Secarral – Capítulo 8 – Lluvia de ideas

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Apartamento de Claudia Sebastián, Secarral, Badajoz, 31 de agosto de 2016, 03:05 a.m.

Y volvió a llover. Nadie en Secarral esperaba sentir tan pronto aquellas frías gotas lanzadas desde el cielo. No había pasado ni una semana desde la anterior tormenta de verano. A decir verdad, nadie en el pueblo habría jurado que aquella tórrida noche de agosto una nube proveniente del mismísimo infierno cubriría el cielo nocturno de la ciudad y descargaría tanta furia. Años más tarde, los técnicos de los institutos meteorológicos tendrían serias dudas sobre la cantidad de metros cúbicos recogidos durante las horas en las que la nube reinó sobre Secarral. Pero a Claudia le daba igual.

Aquella tranquila comunidad tampoco habría imaginado nunca que Tinín, o como le llamaba el doctor Schneider, Joaquín Expósito, asesinaría a su tía Dora una mañana de agosto y, una semana después, a Mel, el borracho del pueblo. Al igual que miles de gotas se precipitaron sobre el suelo con violencia, sin importar si aplastaban una hormiga o ahogaban a un armadillo despistado, así cayó la noticia del segundo crimen sobre cada uno de los estupefactos vecinos. La mayoría se santiguaba al enterarse y miraba al cielo lanzando plegarias larguísimas por el alma de Mel y por la salvación del ya condenado Tinín. Y así como los truenos levantaron de sus camas a todos los dormidos de Secarral, aquella noche de lluvia eterna, el suceso elevó los gritos de dolor de los vecinos hasta el mismísimo San Pedro. Pero para Claudia, algo no encajaba en aquella historia.

Desde su ventana orientada al noroeste, contemplaba la lluvia caer sobre el asfalto, mientras los truenos y relámpagos iluminaban las calles desiertas del pueblo. Ni siquiera los gatos callejeros que solían maullar en los callejones cercanos emitían ruido alguno, aunque ella se encontraba en otro lugar. Concretamente, seguía junto a Bernardo, en el hospital, escuchando la cantidad ingente de datos que él le ofrecía, al tiempo que Tinín apuñalaba sin remordimientos a Mel sobre la cama de su habitación. Inquieta, giró sobre sí misma y acudió a la mesa redonda situada en medio del salón, solo ocupada por un cenicero, un portátil abierto que iluminaba la pared sur de la habitación y una copa de vino. Le encantaba. De hecho, antes de formar parte del cuerpo de la Guardia Civil meditó la posibilidad de dedicarse a la enología, vivir en la ribera del Duero, poseer un viñedo y, de vez en cuando, llevarse a la cama a algún jovencito despreocupado.

En el otro extremo de la ciudad, Jorge también estaba despierto. Y no era el único. Su piel se mojaba bajo el grifo de la ducha de su habitación barata del motel Blue Diamond, un pequeño complejo de apartamentos con aseo incorporado, al estilo americano, construido por un emigrante tejano cuya higiene brillaba por su ausencia. En contraste con el agua que mojaba Secarral, la de Jorge se encontraba milagrosamente templada. Las gotas resbalaban por sus brazos y su pecho, bajando y precipitándose hacia el infinito mientras su móvil reproducía «Blue Hotel» de Chris Isaak. Alguien golpeó la puerta.

un triste hotel sobre una solitaria carretera

un triste hotel, la vida no va a mi manera

un triste hotel sobre una solitaria carretera

espero solo cada noche solitaria

en un triste hotel, triste hotel

Hizo caso omiso al extraño ruido intentando centrarse en la canción, hasta que volvió a escuchar la misma serie de golpes. Cerró el grifo. El agua cesó en su caída libre y tan solo se escuchó el repiqueteo de otras gotas golpeando contra el cristal del ventanuco del baño.

en este hotel deprimente, todas las habitaciones están vacías

en el triste hotel he esperado solo

la noche y la vida de su sueño solitario.

triste hotel, triste hotel.

Salió de la ducha y su silueta se reflejó en el espejo cubierto de vaho. Alcanzó una toalla y la anudó alrededor de la cintura para acudir hacia la puerta. Se acercó y abrió varios centímetros, asomó la cabeza y sonrió. El móvil continuó su reproducción y «Wicked game» comenzó a escucharse por toda la habitación.

Al mismo tiempo, Claudia encendió un cigarrillo y saboreó, segundos después, el vino de su copa. Bajo su extensa melena rubia revoloteaba el nombre del padre de Dora, Armando Terreros, como portador del dato que necesitaba para darle sentido al asesinato de su propia hija y de Mel. Estaba segura de que algo fuera de su alcance estaba ocurriendo. Decidió buscar en Google: Armando Terreros Gloria. Los resultados no arrojaban nada especial salvo multitud de referencias a negocios, videos sin sentido y algún artículo inservible. Nada útil. Probó introduciendo Armando Terreros Secarral. Tampoco obtuvo nada interesante. Añadió alguna palabra como ‘matrimonio’, ‘casado con’, el nombre de las hermanas Terreros, pero seguía sin obtener información. Entonces recordó un dato que Bernardo le había referido.

Jorge abrió por completo la puerta para dejarla pasar. Intentó emitir un saludo, pero unos dedos oscuros y suaves se posaron sobre los labios de él, cerrándole la boca. Ella vestía un abrigo enorme y calado hasta la piel que, después de cerrar la puerta con el tacón derecho y una exquisita delicadeza, dejó caer al suelo. Su cuerpo desnudo se mostró ante los ojos de Jorge y ella se acercó algo más a su pecho. La toalla que él había habilidad a la cintura corrió igual suerte y se precipitó al vacío. El contraste de colores mostraba brazos claros y oscuros enredándose entre sí mientras sus labios conversaban, dejándose llevar a pasitos cortos y sentimientos grandes hasta la habitación. «Baby did a bad bad thing» acompañaba sus pasos húmedos por encima del parqué desgastado de la habitación.

Claudia estaba mirando la pantalla del ordenador cuando un sabor amargo le vino a la garganta. Como si un relámpago iluminara el salón, recordó la frase que le había dicho Bernardo en el hospital: «Él tenía treinta y dos años y ya arrastraba una reputación bastante mala además de ser sospechoso, tan solo dos años antes, de una violación». ¿Violación? En un intento de filtrar toda la información e imágenes que Google mostraba al insertar la palabra ‘violación’ junto a las de ‘Armando’ y ‘Terreros’, buscó sin éxito algún enlace que la llevase a buen puerto. Hasta que, en la hemeroteca digital de un periódico local ya desaparecido, encontró algo. Un sentimiento de excitación la dominó. Sus dedos golpeaban el botón del ratón de forma compulsiva, pasando páginas y páginas con rapidez. Al fin, halló la información buscada: un artículo sobre Armando Terreros y su historial delictivo. Los nervios la empujaron a encenderse otro cigarrillo sin dejar de leer.

Sandra empujó a Jorge sobre el colchón, al ritmo de «Lie to me», y observó su pecho mientras el dedo índice acariciaba su labio inferior. Una sonrisa sin límite se mostró en su rostro mientras comenzaba a besarle las piernas subiendo hacia su pecho. Él cerraba los ojos y deseaba que el tiempo se anclase allí mismo. La humedad de la calle penetró en el cuarto y Jorge sintió que todo su cuerpo estaba empapado mientras las uñas de ella arañaban suavemente su piel. Volvieron a besarse, una y otra vez, mezclando sus fluidos en la boca. Se entremezclaron y confundieron con las sábanas hasta caer al suelo, pero nada les impedía continuar siendo uno parte del otro, como dos piezas de un puzle que encajan a la perfección. Así, pegados a la pared, gritaron como nunca sus gargantas habían sentido y consiguieron, por fin, guardar silencio tirados sobre la cama. Tan solo una sábana les cubría parcialmente. Durmieron entrelazados, ocultos en la noche más lluviosa que cubrió el cielo de Secarral durante aquel mes de agosto.

Claudia descubrió que Armando Terreros fue acusado de forzar a una chica de dieciocho años, durante el verano de mil novecientos cincuenta y uno, aunque no llegó a juicio. Sin embargo, el artículo solo ofrecía información general y una fotografía borrosa. Sus ojos enrojecidos y cansados absorbían la luz de la pantalla mientras afuera la lluvia cesaba. Segundos después, varios maullidos la devolvieron a una noche cálida de verano donde las gotas de sudor bajaban por el pecho empapándole la camiseta. Se levantó y apagó el cigarrillo en el cenicero. Sus piernas desnudas, sosteniendo un torso bajo una camiseta semitransparente, se reflejaron en la ventana. En una acera no muy lejos de allí, una sombra inmóvil parecía haber aguantado la tormenta sin inmutarse. Claudia se acercó y abrió la ventana para observar con detalle la calle desierta y las estrellas que volvían a salpicar el cielo de Badajoz. Al fondo, en la falda de las montañas, se divisaba el bosque de Cazarubias, azulado bajo la luna llena, y la casa de los Terreros en medio de un pequeño claro. Ante la suave brisa fresca y el olor a madera mojada, Claudia vio una pequeña luz cobriza que se movía rápidamente en el horizonte.

Sandra continuó mirando tras la ventana. La lluvia había cesado. La oscuridad que ahogaba la escasa luz de la carretera estatal le reveló una extraña sombra situada al otro lado. Al verla, la sombra se movió. Sandra palideció y giró la cabeza hacia Jorge, que dormía profundamente. Volvió a girar la vista a la calle y solo vio soledad empapada sobre la acera. Sintió miedo. Se deslizó despacio, agarró su abrigo y el bolso, pero este se volcó arrojando pequeños objetos sobre la moqueta. Los recogió con rapidez.

En pocos segundos, Sandra había desparecido de la habitación de Jorge en el motel Blue Diamond.

Claudia seguía apoyada en la ventana, sintiendo su pelo rubio moverse hacia un lado y al otro. Cuando aquella pequeña luz roja creció, creyó ver humo en la lejanía. Un olor a madera quemada acudió a su nariz y abrió los ojos un poco más. En efecto, aquello que se movía tras el pantano de Entreabuelas era fuego.

La casa de Dora estaba ardiendo.

 

David Verdejo

 

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