Ser adulto (Aprendizaje kafkiano)

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No había manera de que se fueran. De verdad. Que si acordaos de rellenar las botellas de agua en el grifo del patio interior, que si sacad la basura que luego la cocina apesta, que si tapad los muebles del porche con las sábanas viejas antes de ir a dormir, que si cerrad bien la cancela de fuera.

­­–Dentro de poco nos advertirán de que invitar a casa a un extraño es peligroso.

–Y de que no debemos aceptar sus caramelos.

–Y de que si llegamos tarde a casa nos puede raptar el hombre del saco.

–Uf, calla, el hombre del saco era real, ¿no?

Reímos por lo bajini.

Nuestros padres cerraron por fin la puerta tras de sí y dimos por inauguradas las vacaciones. Las de verdad: cuatro días de libertad absoluta.

Cualquier par de hermanos, en una situación semejante, habría organizado un sinfín de bacanales orgiásticas regadas de cubateo y reggaeton, pero ese no era nuestro estilo. Jaime y yo éramos más pedantes. En seguida nos instalamos cada uno en un rincón opuesto de la casa, equipados con libros, el ordenador, sendas libretas de notas, él con su guitarra y yo con mi caballete. Éramos unos perfectos eruditos encerrados en una casa silenciosa.

Eso valorábamos, aunque parezca extraño: el silencio. Nadie gritaba, nadie daba órdenes. Los horarios se sucedían con calma. Comíamos cuando teníamos hambre, sin mirar el reloj previamente. Si nos apetecía una cerveza, la abríamos y dejábamos la tapa ahí, en la repisa de la cocina. Éramos dos adultos serenos y maduros. A menudo comentábamos que si nuestra madre hubiera abierto la puerta en ese mismo instante, la habríamos matado. Infarto fulminante.

Sin embargo, a nuestros ojos estaba todo bien. No había especial desorden en esa montaña de toallas mojadas del baño, ni suciedad en la pila de platos sin fregar. Ni siquiera me asqueaban las uñas de Jaime, que había abandonado en la entrada, como un animalillo que muda de garras, justo al lado del cortaúñas. Solo recogí el instrumento del suelo por si me lo clavaba y me jodía el pie y las vacaciones. Le recriminé por ello, cumpliendo con mis funciones de hermano mayor.

–Si total, para lo que lo usas… bien te podría atravesar una sierra eléctrica– se jactó el enano cabrón.

–Lo mismo me da por jugar al fútbol.

Soltamos una carcajada al unísono.

Era el tercer día de convivencia y reinaba la paz. Acabaría pronto, nuestros padres volvían la mañana siguiente.

Descongelé unos filetes de pollo y cociné un poco de pasta para la comida.

–Voy a hacerme vegetariano– dijo, antes de hincarle el diente a la carne.

–¿Por qué? ¿Para poder seguir sermoneando al resto?

–No. Porque de verdad odio que los animales sufran. Luego te pongo un vídeo en Youtube, verás qué infierno viven antes de rendirse aquí, en tu jodido almuerzo.

–No quiero verlo.

–¿Prefieres vivir en la ignorancia?– me apuntó con el tenedor vacío, mientras masticaba con fruición y me mostraba las hebras de pollo medio trituradas de su boca.

–Sí. Déjame tranquilo.

–Pues entonces te enseño el documental de los plásticos en el océano. Los pajaritos tienen el estómago lleno de mierda. Y tú te los comes.

Desistí. Le dejé hacer. Cuando acabamos los filetes, nos tumbamos en el sofá en forma de ele, con los pies sobre la mesa, encajados entre los platos sucios; las migas de pan adheridas a los talones y esparcidas por el suelo. Tras una breve batalla entre el espanto que nos provocaba la desgracia de los pajaritos y el sopor del estómago lleno, pronto nos quedamos dormidos.

Cuando despertamos el sol se estaba desintegrando en un millón de trozos de algodón de azúcar, arriba en el cielo. Nos quedamos callados un momento, apreciando el espectáculo.

–Tenemos que recoger esto– dije yo con fingida afectación, haciendo nuevamente de hermano mayor.

Volvimos a reír.

–Voy fuera a rellenar las botellas de agua, tío– dijo Jaime–. Estoy muerto de sed.

–Puf, pues escribe a mamá para decirle que lo vas a hacer. Se va a poner contentísima. «¡Nunca rellenáis las botellas!»

Se puso en pie con desgana, agarró las botellas vacías y fue dando tumbos por el pasillo hasta el patio interior. Dejé de ver su silueta oscura un instante, luego la luz se encendió y volví a apreciar su silueta. Entonces alcancé el mando a distancia y el resplandor azulado iluminó mi cara un instante, justo antes de escuchar el chillido agudo de mi hermano y un gran estrépito de crujir de cristales.

Me puse en pie con rapidez, empujé sin querer un vaso que fue a dar contra el suelo, y enseguida una pequeña ola me invadió las plantas, salpicando hasta los tobillos, y la piel quedó húmeda como si me hubiera hecho pis encima del susto. Avancé dando grandes zancadas mientras le llamaba por su nombre. Lo encontré al lado de la puerta, visiblemente asustado, pero obligándose a mofarse con una mueca extraña.

–¿Qué pasa, Jaime?– le zarandeé.

–Hay. hay…

–¿Qué? ¡Dilo, coño!

–Hay una puta cucaracha.

Dejé de azuzarle en el acto. Le miré de hito en hito.

–¿Te has puesto así por una cucaracha, mamón?

–Era enorme.

–Pero Dios Santo. Eres un crío.

Jaime estaba pasmado con la cucaracha, y pensé que quizá todo ese discurso pro-animales era fruto del simple pavor que le inspiraban. Al fin y al cabo, yo era el mayor. Tenía que enfrentarla.

Agarré una escoba y abrí la puerta con resolución, casi con chulería. Maldito ingenuo. No me hacía idea del espectáculo que se iba a cernir ante mí: un reguero de cristales afilados, como desfiladeros del infierno, en un laberinto que habría de sortear para llegar al gran monstruo, una cucaracha del tamaño de una mano adulta. Negra, viscosa. Con las antenas móviles, preparada para echar a volar.

Cerré la puerta, sudando.

Mi hermano se reía, todavía hiperventilaba pero se reía, aliviado, al ver que no era el único mierdas que vivía en esa casa.

–Es mejor que esperemos a que se vaya– acordamos.

Los dos teníamos sed aún, pero ninguno lo reconoció. Bebimos del grifo normal. No teníamos botellas ya, así que usamos un vaso directamente. Pensé en tapar el resquicio de la puerta para que no se escapara ese engendro, pero no lo hice por si él me tomaba por un nenazas.

Nos quejamos de que nuestros padres hubieran decidido poner el grifo del agua filtrada ahí fuera. Ahí fuera había de todo. En el patio interior reinaba el caos, el caos de verdad. Lo mismo se te podía plantar una cucaracha que una rata. No podíamos tener ahí la fuente que saciara nuestras necesidades, ¿estábamos locos o qué? Además, las cucarachas eran las criaturas más resistentes del mundo. Joder, eran horribles, y además corrían súper rápido, más que yo, más que Jaime seguro, y volaban, coño, volaban. Que si salíamos a por ella, igual saltaba hacia nosotros, ¿te imaginas, Jaime, una cucaracha directa hacia tu jeta?, y nos reíamos, con escalofríos todavía, y bebíamos un poco más de agua del grifo y ya está.

Cada uno volvió a sus cosas.

Estuvimos dándole vueltas a aquello de las cucarachas, por separado, entonces no nos lo contamos. No dijimos nada, pero de pronto la paz se había roto para ambos. Ya no era tan cómodo morar en esa casa. El frigorífico seguía lleno y aún había ropa limpia en nuestros respectivos armarios, pero había una cosa que no iba bien. Y era acuciante, me cago en la leche, teníamos sed de verdad. El agua del grifo normal estaba asquerosa.

Abrí una cerveza fresquita para olvidar la sed de agua fresca.

Mi hermano Jaime decidió hacer lo propio un rato después y nos encontramos en la cocina.

Ya no teníamos ánimo para bromear. Veíamos la cobardía en los ojos del otro, así que evitábamos mirarnos por debajo del flequillo. Las palabras y las miradas, ahora esquivas, se clavaban en cualquier rincón de aquel escenario súbitamente hostil. Por efecto de la cucaracha, todo parecía sucio. Cualquier hormigueo en la piel parecía el correteo del insecto. Nos rascábamos las piernas, en silencio. Vigilábamos sin decir nada que el bicho no estuviera acechando en las inmediaciones de la cocina, o del salón; en cualquier lugar que quedara a un radio de menos de diez metros de donde nos encontrábamos.

Cada paso era una tortura. Desde aquel momento, si queríamos ir a cagar, teníamos que analizar muy bien el retrete por si se había colado dentro. La imaginábamos, ascendiendo por las paredes del váter, directa a nuestros anos. No dijimos nada, pero la angustia flotaba en el ambiente, y aunque pusiéramos el aire acondicionado, los dos lo sentíamos, esa pesadez turbia, ese aroma hediondo que había impregnado los muebles, las telas de nuestro antiguo refugio de paz.

Después de cuatro cervezas frescas, que en nada apaciguaron la nueva sed de nuestras almas, nos quedamos durmiendo. A intervalos abríamos los ojos en función supervisora. No nos atrevimos a abrir más la puerta del patio interior. Sin que Jaime me viera, cubrí, una de aquellas veces que me desvelé, la rendija con una de las toallas húmedas del baño, por fin. Soñé a ratos con monstruos negros de caparazón rígido, con antenas y patas como las de los langostinos, así creía yo que las tenía la cucaracha, vaya, y con los ojos como bolas de billar de las de la mala suerte, las que si cuelas, adiós partida, la has cagado amigo.

Cuando nuestros padres volvieron, encontraron un par de chicos pálidos y ojerosos. Entre desvelo y desvelo, se nos había olvidado poner el despertador para recoger aquel desastre. Mi madre se asustó; quiero decir que dábamos tanta pena y el panorama que se encontró era tan impropio, tan descarado el desorden hasta para un par de chiquillos, que vino corriendo a comprobar si estábamos enfermos, qué había pasado ahí.

Mi hermano Jaime se le abrazó. Él ahora lo niega, pero yo juraría que pasó un brazo detrás de su espalda.

–Es que mamá, hay… hay una cucaracha horrible– dijo, con las cejas tan subidas que parecía un dibujo animado.

–¿Dónde?– preguntó ella, confusa.

–En el patio interior.

–Sí, a veces sale alguna. ¿Y qué pasa?

–Pues que está todo lleno de cristales. No hemos bebido agua limpia desde ayer.

–¿Por qué no la habéis matado?

Mi madre nos miró a los dos como si fuéramos el par de especímenes más retrasados de la historia de la humanidad. Yo la entendía, tenía razón. Pero ella no había visto al monstruo. Cuando lo viera lo entendería: medía más de metro y medio, por lo menos, y tenía una armadura lustrosa, impenetrable hasta para las balas, para los misiles nucleares, era un bicho absolutamente resistente a la muerte y al dolor, y ocupaba todo el patio, entero, ocupaba todo ese espacio, había crecido tanto que ni siquiera cabría el tendedero, lo habría volcado, ya vería nuestra madre cuando aparecieran sus bragas diseminadas por el suelo, ya vería… no se reiría tanto de Jaime y de mí, de sus pobres e indefensos hijos.

Entonces nuestra madre se levantó, fue hacia la temida puerta con paso firme y agarró la misma escoba que yo había sostenido como arma la tarde anterior.

Ella, sin embargo, hizo una cosa bien distinta. Localizó al bicho, apuntó con la escoba, la alzó en el aire, y con un ángulo perfecto, la aplastó.

Con una facilidad pasmosa, aplicando la fuerza necesaria, sin un despliegue de fuerza hercúlea, con un golpe certero sobre el cuerpo de aquella cosa negra, desapareció el mal de este mundo, se erradicó el problema. El sol volvía a salir y se había restablecido el orden natural de las cosas. Ahora podíamos saciar la sed perenne. Hidratarnos y descansar de la tortura y la ansiedad de la amenaza. Nada podría perturbar nuestra paz. Nuestra paz, ahora, era otra muy distinta, no era solo el silencio entendido como ausencia de voces que nos disturbaran, era una paz bien distinta, más profunda, una paz que si se resquebrajaba podía amenazar los cimientos de una vida digna y dichosa.

–Limpiad los cristales– ordenó–. Y el resto de la casa.

Integramos esas órdenes como parte de nuestro ADN, las bebimos como agua de mayo. Nuestra madre era una nueva superheroína, una desconocida y fantástica, y cualquier mandato suyo sería acatado y respetado.

Cuando, cabizbajos, recogimos el cadáver del engendro negro, nos quedamos sorprendidos por lo pequeño que parecía.

–Seguramente encoge al morir.

–Sí. Los pollos encogen, me parece.

–Sí, las aves encogen en general. Creo.

–Claro. Ayer era más grande.

–Sí.

Tampoco entonces nos miramos a los ojos bajo el flequillo. Nos costó unas semanas olvidar aquel incidente, pero cuando se diluyó en nuestro orgullo herido lo suficiente, hablamos de aquello y nos dimos cuenta de que habíamos llegado a la misma conclusión: aquellas mini-vacaciones entendimos, de verdad, lo que quiere decir ser adulto.

 

Andrea Tovar

 

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2 comentarios sobre “Ser adulto (Aprendizaje kafkiano)

  • el 16 agosto, 2017 a las 11:50 pm
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    Me encantó el relato, tan real y tan mágico y escrito estupendamente.
    ¡Felicitacioes!

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