Secarral – Capítulo 9 – Fuego en el cuerpo

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Finca de los Terreros, Secarral, Badajoz, 31 de agosto de 2016, 12:42 p.m.

Un fuerte hedor a gasolina asfixiaba el ambiente. Nadie dudaba de que el incendio hubiera sido provocado, máxime cuando la noche anterior había llovido con fuerza. Aun así, los bomberos estaban impresionados por la devastación del lugar. Varios cipreses sucumbieron al fuego y sus copas cayeron sobre el carro que ahora solo era un amasijo de hierro. Había toneladas de escombros repartidos por toda la finca. La cabaña quedó convertida en una simple huella rectangular sobre el suelo, cubierta de kilos de ceniza.

Claudia se encontraba con el teniente a varios metros del antiguo porche, junto a algún compañero más, observando el desastre cuando un teléfono móvil interrumpió el canto de los pájaros. El teniente descolgó el dispositivo y se alejó para hablar con tranquilidad mientras ella seguía inmóvil frente a la entrada de la casa, oculta bajo las vigas del balcón.

De las dos plantas que formaban la mansión de los Expósito, dos pilares permanecían en pie, situados en la parte oeste. El tejado a dos aguas, que hasta hacía unas pocas horas coronaba la vivienda, estaba volcado hacia el lado este de la finca. Restos de madera, piedra, tejas y losas formaban una montaña de recuerdos y pruebas que ya no servían para nada. Claudia resopló. Mirando las decenas de columnas de humo, giró la cabeza hacia la casa más cercana. «Adela», pensó. Quizás ella había visto algo, aunque a su edad. El teniente había desaparecido y los bomberos también. En un segundo pasó de encontrarse rodeada de gente a sentirse en la más absoluta soledad. Aunque no del todo.

—Hola.

—¡Jorge! Te he llamado varias veces, ¿ha pasado algo?

—No, una noche movidita, ya sabes. La lluvia —dijo dibujando una sonrisa suave y vergonzosa en sus labios mientras la mano derecha acariciaba la nuca. Cambió de tema—. ¿Qué ha pasado?

—Anoche alguien prendió fuego a la casa.

—¿Pero cómo pudo arder con la que cayó?

—Parece que vertieron una gran cantidad de combustible.

—¿El teniente no está aquí?

—Acaba de marcharse.

Jorge permaneció de pie frente a la montaña de escombros. Una leve brisa levantó pequeños remolinos de ceniza que sobrevolaron las cabezas de los agentes. En ese momento, él se dio media vuelta y, con el móvil en la mano, le dijo a su compañera:

—Mensaje del teniente. Hay que ir al cuartelillo.

Claudia asintió mirando una de las ventanas de Adela. En aquel marco rectangular se dibujaba una figura oscura cuyo miembro superior sostenía la cortina blanca que ocultaba el interior del salón. En el mismo instante en el cual Claudia comenzó a mirarla, dejó caer la cortina. Frunció el ceño y registró con su mirada los alrededores de la casa. La parte trasera guardaba un jardín muy bien cuidado y, entre dos rosales, pudo distinguir a Adela podando las flores. Volvió la vista hacia la ventana y solo pudo contemplar la misma cortina que escondía el salón. Esta vez, inerte y vertical.

—Claudia, ¿vienes?

—Ah, sí… Voy, perdona —susurró nerviosa.

Todos los agentes de Secarral y pueblos de alrededor se concentraron en los poco más de treinta metros cuadrados de sala que el puesto de la Guardia Civil puso a disposición del ciudadano con la intención de resolver el caso del asesinato de Dora. Y el de Mel. Y el incendio de la casa de la primera víctima.

—Señores y… —carraspeó— señoritas. Como todos sabéis, el veintiséis de agosto recibimos una llamada de Adela Aparicio, la loca viejecita que vive con centenares de gatos en la casa colindante a la finca de los Terreros.

—Dieciocho, señor. —interrumpió Claudia a la vez que cerraba la puerta tras de sí. Jorge había entrado en la sala antes que ella.

El teniente la miró con desdén, pero no emitió palabra alguna en señal de reprimenda. Continuó.

—La señora Aparicio nos llamó informando que esa mañana escuchó ruidos extraños procedentes de la casa de su vecina, Adoración Terreros, justo cuando caminaba hacia la casa para avisarle de no sé qué de sus gatos. Al parecer, la señora entró y encontró a la víctima tendida en el suelo de la cocina. Minutos después, nuestros efectivos se personaron en el lugar y verificamos la información de la abuela. El principal sospechoso es su sobrino Joaquín Expósito, con quien convivía. El desequilibrado la mató la mañana anterior y huyó al bosque. Pasó todo el día y la noche allí escondido.

—Perdone, señor, pero Tinín no puede ser declarado culpable sin pruebas.

Las mejillas del teniente se tornaron rojizas. Giró la cabeza en dirección a Claudia y dejó la carpeta que tenía en las manos sobre la mesa, no sin cierta agresividad.

—Sargento Claudia Sebastián, he pasado por alto su interrupción con el asunto de los gatitos, pero no voy a consentirle que vuelva contradecir mis afirmaciones sobre ese loco endemoniado, ¿me comprende?

—Señor —dijo mirándolo a los ojos y acercándose hacia él. El olor a alcohol y sudor se hizo patente al situarse a menos de veinte centímetros de la nariz del teniente—, no es mi intención contradecirle, mi teniente, pero es que Tinín no ha sido investigado aún por las causas que ya sabe y no tenemos pruebas para acusarlo.

—¡Ah! Sí, disculpe, permítanme refrescarles la memoria —exclamó dirigiéndose a los agentes que observaban petrificados la escena—. Que no tenemos pruebas, dice la Sargento. ¿Saben por qué el señor Joaquín Expósito, de cuarenta años de edad y cerebro de un ciempiés pelirrojo, no ha sido investigado aún?

Nadie dijo ni una palabra. Algunos se miraron de reojo y otros movían los dedos de forma nerviosa y compulsiva.

—¡Por la sencilla razón de que ese maldito animal fue trasladado al hospital de Badajoz el mismo día que lo encontramos en el puto bosque de Cazarubias, cubierto de sangre y, estando ingresado, no se le ocurre otra cosa que apuñalar al ocupante de la cama de al lado con un vaso de cristal hecho trizas!

Jorge gruñó, pero Claudia lo detuvo con la mano sobre el vientre.

—Cállate —susurró.

—Así que, si la sargento Claudia Sebastián nos permite continuar, terminaré de exponer el caso y los siguientes pasos.

El teniente respiraba con rapidez al finalizar su discurso. Una agente levantó la mano. La señaló con el dedo índice y dio permiso para formular su pregunta.

—Señor,  soy la agente Andrea Román y vengo desde la Comandancia de Badajoz, junto con mis compañeros Pedro y Antonio, como apoyo para la resolución de este caso. Tengo entendido que en esta sala se encuentran otros tres agentes de Badajoz y dos de Plasencia, además de su propio personal que, según el último recuento consultado en la base de datos, es de veintidós personas, incluidos los sargentos Claudia Sebastián y Jorge Rodríguez, este último recientemente incorporado.

—¿A dónde quiere usted llegar, señorita? —Arqueó las cejas en un intento de recordar el apellido de aquella mujer.

—Señor, en estos momentos hay treinta y dos agentes de la ley a su servicio y me preguntaba que si usted tiene tan claro que el sospechoso Joaquín Expósito es el asesino de Adoración Terreros.

—Continúe.

—Señor, que no entiendo muy bien que hacemos aquí.

Aquella frase, espaciada en el tiempo, sobrevoló cada una de las cabezas de los asistentes mientras la mayoría sonreía. El teniente sintió las gotas de sudor arañar su piel mientras recorrían el cuello.

—Muy observadora, señorita. —dijo con voz ronca caminando por la sala—. Los he convocado, previa comunicación con sus tenientes, para cumplir el protocolo. Pero, tranquilos, ustedes volverán a sus ciudades y les comunicarán, en persona, que este caso está resuelto, que no necesito ayuda de nadie y que con mis veinte hombres me basto para atrapar al asesino.

—Veintidós, señor.

Resopló. Sobre su mesa, varios archivadores formaban una columna.

—Pasen por la mesa y recojan una carpeta. Pueden marcharse —les ordenó con el ceño fruncido.

En el interior de cada carpeta se explicaban los pormenores del caso y el teniente entregó un ejemplar a cada agente ajeno a Secarral. La sala se fue vaciando poco a poco hasta que solo quedó el teniente recogiendo otros papeles de espaldas a la entrada.

—Señor.

Silencio.

—Señor.

Silencio.

Claudia se disponía a llamarle por tercera vez cuando Jorge se adelantó.

—Es usted un mentiroso.

Las manos del Teniente se detuvieron. Los papeles que sostenía se arrugaron por la presión de los dedos. Abrió las manos y las posó sobre la mesa. Su cabeza giró y miró de frente a Jorge. Este infló el pecho en actitud desafiante y el teniente dio la vuelta sobre sí mismo caminando en su dirección. Al encontrarse a dos pasos de él, alzando el brazo izquierdo, ordenó a Claudia que se marchara. Ella intentó negarse, pero tan solo escuchó un grito y salió de allí sin rechistar.

Resignada, caminó hasta la máquina de café. Ante la extensa selección de bebidas calientes, escuchó más gritos y golpes. Al seleccionar un té verde, pudo distinguir el sonido de las monedas cayendo sobre el cajón metálico y la cápsula de  infusión insertándose en el habitáculo diseñado expresamente para recibir la presión necesaria. Tres minutos después, vio salir a Jorge de la sala. Intentó pararlo y hablar con él, pero este parecía poseído por una fuerza sobrehumana. Sin prestarle atención, abandonó la oficina. Claudia volvió la vista atrás y comprobó que no quedaba nadie en la habitación. Entró y sintió un bofetón de olor a sudor. Con la mano en la nariz, observó alrededor y encontró, en el suelo, minúsculas gotas de sangre.

 

David Verdejo

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