Sin descanso

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Cuando mamá abre la puerta allí está la vecina. Con su pelo blanco como las púas de un erizo. Con los ojos enrojecidos. Con esos dientes amarillentos —cosas del tabaco, hijo, cosas del tabaco— que bailan en su boca mientras nos escupe las palabras.

—¡Otra vez tu Alicia! ¡Otra vez tu hija! Siempre molestando. Está claro que le gusta más vagar por los pasillos del edificio que quedarse tranquila en su habitación —dice la vecina con su voz de cartón—. Y tiene que venir a mi descansillo a dar la tabarra. No sabe más que incordiar. ¡Tu hija es un incordio!

—Vamos, vamos, no será para tanto. No son más que juegos de niños —dice mamá.

—¡Niños que no respetan nada! —responde la anciana—. Maleducados, muy maleducados. Esa niña carece de cualquier tipo de educación. ¡Y no me digas que no has tenido tiempo de educarla! No te justifiques, no la excuses. No te lo permito. Esa niña lleva meses sin dejarme descansar en paz.

La vecina se calla un momento, parece querer coger aire para lanzarse de nuevo a por nosotros. Es el momento que, inocente de mí, aprovecho para preguntar.

—Pero, mamá, Alicia está muerta, ¿verdad?

—Claro, hijo —responde mamá—. Así es. Pero ella también. Ella también.

Y mamá me revuelve el pelo mientras la anciana se desvanece en el aire.

 

Santiago Eximeno

 

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