Secarral – Capítulo 7 – Adolescencia perdida.

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Unidad de Psiquiatría del hospital de Badajoz, a cuarenta kilómetros de Secarral, 30 de agosto de 2016.

Tinín mira al norte. O al sur, no lo sabe aunque siempre quiso mirar al norte. ¿O era al noroeste? No lo recuerda. Siente cosas extrañas en su interior y no sabe qué camino tomar. ¿Dónde está? ¡Ah! Sí. Una habitación. Blanca. Muy blanca y suave. Las paredes son blanditas. ¡Qué gracia! Sí, percibe, con la piel de su frente aún manchada de sangre, que las paredes parecen colchones que alguien dejó apoyados sobre ellas. Qué buena gente la de ahí fuera, le cuidan y no quieren que se haga daño golpeándose contra el muro. Pero… Un momento, ¿qué es esto? No puede moverse, le cuesta sacar los brazos hacia adelante porque los tiene atados. Están encerrados bajo una tela y… ¡Oh Dios! Hay muchas correas aquí abajo. Herrajes, cadenas, cuerdas y cerrojos. Es como vivir dentro de un baúl o de una caja de transporte llena de clavos. Tinín mira al frente. Ve una puerta e intenta ir hacia allí, pero una cadena, muy grande y muy pesada, le tira desde la espalda hacia atrás cada vez que quiere correr hacia la salida. No le importan los brazos, necesita las piernas. Quiere salir. Quiere huir de allí. Es una habitación blanca, luminosa y de paredes blanditas. «¡Pero qué hago aquí!», y algo se rompe en su cerebro y se conecta en su mente… y le dice que ha crecido dos años más, o tres. Tinín jadea. Habla bajito y escucha su propia voz distorsionada. «¿Hola?», se pregunta. Y nadie responde porque no hay nadie más allí dentro. De pronto, los recuerdos que pululaban en el interior de su bóveda mental han desaparecido, transformándose en leves sombras que revolotean en su interior, siluetas confusas de lugares y objetos familiares. ¿Qué es esa imagen de una casa que emerge de la copa de un árbol? ¿Y por qué no puedo ir al pantano? ¿Y ese carro cochambroso?

 

*

 

Claudia lo miraba desde el otro lado del doble acristalamiento con red de seguridad integrada del ventanuco incrustado en la puerta de la habitación especial. En el fondo, sentía pena por aquel chico. Tinín era conocido en todo el pueblo y, a diferencia de Mel, era querido. Mel representaba el icono de la decadencia sufrida durante el estallido de la fiebre del ladrillo, y formaba parte de los tipos que firmaron hipotecas imposibles cuando ganaban miles de euros al mes y se lo gastaban en coches y prostitutas mientras su familia no veía ni un céntimo. Y como muchos de ellos, cuando la burbuja reventó, no encontró más consuelo que el alcohol barato engullido sin cesar. Pero Tinín no. Ese pobre chico había perdido su vida y su infancia por un accidente sin sentido. Ahora que Bernardo le había contado la historia, la lástima se instaló en su corazón y no pudo evitar sentirla cada vez que veía al principal sospechoso del asesinato de Adoración Terreros.

El director de planta apareció de la nada.

—Buenos días. ¿Usted es la agente Claudia Sebastián, no es cierto?

—Así es, doctor.

—Lawrence Schneider, responsable de la unidad de Psiquiatría del hospital.

—Encantada —susurró volviendo la vista a través del cristal. Sus ojos se quedaron fijos en los de Tinín. Y este dejó de moverse compulsivamente para fijar su mirada en ella.

—El señor Joaquín Expósito es un caso peculiar y peligroso. No hemos tenido tiempo de realizar un examen exhaustivo de su caso, pero observando el lenguaje corporal, su dificultad en el habla y su bajo nivel psicomotriz, diría que, para que usted me entienda, sufre un retraso mental severo.

Claudia miraba a Tinín mientras el doctor hablaba. Y juraría que aquel hombre con mente de niño embutido en el interior de una camisa de fuerza había repetido la frase «retraso mental severo» por lo bajito.

—¿Puede oírnos?

El doctor se extrañó.

—No debería.

—¿Cómo que no debería?

—Verá, independientemente de que el cristal por el que usted le está mirando tiene un grosor de veinte milímetros y esa prueba de balas, la luz del altavoz está… ¡Vaya!

El facultativo se llevó las manos a la boca. Un led verde permanecía iluminado justo debajo del cuadrado enrejado de unos treinta centímetros de alto por otros treintade ancho.

—¿Significa esto que el altavoz está encendido? —preguntó Claudia señalando la pequeña bombilla y mirando al doctor.

En ese instante, Tinín comenzó a zarandearse hacia los lados, tensando la cadena que lo retenía, hasta que un eslabón no pudo soportar los cien kilos de peso que Tinín se empeñaba en lanzar hacia el otro extremo de la habitación. Cuando se rompió, su cabeza golpeó contrael cristal. Tinín continuó dándose contra el cristal hasta que cubrirlo con una babilla roja. Ella gritó, Tinín también. Al fin se detuvo. Con la nariz aplastada contra la ventana impregnada de sangre, expulsando el aire desde su garganta maltrecha, en un intento de forzar sus cuerdas vocales mal heridas, les dijo:

—¡Sí! —alargando la «i» con exageración—. He escuchado todo lo que habéis dicho, malditos cabrones. ¡Sacadme de aquí!

El doctor corrió al punto de control y Claudia hizo lo propio hacia el ascensor. Cerca de él, vio que cuatro hombres como gorilas, con los batines adheridos a la piel, corrían dando grandes zancadas hacia la habitación de Tinín, que seguía maldiciendo y golpeándose el cráneo contra el cristal. Ella escuchaba su nombre a lo lejos saliendo de la boca de aquel medio hombre, medio niño…, medio asesino. Sus dedos golpeaban con violencia la botonera del ascensor. Cuando se abrió, corrió al interior y tropezó con Jorge, que la detuvo con sus brazos.

—¿Qué te pasa? Acaban de darme el alta y venía a buscarte.

Claudia permaneció inmóvil a dos centímetros de Jorge y guardó silencio. Temblaba y el labio inferior le vibraba sin cesar. Cuando llegaron a la planta baja, tan solo acertó a decir: «Quiero irme a casa».

 

David Verdejo

 

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