con la mano. Meditaba si continuar la narración una vez mostrada su particular manera de pensar o cambiar de tema.

—Nunca me gustó el padre Jacinto —confesó con el rostro serio. En ese mismo instante, la mano derecha de Bernardo se posó en el estómago de Claudia deteniéndola de inmediato. Su café estuvo a punto de salpicar el suelo. Ella lo miró con recelo, pero él miraba en otra dirección. Claudia giró la cabeza y siguió el rastro que su compañero dibujaba con los ojos, atravesando la ventana donde se encontraba Jorge.

—¡Pero, qué cojones! —exclamó soltando el vaso de café que cayó sobre sus pies empapando las botas. De inmediato entró en la habitación.

La puerta golpeó con fuerza el armario situado a su derecha y Sandra despegó sus labios de la boca de Jorge a la vez que ambos miraban a Claudia como un explorador observa a un león famélico y muerto de hambre frente a su presa.

—Pero, ¿qué haces?

—¿Dónde estabas? —respondió Jorge sorprendido.

Claudia se aproximó a Sandra y la miró con desprecio. Pero ella no se amedrentó y le plantó cara.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —insistió.

—¿Y a ti qué te importa?

—Largo.

—¿Cómo dices?

—¡He dicho que te vayas!

Bernardo intervino agarrando a Claudia del brazo y arrastrándola fuera de la habitación. En el pasillo la empujó con delicadeza hacia el interior de la misma habitación donde minutos antes le confesó la historia de los Terreros.

—¿Pero qué puñetas le pasa, señorita Claudia? ¿Se puede saber a qué viene este espectáculo tan bochornoso?

—¡Oye! Has sido tú quien me ha parado frente al cristal para que viera como se besaban.

—¡Exacto! Pero yo solo la he detenido para que no les interrumpiera, porque Jorge es un hombre libre que puede besarse con quien quiera, ¿verdad? Así que, a menos que sienta algo más por su compañero o estén comenzando una relación, no entiendo a qué viene esto, señorita Claudia.

—No me hables como si fueras mi padre, Bernardo.

—Sabe que esa no es mi intención, pero la escena que ha protagonizado es harto vergonzante. ¿Son celos?

—No son celos.

—Pues parece que sí lo fueran.

—Que no es… ¡Déjalo! —titubeó—. No sé lo que me ha pasado, ya está.

Los casi dos metros de Bernardo abrazaron a Claudia engullendo la vergüenza que esta sentía. Segundos después, volvieron a la habitación de Jorge. Sandra ya no se encontraba allí.

—Hola, Jorge. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias.

—Bernardo, ¿podrías entregar esto en el puesto de control, por favor? —le rogó mostrando un formulario lleno de garabatos. Él lo cogió entre sus gruesos dedos, asintió y desapareció.

—Discúlpame por lo de antes —dijo Claudia con la mirada apuntando a sus pies.

—No te preocupes. Imagino que no te lo esperabas, eso es todo.

Sonrió.

—Están siendo unos días muy duros, Jorge. Y no sabes lo último.

—¿Qué ha pasado?

—Tinín, algo le está ocurriendo.

—Eso desde luego, no está bien de la cabeza, pero ya lo sabíamos.

Claudia se acercó a su compañero y le habló en voz baja.

—Ha matado a Mel clavándole un vaso de cristal roto decenas de veces. La habitación parece un matadero y hemos evitado las salpicaduras porque se detuvo justo cuando le apunté con el arma.

—¡Qué dices!

—Lo han trasladado a psiquiatría —dijo levantándose y mirando por la ventana.

El patio del hospital era un hervidero de pacientes y camillas correteando de un extremo al otro, en una orgía de movimientos rápidos y sincronizados

—Algo extraño está pasando, Jorge —afirmó masajeándose la sien con sus dedos—. Primero hallamos el cuerpo de Dora apuñalado en la cocina de su casa. Ese mismo día, Tinín aparece en el bosque de Cazarubias cubierto de sangre, con el arma homicida a escasos dos metros de él. Después, Mel entra en la comisaría desquiciado y alguien ataca a Tinín dejándole las cuerdas vocales reventadas, sin habla.

—Y no te olvides de la furgoneta verde.

—¿Cómo?

—La furgoneta verde por la que estamos aquí, el accidente, la explosión. ¿Recuerdas? Estoy seguro de que es la misma que vi en el aparcamiento del puesto de la Guardia Civil cuando perseguí a lo que fuera que esperaba detrás del espejo, en la sala de interrogatorios.

Claudia clavó su mirada en las magulladuras que Jorge presentaba en su rostro. Su pecho semidesnudo presentaba solo algún rasguño. Él le devolvió la mirada en el mismo lugar.

—Mel aparece en la iglesia, se desploma. Luego Tinín lo asesina de una forma que jamás hubiera imaginado. Y las historias de Bernardo…

—¿Qué te ha contado?

—Detalles interesantes que desconocía sobre la familia y algo del sótano de aquella casa.

—Está tapiado, si mal no recuerdo.

—Exacto. Y ya sé por qué.

—¿Ah, sí? —exclamó Jorge incorporándose y bajando las piernas hacia el suelo. Llevaba un batín azulado que se cerraba por detrás y, al comenzar a caminar hacia el baño, dejó entrever las nalgas prietas y erguidas que sus piernas soportaban. Claudia decidió guardar silencio sin dejar de mirar cómo se alejaba hacia el baño de la habitación.

Jorge sonrió.

 

David Verdejo

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